sábado, 20 de septiembre de 2014

“El corredor del laberinto” (2014) – Wes Ball



Ciencia-ficción y adolescentes. Esa parece ser la nueva fórmula de éxito en Hollywood. Así lo demuestran películas como “Los Juegos del Hambre” o la más reciente “Divergente”, adaptaciones a la gran pantalla de best sellers juveniles a la postre convertidos en sagas literarias de moda gracias, precisamente, a sus versiones cinematográficas. Atrás quedaron los tiempos de la magia y la fantasía de Harry Potter y sus sucedáneos. Ahora lo que se lleva son las historias de futuros distópicos protagonizadas por jóvenes guapo/as y atlético/as. Películas en las que se mezclan a partes (des)iguales ciencia-ficción, acción y romance.

Poca duda cabe que “Los Juegos del Hambre” ha sido la impulsora de esta tendencia, siendo “Divergente” el primer y exitoso intento de hacerle la competencia a la saga de Jennifer Lawrence/Katniss Everdeen. Mientras que a la primera la quedan todavía un par de años de cuerda (veremos la tercera entrega a finales de este año, y la cuarta y última a finales de 2015), la segunda no ha hecho más que empezar su exitosa carrera al estrellato. Pero ahora se suma un tercer corredor a la competición, y nunca mejor dicho.

“The Maze Runner”, conocida por estos lares -al igual que el libro- como “El corredor del laberinto”, adapta la primera entrega de la trilogía (¿por qué son siempre tres?) literaria de James Dashner, y nos sitúa en un distópico (cómo no) año 2024, en un lugar llamado "El Claro", habitado por un puñado adolescentes. Dicho lugar está rodeado grandes de muros de hormigón tras los cuales se erige un enorme laberinto. Hasta allí llega nuestro protagonista, Thomas, sin recordar nada de su vida; ni quién es ni de dónde proviene. Y así sucede con todos los chicos que, como él, han ido llegando al Claro desde hace tres años.

Con claras reminiscencias a “Cube” (gente encerrada por un motivo que desconocen) o a “El señor de las moscas” (el modo de los jóvenes de sobrevivir al aislamiento), se nos presenta una de las películas de ciencia-ficción más sugerentes de la temporada. Y ello es gracias a un particular planteamiento cuya trama se desarrolla bajo un poderoso aliado: el misterio.

Al igual que el protagonista, el espectador aterriza en el Claro sin saber muy bien quiénes son todos esos chicos ni con qué fin han sido enviados allí. Desconocemos quién anda detrás de lo que, a todas luces, parece ser algún tipo de (cruel) experimento (o eso es lo que presuponemos). Lo poco que sabemos lo vamos a ir descubriendo al mismo tiempo que Thomas, es decir, que en ese sentido nunca vamos por delante de él; nunca sabemos más de lo que él sabe. Descubrimos más sobre estos chicos y su forma de (sobre)vivir, así como sobre el dichoso laberinto, a medida que el propio Thomas va adquiriendo esa información, lo que nos ayuda a sumergirnos de lleno en la intríngulis que la película nos plantea.


De este modo, con cada revelación aumenta todavía más nuestra curiosidad, y se avivan nuestras teorías al respecto, logrando que la intriga se mantenga a lo largo de todo el relato hasta bien llegado su desenlace, que es cuando por fin llegan las respuestas. O al menos parte de ellas, porque hay que recordar al lector que esta película corresponde al primer libro de una trilogía, y que por lo tanto todavía queda mucho por contar/desvelar.

Y quizás sea ese su único hándicap, ya que asistir al comienzo de algo más grande nos deja siempre una ligera e inevitable sensación de insatisfacción, de que nos han dejado a medias. Pero eso es algo a lo que ya deberíamos estar acostumbrados con la proliferación de proyectos planteados no como películas autoconclusivas sino como historias fragmentadas en entregas.

Por ese motivo, es en el primer capítulo en el que hay que conseguir enganchar al espectador, y bien vale decir que “El corredor del laberinto” logra sobradamente ese objetivo. El escenario en el que nos ubica es visualmente atractivo aunque en última instancia su razón de ser caiga en ciertos clichés del género. Y es que a veces ocurre que la solución al enigma no siempre está a la altura de la curiosidad y expectación que éste mismo genera. Aun así, las notas de suspense y el toque survival animan la función, y los personajes gozan de suficiente entidad como para resultar mínimamente interesantes. Especialmente Thomas, cuya inmediata búsqueda de respuestas le llevará a liderar al grupo más allá de los majestuosos y opresores muros de hormigón.

Conviene no dar demasiados detalles sobre lo que ofrece “El corredor del laberinto” para evitar así sobreinformar en exceso al futuro espectador. De todos modos, las referencias citadas en anteriores párrafos pueden dar una idea de por dónde van los tiros, aunque no deban tomarse como algo absoluto. Es decir, nuestros protagonistas se rigen por una disciplina de supervivencia de la que por ejemplo carecían los niños de “El señor de las moscas”. Su principal meta, aparte de lograr escapar de su cautiverio, es mantenerse con vida en un entorno de paz y armonía. Por ese motivo crean su propia comunidad con sus propias normas (entre las cuales figura no dañar a sus semejantes), y en la que cada uno de ellos desempaña una función para el bien común de todos.


En lo que se refiere al Claro, se trata de un lugar boscoso y salvaje, rodeado de un entorno artificial e imponente. Ese contraste refuerza lo antinatural del lugar mismo, y afianza la sensación de encierro premeditado del que son víctimas sus habitantes.

En el aspecto visual destaca, obviamente, el inmenso laberinto al que hace referencia el título, y al que casi podríamos considerar un personaje más de la película. Su aspecto, con sus intrincadas galerías, es algo nunca visto hasta ahora, y cierto detalle que no desvelaré lo hace todavía más original.


Tras las cámaras nos encontramos con el debutante Wes Ball, quién se hizo muy popular en la red con su cortometraje “Ruin”, toda una carta de presentación que sin duda le ha servido para captar la atención de los mandamases de Hollywood, siempre al acecho éstos de descubrir nuevos talentos. Su dinámica dirección es más de lo que cabría esperar de una ópera prima, más teniendo en cuenta la facilidad con la que puede abrumarse a un director novel al contar por vez primera con un holgado presupuesto. Pero Ball no se ha dejado llevar por ese hecho, y ha sabido mantener un ritmo impecable en base a los elementos de suspense que le permite el guión más que a los de la acción propiamente dicha, logrando al final de todo un sólido entretenimiento que está muy por encima de sus semejantes. Y es que hay varios atributos por los que “El corredor del laberinto” marca la diferencia con respecto a otras sagas de ciencia-ficción juveniles, y por ahora reconforta intuir que su inmediata continuación no va a ser una repetición con alteraciones de esta entrega, sino que tomará un camino significativamente distinto.  O al menos eso nos da a entender. En cualquier caso, bienvenidas sean sus futuras secuelas si alcanzan el nivel de esta primera entrega.  



Valoración personal:

domingo, 17 de agosto de 2014

“Los mercenarios 3” (2014) – Patrick Hughes


Quién iba a decir, cuatro años atrás, que The Expendables llegaría hoy a presentar su tercera entrega. Y es que el invento de Stallone levanta pasiones entre quienes nos curtimos con las andanzas de estos grandes héroes del cine de acción de los 80 y 90. Toda una generación que ha acogido con los brazos abiertos al regreso de estas viejas glorias, demostrando que todavía hay sitio para ellos en el cine actual. 

Difícilmente aparezcan jamás en el ranking de las películas más taquilleras del año, y con toda seguridad tampoco entre las mejores, pero la saga tiene su público fiel, y eso se ha traducido en ganancias más que suficientes como para seguir dándole cuerda a la serie.

Y es que el público que acude a la sala lo hace con la ilusión de devorar un buen cubo de palomitas mientras se empacha de un lujuriosa orgía de tiros y explosiones al más puro estilo de la vieja escuela. Y es ese agradecido público, ni más ni menos, al que se destina un producto como “Los mercenarios 3”. Por desgracia, esta vez la diversión que nos brindan estos tipos duros es bastante descafeinada.

En esta nueva entrega celebramos la incorporación de Mel Gibson en el papel del villano Conrad Stonebanks, a quién podríamos considerar el némesis de Barney Ross (Sylvester Stallone). Stonebanks fue miembro cofundador de los Mercenarios y socio de Barney, hasta que decidió desviarse de la ruta e ir por el mal camino, obligando a este último a acabar con él. Sin embargo, Stonebanks reaparece diez años después vivito y coleando, y convertido en un peligroso traficante de armas. Barney, dispuesto a acabar con él de una vez por todas, decide prescindir de su equipo por miedo a conducirles a una muerte segura, y recluta a un puñado de jóvenes con sangre caliente para llevar a cabo su misión suicida.

Uno de los puntos fuertes de “Los Mercenarios 2” fue su jocoso tono autoparódico y su gran sentido autoreferencial, algo que aquí se abandona para retomar, en cierto modo, la senda que seguía la película original. Por tanto, y aún sin olvidar las coñas (algo absolutamente imprescindible en esta saga), lo cierto es que esta secuela rehúye ligeramente del factor nostalgia buscando encandilar al público con otros alicientes.

Entre esos alicientes se encuentra la inclusión de sangre nueva y joven al reparto, destacando (por resultarnos más conocidos) a Kellan Lutz (afincado, tras su paso por la saga Crepúsculo, a producciones de baja categoría) y a Ronda Rousey (luchadora profesional de la UFC que realiza aquí su debut como actriz). 
El problema es que estos “yogurines” no nos interesan lo más mínimo, al tiempo que echamos de menos al viejo equipo de Barney. Sabemos que en un momento u otro esos carrozas han de volver a la acción, pero durante su ausencia en pantalla hay un vacío importante que coincide, además, con un bajón significativo en el ritmo de la película. Y es que lo que viene siendo el nudo de la historia se torna algo aburrido. Ni el reclutamiento de los mercenarios de reemplazo (todos ellos carentes del más mínimo carisma), ni las apariciones estelares de Kelsey Grammer o Harrison Ford (más perdido éste que un pulpo en un garaje; amén de visiblemente cascado), hacen que la película levante el vuelo. 


Para ello hemos de esperar directamente a la gran traca final, en el que los fuegos artificiales se adueñan de la función. Si bien aquí hay que lamentar la poco inspirada dirección de Patrick Hugues tras las cámaras, algo que me duele especialmente habiendo sido su anterior película, “Red Hill”, una de mis favoritas de la edición de 2011 del Festival de Cine Fantástico de Sitges.

Esperaba algo más de su labor, pudiendo ser las escenas de acción más vistosas y espectaculares de lo que realmente son, más teniendo en cuenta que algunas de ellas se prestan muy fácilmente a ello (la secuencia inicial en el tren, por ejemplo). También la inclusión de baratos efectos digitales empobrece el resultado final, condenando la película al estigma de subproducto de videoclub (aunque en el fondo sea ese tipo de cine al que, directa o indirectamente, pretenda homenajear).

Es evidente que no estamos ante una superproducción de Bruckheimer, algo de lo que deberían tomar conciencia sus responsables (no sólo Hugues sino también Stallone, que se encarga del guión) para evitar en la medida de lo posible tener que recurrir a efectos generados por ordenador cuando el presupuesto no es el suficiente para mostrar algo medianamente decente (la gran explosión final es simplemente espantosa).

Otro punto en contra, claramente enfocado a ampliar el target de público que acude a las salas, es el haber cercenado el espíritu violento de la saga sumiendo la acción bajo un inofensivo PG-13 que, en este caso, mengua notablemente la chabacana diversión que tan bien le sentaba a las anteriores películas. Ya nadie revienta en pedazos, y la sangre asoma nada más que para mostrarse en heridas y arañazos en los rostros y cuerpos de nuestros hercúleos protagonistas.

Stallone parece más interesado en ampliar la audiencia del film que en satisfacer al que hasta ahora había sido su público fiel. Y ya no nos vale con meter a viejas glorias para ganarse al espectador si acabas traicionando el espíritu de la franquicia.


Ante este panorama no resulta extraño que alguien, a priori, tan fuera de lugar como Antonio Banderas termine siendo una de las incorporaciones más agradecidas. El propio actor parece haber improvisado y aportado bastante de sí mismo para el papel. A sabiendas que no es ni mucho menos un “machomen” como el resto de sus compañeros, Banderas opta por reconducir su personaje hacia la vertiente humorística, convirtiéndose en una especie de tragicómico charlatán. Su interpretación bien podría haber terminado siendo cargante, pero dadas las circunstancias sus intervenciones  son muy bien recibidas, aportando el toque cómico y dicharachero a la película.

Otra grata incorporación, además de la de Gibson como malote de la función (más por ver volver a ver al actor en acción que por los escasos minutos de lucimiento que le permite el guión) es la de Wesley Snipes, a quién parecen no pesarle lo más mínimo sus días en la trena (incluso se permite el lujo de bromear sobre ello en un momento dado de la cinta). A Snipes se le ve en forma y, lo que es más importante, muy cómodo en su rol. Y es que su personaje, con su puntito desafiante y fanfarrón, funciona a las mil maravillas, sobre todo al atribuirle una sana rivalidad para con el personaje de Jason Statham (Christmas).  Stallone haría bien en tener a Snipes en nómina para futuras entregas como un miembro más del equipo de mercenarios.

Por su parte, Harrison Ford, que viene a sustituir la forzada ausencia de Bruce Willis (a quién Sly guarda un par de pullitas en los diálogos…), está para lo que está: poner el piloto automático y cobrar el cheque. Ni más ni menos. Tan metido con calzador él como Schwarzenegger o Jet Li (este último, un visto y no visto tanto en ésta como en la anterior entrega).

De lo poco que sigue funcionando en la franquicia es el aroma de acción sin pretensiones que rodea al conjunto. También aspectos que desde el inicio han formado parte de la saga, como son la lealtad, la amistad o ese sentimiento de “familia” que une a los miembros del equipo, permanecen aquí inquebrantables, cuando no generosamente potenciados. Son estos detalles los que rescatan esta secuela de la mediocridad, aunque no sean suficientes para terminar de acogerla con los brazos abiertos. Y es que después de todo, “Los Mercenarios 3” se siente como un pequeño paso atrás en la franquicia; una ligera decepción si la comparamos con su gloriosa y descacharrante predecesora.




Valoración personal:

domingo, 6 de julio de 2014

Cryptshow Festival - Clase magistral con Colin Arthur



6 de Julio de 2014. Es domingo por la mañana, y el último día del Cryptshow Festival 2014*, que cierra su edición de este año con un invitado muy especial: el maestro de los efectos especiales Colin Arthur.

Con él hemos compartido los asistentes dos horas de nuestra vida en una divertida y sobre todo didáctica master class que nos ha demostrado lo cercano que es como persona, y el amor que sienten profesionales como él hacia el trabajo que realizan. Un trabajo, el de los efectos especiales, que no será jamás suficientemente valorado.

Colin Arthur, que ha trabajado en películas tan míticas como “2001: una odisea en el espacio” (las máscaras de los simios fueron obra suya), “La historia interminable” o “Conan el bárbaro”, es uno de esos admirables supervivientes a la era digital. Desde su estudio ubicado en Madrid, Dream Factory, Colin y su equipo de especialistas sigue trayendo al mundo todo tipo de criaturas fantásticas, y haciendo físicamente posible lo imposible y lo inimaginable.

Tras la irrupción de los efectos generados por ordenador, las viejas técnicas han quedado relegadas a un segundo plano, lo cual resulta entristecedor habida cuenta no sólo de que pueden convivir una con otra, sino que en realidad así DEBERÍA ser, pues se necesitan mutuamente. Siempre habrá cosas que un ordenador haga mejor y probablemente más rápido que, por ejemplo, un animatrónico, pero habrá ocasiones en las que suceda justamente lo contrario. Y Colin Arthur es la viva prueba de ello.

A lo largo de estas dos horas que se nos han hecho demasiado cortas, Colin nos ha contado  anécdotas de su trabajo, y nos ha brindado detalladas explicaciones técnicas de sus creaciones, descubriéndonos desde dentro el mundillo del maquillaje y los efectos especiales artesanales (responsables éstos de buena parte de la magia del cine con la que muchos hemos crecido y nutrido como amantes del séptimo arte). Pero sobre todo, ha logrado transmitirnos su devoción por el látex, la gomaespuma y los circuitos eléctricos que conforman la base de su arte, reafirmando en nosotros el cariño y respeto que sentimos hacia su estimable obra y la de muchos de sus semejantes.

Aunque a día de hoy la presencia de este tipo de efectos haya disminuido notablemente en favor del CGI, no ya en el cine sino también en otros ámbitos como la publicidad, no cabe duda de que todavía son necesarios, por no decir indispensables. Y algunos de los últimos trabajos publicitarios de Colin así lo atestiguan. Sirva de ejemplo un spot para una compañía de telefonía móvil portuguesa para el que hubo que recrear a escala real una enorme ballena.

Y no es ese el único mamífero de gran tamaño que Colin y su equipo han tenido que elaborar para el sector publicitario (allá por el 98 crearon un rinoceronte que se mostraba especialmente cariñoso con una Renault Kangoo).

Pero uno de los momentos culminantes y más entrañables de la charla ha llegado cuando Colin nos ha mostrado algunas valiosas piezas de su colección privada; entre ellas un ejemplar original de la cabeza del come-piedras de “La historia interminable”, película con la que, como no podía ser de otra forma, el festival clausura su octava edición.

Durante la tanda de pregunta ha sido inevitable afrontar el eterno debate de “efectos artesanales vs efectos digitales”. Obviamente, Colin se ha mostrado afín a aquellos que ocupan su profesión, si bien reconoce que algunas películas como la reciente “Avatar” se han acercado bastante  a la hora de lograr transmitir el realismo que sólo algo que es real y tangible es capaz (llamémoslo “alma”, o como cada uno desee).

También ha quedado patente la escasa relación que tuvo con algunos de los directores con los que trabajó. Poco ha podido contarnos Colin sobre Stanley Kubrick o John Millius, con quienes tuvo un contacto reducido a lo estrictamente profesional, lo que de algún modo evidencia cuán alejados están a veces estos artistas de quiénes manejan el timón, pese a estar todos en el mismo barco. Y es que a estos “obreros de la magia del cine” no siempre se les brinda la importancia y reconocimiento que merecen. Ni tan siquiera dentro de la industria. Por suerte, para eso están los premios y, sobre todo, los festivales, marcos de incomparable valor que posibilitan el acercar a estos maestros del cine a aquellos a quienes su obra ha maravillado, y así poder transmitirles en vivo y en directo nuestra profunda admiración y nuestro más sincero y agradecimiento. Y es que eso, muchas veces, vale más que todos los premios del mundo juntos.


*Cryptshow Festival es un festival independiente que nace en 2007 en Sant Adrià del Besós, y que poco a poco ha ido creciendo y ganando adeptos. Un punto de encuentro para aficionados al fantástico y al terror que anualmente se congregan para asistir a la proyección de una variada selección de cortometrajes y películas, así como para disfrutar de sus distintas actividades (clases magistrales, conferencias, exposiciones, retrospectivas, etc.)

jueves, 26 de junio de 2014

Devoradores de cadáveres, del libro a la gran pantalla



Después del apabullante éxito que tuvo, en 1993, la adaptación cinematográfica de “Parque Jurásico”, Michael Crichton se convirtió en uno de los escritores más codiciados por la industria hollywoodiense. Y si bien en la década de los 70 ya se habían llevado al cine varias de sus novelas (algunas, como “El gran robo del tren”, dirigidas por él mismo), fue durante los 90 cuando su obra obtuvo un mayor reconocimiento reviviendo buena parte de la misma en el celuloide. Hasta un total de ocho de sus libros fueron adaptados a la gran pantalla entre 1993 y 1999, con resultados obviamente dispares (tanto en calidad como en recorrido comercial), pero siempre despertando un gran interés a su alrededor.

La última de esas novelas en ser adaptada fue “Devoradores de cadáveres”, que para tales menesteres fue bautizada bajo el título de “The 13th Warrior” (en España: “El guerrero nº13”) en honor al protagonista y narrador del relato.

El encargado de trasladar las aventuras de unos valientes y fieros vikingos enfrentados a un misterioso y maligno enemigo fue John McTiernan, todo un experto -y genuino artesano- en el cine de acción. McTiernan venía de rodar la última (y soberbia) entrega de la Jungla de Cristal, que supuso otro taquillazo en su carrera. En vista de eso y de su más que meritorio currículum, no cabe duda que para el estudio se trataba de una apuesta  segura. Y de hecho, a título personal, considero que así fue, aunque cueste discernir cuánto permaneció de McTiernan y cuánto añadió Crichton en una película que fue víctima de varios re-rodajes y re-ediciones hasta alcanzar el corte final.

Económicamente hablando ya es harina de otro costal, pues tras su decepcionante estreno en cines adquirió el dudoso honor de ser considerada como uno de los mayores fracasos taquilleros de los 90. Y quizás uno de los motivos de ese fracaso se debiera, en parte, a la mala prensa ocasionada por los negativos test-screenings que obtuvo el corte inicial del filme.


 La escasa aceptación en los pases previos indujo a Crichton a ocupar la silla de director y hacerse cargo de la re-edición de la película, añadiendo entre otras cosas un nuevo final y sustituyendo la banda sonora original compuesta por Graeme Revell por la -todo sea dicho, magnífica- partitura de Jerry Goldsmith, habitual colaborador en la filmografía del escritor/director californiano.

Estos cambios ocasionaron, cómo no, gastos adicionales en la post-producción y promoción del filme, originalmente presupuestado en 85 millones para terminar costando, según fuentes consultadas, unos 160. En consecuencia, hubo que prorrogar también su estreno en salas, no viendo la luz hasta dos años después de comenzar su producción en verano de 1997.

¿Cuán significativa fue la aportación (sin acreditar) de Crichton para con el resultado final de la película? Probablemente nunca obtengamos respuesta a esa pregunta. Durante un tiempo se llegó a lucubrar sobre la posible existencia  de un director’s cut, pero tal versión no ha existido nunca ni parece que vaya a existir jamás.

Por ese mismo motivo tampoco sabremos qué motivó el descontento del autor respecto al trabajo hecho por McTiernan. Lo que sí podemos hacer es, con el filme resultante en las manos, tratar de discernir las diferencias entre el libro y su adaptación. Diferencias que en realidad no son tantas o por lo menos no demasiado alarmantes.

Ya sea por la mano de McTiernan o por la de Crichton, hay que señalar que “El guerrero nª13” es, a grandes rasgos, bastante fiel a la novela que adapta. Es cierto que hay algún que otro cambio importante al respecto, pero esto es algo que sucede en toda adaptación, asumiendo que muchas de las licencias responden a decisiones creativas vinculadas exclusivamente al medio cinematográfico. Dicho de otro modo, y por el bien de la narración y del filme resultante,  la mayoría de veces resulta inevitable tomarse ciertas libertades. Los guionistas de la película así lo hicieron, y algunos de estos cambios son, en mi opinión, en beneficio del relato. Sirva de ejemplo, para empezar, el hecho de prescindir de traductor.


En la novela, nuestro protagonista, el árabe lbn –Fadlan, no entiende ni papa del idioma nórdico, como es lógico, por lo que necesita de alguien entre sus acompañantes que le traduzca lo que se habla a su alrededor, y que al mismo tiempo traduzca también sus palabras al resto del grupo. Esa función la realiza Herger (Dennis Storhøi en la película), nórdico con quién lbn –Fadlan entabla cierta amistad. Ambos personajes dialogan con frecuencia, a menudo siendo sus diálogos una ristra de preguntas-respuestas en las que Crichton evidencia el choque cultural entre ambos. La desaprobación de las costumbres y creencias por parte de lbn –Fadlan sobre sus compañeros escandinavos es constante a lo largo del viaje, así como la mofa y burla de éstos hacia él por lo que consideran preguntas y comportamientos estúpidos por su parte. Ibn- Fadlan considera a los vikingos unos tontos (sentimiento recíproco) y, en cuestiones de higiene, unos puercos.

Esto se resuelve en la película rápidamente haciendo que lbn –Fadlan, encarnado por Antonio Banderas, aprenda el idioma en cuestión de días (apenas unos minutos reales en pantalla) observando concienzudamente a los nórdicos. Así, los guionistas se cargan de un plumazo las funciones de Herger como traductor para agilizar el relato, ya que de otro modo hubiera ralentizado demasiado la narración, amén de resultar su uso cansino y repetitivo. Cierto es que resulta un poco increíble que el protagonista aprenda la lengua nórdica tan fácilmente, pero es una licencia artística que podemos llegar a perdonar.

Lo que no es tan perdonable es que por el camino se pierda bastante información acerca del análisis que Crichton plasma sobre las costumbres del pueblo escandinavo. Hay que hacer constar que el escritor se nutre del manuscrito que el cronista y viajero musulmán Ibn-Fadlan escribió hace más de mil años sobre sus experiencias y observaciones conviviendo con los vikingos del Volga. Se trata del relato testimonial más antiguo que se conoce sobre la vida y la sociedad de estas gentes del norte de Europa. Poco de este conocimiento se observa en la cinta, más allá de alguna que otra costumbre sobre su aseo o sobre el entierro de sus muertos (algo por lo que se pasa muy de puntillas). Se omiten también otros muchos detalles, como por ejemplo la actitud de aquellos hombres con respecto al sexo opuesto. Detalles, todos ellos, sacrificados en beneficio de la acción, ni más ni menos.

Pero tampoco es que el relato de Crichton sea la panacea en cuanto a rigor histórico, siendo éste bastante criticado por expertos tanto por la errónea representación de los wendol como Hombres de Neanderthal (que ni eran antropófagos ni se tiene constancia de que sobrevivieran a la última edad de hielo), como por la descripción incorrecta del rito funerario vikingo. Así que dicho esto, la ausencia de estos detalles representan un mal menor, al tiempo que se agradece que al menos McTiernan nos ahorre algunos de los tópicos que el cine ha inventado acerca de estos guerreros (ergo, ni rastro de cascos de prominentes cuernos).


Otra diferencia significativa entre libro y película atañe al carácter de lbn –Fadlan, quién en el filme es interpretado por Banderas como un diestro y valiente guerrero (aunque participe en la misión a desgana y en contra de su voluntad), mientras que en la novela es un hombre cobarde que apenas se involucra en los enfrentamientos contra los temidos wendol. Este cambio es una clara concesión de cara al espectador, para que éste pueda simpatizar con el héroe protagonista, cosa harto difícil que ocurra leyendo la novela.

El resto de la trama acontece más o menos en la línea de los hechos narrados en el libro, acortando no obstante muchos de sus pasajes.

Para la epopeya en la que se involucra el grupo protagonista, Crichton tomó como fuente de inspiración la leyenda de Beowulf, sustituyendo al troll Grendel, el monstruo que amenaza al reino de Hrothgar, por los wendol, una tribu de salvajes caníbales (algo así como los últimos vestigios del Hombre Neanderthal). El propio Beowufl vendría a encarnarse en la figura de Buliwyf, el gran héroe vikingo, así como su encuentro contra el dragón se escenifica en la secuencia del ataque de los wendol a caballo con sus llameantes antorchas (uno de los momentos culminantes de la cinta).


Con todo, la película tiende más hacia el mero espectáculo de evasión que al estudio casi antropológico del que hace gala el libro, el cual, aún dentro de un marco de ficción histórica, apuesta más por el tono documentalista que por el folletín novelesco. Para mi sorpresa, la prosa de Crichton es aquí algo errática y se muestra escasamente adornada, o menos de lo que debería tratándose de un relato de reminiscencias sobrenaturales. Quizás por ese motivo, y a título personal, me estimule más la película, que por otro lado es una más que decente adaptación y una estupenda cinta de aventuras. Otro gallo cantaría si una historia como la de “Devoradores de cadáveres” estuviese narrada por alguien como Robert E. Howard. En ese hipotético e improbable (por no decir imposible) caso, probablemente preferiría el libro.

jueves, 5 de junio de 2014

“X-Men: Días del futuro pasado” (2014) - Bryan Singer


El estreno, tres años atrás, de la magnífica “X-Men: Primera generación” supuso todo un soplo de aire fresco para una franquicia, la de las mutantes, que tras tres entregas y un spin-off necesitaba renovarse urgentemente… o morir. Por supuesto, Fox no iba a dejar que lo segundo ocurriera, así que decidió darle a la saga un nuevo rumbo por medio de una opción muy socorrida: la precuela.

Matthew Vaughn, director de corta pero notable filmografía, fue el elegido para encargarse de esta renovación. Vaughn  supo otorgarle a la película la personalidad necesaria para desvincularse de lo anteriormente visto sin por ello renunciar a la esencia del universo mutante (además de cascarse secuencias y planazos de aúpa). Al toque sesentero casi bondiano de esta película de orígenes se le unía un reparto repleto de caras nuevas que tenían por difícil misión hacernos olvidar a McKellen, Stewart  y cía. Y lo consiguieron. ¡Vaya si lo consiguieron! James McAvoy y Michael Fassbender hicieron suyos los personajes de Charles Xavier y Magneto, respectivamente, y en esta última entrega, frente a sus homónimos, vuelven a demostrarlo.

Si “X-Men: Primera generación” nos contaba, entre otras cosas, cómo se conocieron Xavier y Magneto, y cómo llegaron a ser buenos amigos para, finalmente, declararse eternos enemigos. Pues bien, aquí vuelve a ponerse de manifiesto aquello que tanto les une y a la vez les separa: la supervivencia de los mutantes. Cada uno persigue su objetivo de forma distinta. Mientras uno, Xavier, prefiere seguir la vía del diálogo para convivir en paz y harmonía con el resto de los mortales; el otro, Erik, prefiere optar por la supremacía de su especie por encima de los humanos. Esta batalla, presente desde la primera “X-Men”, ha llevado a ambos bandos a la autodestrucción.

“X-Men: Días del futuro pasado” nos traslada a un futuro lleno de tinieblas; un mundo oscuro y devastado en el que tanto los mutantes como los humanos son especies en peligro de extinción. ¿Los culpables? Los Centinelas, unas máquinas letales creadas por los humanos con el fin de exterminar a la raza mutante, y que para desgracia de todos se han convertido en los amos y señores del planeta. Los pocos supervivientes mutantes que quedan en pie han decidido unir fuerzas, y capitaneados por Xavier y Magneto, afrontan el último recurso que les queda para evitar tan fatídico destino: viajar al pasado y cambiar el curso de la historia.

Singer vuelve a tomar las riendas de una franquicia que es suya por derecho propio (aunque la abandonara a su suerte para fracasar estrepitosamente con su fallida “Superman Returns”). Su regreso significa la unión de dos conceptos: el renovador iniciado por Vaughn en First Class y el continuista de la saga madre, de modo que convergen en un mismo espacio (aunque no físico) los Xavier y Magneto de McAvoy /Stewart y Fassbender/McKellen. A estos se les une el sempiterno Lobezno, personaje predilecto de Singer y alma mater de la saga desde sus inicios. Y es que aquí, el mutante de las afiladas garras de adamantium vuelve a cobrar importancia en la trama para servir de nexo de unión entre pasado y futuro y, en consecuencia, compartir protagonismo con los jóvenes Xavier y Magneto, dos personajes que se verán obligados a firmar una tregua con el fin de evitar un destino fatal. Pero, ¿puede el futuro ser cambiado?


No hay duda que uno de los puntos fuertes de esta última entrega es la espectacularidad de sus escenas de acción, y el buen hacer que tiene Singer para con los personajes, quienes siempre se nos muestran vulnerables a cuanto les rodea. Personajes de carne y hueso que, pese a su superioridad física, deben asumir conflictos personales y morales como todo humano vulgar que se precie.

Quizás empieza a ser algo cansino que, tras cuatro películas, se vuelva a recurrir a la dualidad de Magneto como contrapunto a la causa mutante. Es decir, el continuo vaivén de cambios de bando (ahora lucho con vosotros; ahora lucho contra vosotros) suena ya algo repetitivo. En la anterior entrega estaba más que justificado para tratar de explicarnos el porqué de la enemistad entre  ambos personajes, amén de que el verdadero villano era Sebastian Shaw, el personaje que interpretaba Kevin Bacon. Aquí, sin embargo, se obligan a dividir el cauce de la trama a tres bandas, con Magneto por un lado, Mística por el otro y Lobezno, Xavier y cía por una tercera vía. Contando que además de vez en cuando el relato salta del pasado al futuro para extremar la sensación  de “ir a contrarreloj” que justifica la premisa de la cinta, al final el batiburrillo de elementos tiende a la sobrecarga.

Sin embargo, Singer lo compensa con buenas dosis de acción cada vez más imposibles (a la secuencia del estadio me remito), y momentos de intensidad dramática en los que se pone de manifiesto el triunfo de ésta saga por encima de otras muchas películas de superhéroes: la calidad en el tratamiento de sus personajes principales (en detrimento de una aportación casi insignificante de los personajes secundarios, relegados siempre a una mínima presencia en pantalla, cuando no a simples cameos). Y es que por muy potentorra que sea la pirotecnia desplegada, lo cierto es que al igual que su predecesora, “X-Men: Días del futuro pasado” es una película que funciona de maravilla aun cuando no hay mamporros ni superpoderes en pantalla. Y ese dice mucho de ella. Le falta la elegancia visual de Vaughn para los planos, pero de cara a lo demás, Singer demuestra haberle tomado el pulso a la franquicia desde el principio y no haberlo perdido en su ausencia. Por el contrario, se echa de menos un acercamiento más exhaustivo de ese nefasto futuro tan atractivo visualmente. Pero a fin de cuentas, como continuación de First Class que es, los Magneto y Xavier originales quedan relegados a un segundo plano.


Es por ello que esta nueva entrega se muestra como una más que digna sucesora de esa especie de “reinicio” de franquicia que supuso “First Class”. Película aquella que, a gusto de un servidor, sigue siendo la mejor y más redonda de todas cuantas se han hecho hasta ahora dentro del universo mutante. Pero aún a su sombra, “X-Men: Días del futuro pasado” tiene algo nuevo y viejo que ofrecer al espectador: el poder empezar casi de cero con todo lo transcurrido a lo largo de las, ahora ya sí, cinco películas.

Y es que el viaje en el tiempo de Logan origina una serie de cambios importantes que afectarán considerablemente a las entregas venideras (y muy probablemente también a la propia saga de Lobezno en solitario). Estos cambios miran de corregir, de algún modo, los errores cometidos en el pasado (sobre todo en “X-Men: La decisión final”), y cuadrar un poco el pifostio cronológico en el que el estudio se ha ido embarrullando a cada película.


A partir de este momento, Singer y cía tienen carta blanca para hacer lo que les plazca, pudiendo explorar nuevos horizontes con los mismos personajes de siempre (y otros nuevos) y crear otra línea temporal divergente y a la vez paralela a la franquicia original. El futuro de los mutantes está en sus (buenas) manos.



Valoración personal:

viernes, 30 de mayo de 2014

“Al filo del mañana” (2014) - Doug Liman


Después de aparecer en películas potencialmente premiables como “Leones por corderos” o “Valkiria”, parece que al fin Tom Cruise ha abandonado sus infructuosas aspiraciones por alzarse con una estatuilla de la Academia (o cuanto menos añadir algunas nominaciones a su currículum). Y es que de un tiempo a esta parte, el bueno de Tom parece haberse entregado por completo a un tipo de cine cuyo mayor reconocimiento se encuentra en un lugar muy distinto: la taquilla.

Más dispuesto a granjearse una buena jubilación que a la posibilidad de recibir premios por sus interpretaciones, el actor se ha dejado ver, en estos últimos años, en producciones comerciales bien diversas. A su regreso a la reactivada saga de Misión Imposible hay que sumarle sus trabajos en cintas de acción como “Noche y día” o “Jack Reacher” (otra con visos a convertirse en franquicia), o en la ciencia-ficción (post-apocalíptica) de “Oblivion”. Perteneciente a éste último género nos llega ahora “Edge of Tomorrow”,  basada en un manga de Hiroshi Sakurazaka publicado a principios de este año: “All You Need Is Kill”. Aunque visto lo visto, lo más apropiado hubiese sido bautizarlo como “All You Need Is To Die”.

Y es que el resultado de esta adaptación a la gran pantalla es lo más parecido a mezclar en un coctelera a “Atrapado en el tiempo” (por su premisa temporal), “Salvar al Soldado Ryan” (por sus escenas bélicas), “Starship Troopers” (por el futurista look militar y la temática) y “Matrix” (por el parecido de los aliens con los Centinelas).


En un futuro próximo, la Tierra ha sido invadida por una letal raza extraterrestre cuyo avance  parece imparable. Para hacer frente al enemigo existen las Fuerzas Unidas de Defensa, unos comandos especiales equipados con la última tecnología militar. Ahí va a parar a modo de castigo nuestro protagonista, el Comandante William Cage (Cruise),  un oficial que nunca ha entrado en combate y al que obligan a participar en una misión suicida.

Cage fallece durante su primera incursión en el campo de batalla, pero es en el instante de su muerte  cuando se produce un fenómeno inexplicable: éste se despierta de nuevo justo en la víspera de la batalla. A partir de ese momento, Cage entrará en un bucle temporal en el que revivirá continuamente el fatídico día, combatiendo hasta la muerte y resucitando una y otra vez…

A cada batalla que libra, nuestra protagonista adquiere experiencia y se convierte en un soldado más hábil y eficaz. Sin embargo, eso no es suficiente para vencer al invasor, y necesita de la ayuda de Rita Vrataski (Emily Blunt), la soldado más valiosa del ejército, para derrotar definitivamente a los alienígenas.  

La presentación del personaje que encarna Cruise se aleja un poco de lo habitual, pues la primera impresión que nos causa es la de encontrarnos ante un cobarde chupatintas. Por supuesto, sabemos que esa postura miedica ante la idea de entrar en combate no va a durar mucho. A fin de cuentas, éste representa al héroe destinado a salvar a la humanidad. Es por eso que a lo largo de la película, mediante sus continuas reincidencias en el campo de batalla, su actitud irá cambiando y su posición respecto al conflicto irá adquiriendo un matiz más personal.

 

Con cada “reinicio”, Cage no sólo mejora sus habilidades en el combate sino que también toma consciencia de que, sin comerlo ni beberlo, se ha convertido en la última esperanza de la humanidad; en la pieza clave en la lucha contra los alienígenas. Pero el meollo de la cuestión no radica sólo en sus progresos como soldado sino en el cómo afronta esas situaciones una y otra vez. En cómo afronta los obstáculos y cómo las decisiones que toma se adaptan a los cambios que él mismo hace y deshace, o hace y rehace. Y quizás la peor condena de todas no sea, cuál Sísifo o Prometeo, la tortura de revivir el día de su muerte o verse obligado a morir cada vez para seguir avanzando hacia la victoria contra el enemigo, sino el hecho de recordar todo lo vivido y revivido mientras que el resto de personas a su alrededor lo vive todo de nuevo por primera vez.  Un detalle especialmente molesto de cara a ganarse el afecto de Rita, su única aliada en esta infernal pesadilla. Y es que mientras que él va pasando más tiempo con su compañera y conociéndola mejor, ésta en cambio se encuentra con él siempre en el mismo punto.

La relación inusual entre estos dos personajes y el buen aprovechamiento de una premisa que, sin ser del todo original, sí es muy atractiva, unido a los afortunados toques de humor (en ocasiones realmente hilarantes) y a la espectacularidad pirotécnica de turno, convierten a “Edge of Tomorrow” un gratificante entretenimiento.

Contiene elementos de muchas otras películas, algunas ya citadas en el encabezamiento de esta crítica, pero en última instancia, se convierte en una propuesta con suficiente  personalidad propia. Y quizás sea por sus viajes en el tiempo, por sus exotrajes  y su variopinto grupo de soldados a lo “Aliens”, o quizás sólo por la mera presencia de Bill Paxton, pero lo cierto es que se percibe cierto regustillo a lo James Cameron. Y eso, amigos, siempre es bueno.


Harto de ver cómo muchas películas con buenos argumentos se vienen  bajo en el transcurso de los minutos, da gusto comprobar cómo el nuevo y mejor film de Doug Liman desde “El caso Bourne” sabe mantener el tipo hasta el final.  El ritmo frenético, el carisma de Cruise y las potentes secuencias de acción son, junto a su juguetona trama, sus mejores armas contra el aburrimiento.


P.D.: Vale la pena destacar, amén del aspecto mecánico/pulposo de los alienígenas (bastante alejados del típico “bicho insecto/cucaracha” (cuando no, lagartija) con el que tan a menudo se representa a este tipo de monstruos), también esos ultramodernos trajes de combate que recuerdan al exo-esqueleto que lucía Matt Damon en “Elysium”. Aunque puestos a buscar referencias, quizás habría que señalar sus orígenes en la literatura de género, citando las novelas “Tropas del espacio” de Robert A. Heinlein y “La guerra interminable” de Joe Haldeman como principal fuente de inspiración.



Valoración personal: 

lunes, 12 de mayo de 2014

“Snowpiercer (Rompenieves)” (2013) - Bong Joon-ho


Hace algunos años sonaron las alarmas y todo el mundo hablaba de ello: el calentamiento global de nuestro amado planeta era una realidad que ya no podíamos seguir ignorando. ¿Los culpables? Nosotros, los seres humanos, con nuestras emisiones de gases contaminantes -producto de la quema de combustibles fósiles como el carbón, la gasolina o el petróleo- a la atmósfera.

Para algunos, este “cambio climático” debido a causas humanas  no son más que paparruchas; falacias alarmistas a las que no hay que hacer el menor caso. Sin embargo, el consenso científico es general, y se han propuesto algunas medidas para mitigar estos cambios de temperatura. Véase el Protocolo de Kyoto, un acuerdo internacional cuyo objetivo es estabilizar dicha concentración de gases. Claro que del compromiso al hecho hay un buen trecho, y no parece que estemos contribuyendo a una mejora significativa. 

Desde el pasado siglo, la concentración de los gases contaminantes ha aumentado un 30%, la temperatura ha aumentado aproximadamente 0,6°C , y el nivel del mar ha crecido de 10 a 12 centímetros. Los efectos pueden ser variados y nos afectan a todos: desde inundaciones a sequías, pasando por intensas olas de calor. Recientes estudios indican que es probable que la temperatura global de la superficie aumente entre 1,1 a 6,4 °C durante el siglo XXI. De seguir así, muchas especies animales (el oso polar, entre los más amenazados) y vegetales acabarían por extinguirse delante de nuestras narices.

No hay vuelta atrás ni existen milagros tecnológicos para paliar los efectos del cambio climático. ¿O sí?
La última película del surcoreano Bong Joon-ho (Memories of Murder, The Host) nos plantea un futuro en el que sí es posible, aunque para nuestra desgracia la solución se nos muestre afín al dicho de que “es peor el remedio que la enfermedad”.

 “Snowpiercer (Rompenieves)”, basada en la novela gráfica francesa “Le Transperceneige”, de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette, nos sitúa en un futuro próximo en el que un fallido experimento para contrarrestar el calentamiento global ha provocado  una edad de hielo que ha acabado con casi toda la vida en la Tierra (en la línea de la reciente “The Colony”). Los últimos supervivientes habitan en el  'Snowpiercer', un tren enorme y en perpetuo movimiento que atraviesa el planeta de punta a punta a través de desiertos de hielo y nieve. En su interior, los residentes se amontonan en los vagones dividiéndose en un claro sistema de clases: los pobres, que malviven en la cola del tren pasando frío y hambre; y los privilegiados, que gozan de todas las comodidades en la parte delantera.

Tras años de represión y constante sufrimiento, emerge entre los habitantes de la cola un nuevo líder, Curtis (Chris Evans), dispuesto a cambiar el estado de las cosas iniciando una rebelión con el fin de apoderarse del tren.


Más allá de la temática ecológica subyacente, y dentro de un marco postapocalíptico ciertamente estridente y algo inverosímil, la película Bong Joon-ho pone sobre la mesa una clara denuncia a la división de clases, al totalitarismo y la represión ciudadana

Desde tiempos inmemoriales, en los que los primeros asentamientos entre seres humanos fueron constituyendo las primeras civilizaciones, fueron también apareciendo las divisiones entre clases sociales. En la división resultante es inevitable notar que al tiempo que unos están arriba de la pirámide, otros muchos se encuentran abajo. Arriba, los que someten; y abajo, los que son sometidos. Los que tienen poder y los que carecen de él…

La reducida comunidad alojada en el apocalíptico Snowpiercer constata el hecho de que para que unos gocen de privilegios, otros tantos tienen que sufrir su subyugo. Y ante la injusta opresión surge, como es de esperar, un sentimiento de rebelión. Sentimiento éste alojado profundamente en el alma de nuestro antihéroe protagonista, quién emprende un ardua gesta hacia libertad cuya meta le ha de llevar finalmente a la redención personal.

La eterna lucha de clases reducida a los estrechos y asfixiantes vagones de un tren ultramoderno como metáfora del mundo en el que vivimos. Un lugar en el que mientras unos disfrutan de las burbujeantes aguas de su jacuzzi  o saborean los más deliciosos y prohibitivos manjares, otros malviven sin tener apenas un trozo de pan que echarse a la boca ni agua corriente con la que asearse debidamente. Esos serían los extremos más claros aunque no siempre los más visibles ni tampoco los más abundantes, si bien entre uno y otro existen infinitos intermedios en los que se entremezclan miseria y riqueza a partes muy desiguales.

El último Capitán América cinematográfico, Chris Evans, vuelve a encarnar al heroico protagonista, sólo que esta vez se trata de un héroe muy diferente al que encarna en las superproducciones de Marvel. Su personaje, atormentado por la culpa, representa aquí el último resquicio de esperanza para un grupo de hombres, mujeres y niños desesperados y ansiosas por una vida mejor o, cuanto menos, más justa. Es tal la desesperación, tras tanto motín fallido, que Curtis/Evans no dudará en sacrificar lo que haga falta (y a quién haga falta) con tal de conseguir su objetivo. Ese egoísmo, unido a su inseguridad para con su posición de líder, así como ese sentimiento de culpa procedente de un pasado oscuro, hacen de él un antihéroe singular.
Evans lleva sobre sus hombros el peso de la cinta, demostrando como pocas veces sus dotes dramáticas, además de sus ya sobradamente conocidas dotes físicas. Pero no está solo, pues le acompaña un ilustre trupe de secundarios encabezada por el veterano John Hurt, el casi siempre desaprovechado Jamie Bell y ese gran intérprete surcoreano que es Song Kang-ho. Amén de sólidas actrices como Octavia Spencer o una Tilda Swinton extremadamente cargante (así lo exige su caricaturesco personaje). Y como guinda del pastel, un hombre en la sombra que, obviamente, no voy a desvelar.


Aún con su evidente mensaje por bandera, “Snowepiercer” no abandona su condición de filme de acción, algo que afronta con inusitadas explosiones de brutal violencia. En éstas, el poderío visual de Bong Joon-ho hace acto de presencia, manejando la cámara con virtuosismo y mostrándonos impactantes enfrentamientos cuerpo a cuerpo que son una auténtica carnicería.

Quizás esa excelsa brutalidad en pantalla (en ocasiones, muy bruta)  incomode a algunos espectadores, e incluso muchos consideren que entorpece o estorba el mensaje que el guión dispara a bocajarro, pero para quien esto escribe la mezcla funciona. Probablemente se erija más como filme de acción/ciencia-ficción, pero su contenido interno va más allá, y eso ya es mucho más de lo que ofrecen muchos blockbusters u otras cintas de corte similar.

“Sownpiercer” es salvaje, excesiva, incómoda y cruda, pero también deja espacio a la esperanza. El transcurso de la acción a modo casi de videojuego, saltando los personajes de un vagón a otro como si de niveles de un juego se tratara, entraña a cada rato una serie de hallazgos  que poco a poco van desenmarañando una trama mucho más compleja de lo que parece a simple vista. El Snowpiercer no sólo es un tren sino también una caja llena de sorpresas, la mayoría desagradables para nuestros rebeldes protagonistas, y que en cada vagón nos invita a hacer un descubrimiento para ir encajando las piezas del rompecabezas.  Este juego funciona a las mil maravillas, haciendo bien de guardarse unos cuantos ases en la manga a modo de golpes de efecto que han culminar en un inconmensurable desenlace.


Con todo, “Snowpiercer” es un cita ineludible para el buen aficionado a la ciencia-ficción. 



Valoración personal: