jueves, 23 de marzo de 2017

“La cura del bienestar” (2017) – Gore Verbinski


Sinopsis oficial: Un joven y ambicioso ejecutivo de empresa (Dane DeHaan) es enviado para traer de vuelta al CEO de su compañía, que se encuentra en un idílico pero misterioso "centro de bienestar", situado en un lugar remoto de los Alpes suizos. El joven pronto sospecha que los tratamientos milagrosos del centro no son lo que parecen. Cuando empieza a desentrañar sus terribles secretos, su cordura será puesta a prueba, pues de repente se encontrará diagnosticado con la misma y curiosa enfermedad que mantiene allí a todos los huéspedes, deseosos de encontrar una cura.


Comentario

Tras el monumental fiasco de “El Llanero Solitario”, Gore Verbinski necesitaba resarcirse como fuera. En vez de decantarse por otro presumible blockbuster con pretensiones de franquicia, el cineasta ha optado por elegir justo lo opuesto: una película algo más “pequeña” (40 m. de presupuesto) y de terror, un género que ya había tratado en el remake norteamericano de la japonesa “The Ring” (aquella de la cinta de vídeo maldita).

 “La cura del bienestar” es,  no obstante, una cinta mucho más centrada en el terror psicólogo que físico, aunque no por ello exenta de imágenes truculentas que de vez en cuando se insertan en la narración para sugestionar al espectador. Momentos que, todo hay que decirlo, se nos acabarán antojando finalmente bastante gratuitos.

Un centro de bienestar para viejos ricachones, perdido en medio del monte suizo, es un concepto bastante sugerente, sobre todo si dicho balneario no es lo que en realidad aparenta. El lugar no sólo esconde una trágica historia ancestral sobre sus origenes, sino que además ésta guarda una estrecha relación con el presente y las inquietudes con respecto a la legitimidad de los servicios de bienestar y curación que se ofrecen en el centro. Y es que sus clientes, que aparentemente llegan allí para curarse y relajarse del estrés y las preocupaciones de la vida moderna, parecen no poder o no querer volver a sus anteriores vidas, prolongando así su estancia indefinidamente. Algo así como una droga o una secta de la que no se pueda escapar jamás.

Hasta allí llega nuestro protagonista para, en principio, sacar de allí a uno de sus pacientes. Lo que no esperaba éste era terminar convirtiéndose en uno. Y a medida que pasan los días, el lugar le parecerá cada vez más extraño y sospechoso, dudando seriamente de los tratamientos que allí se aplican y de las intenciones para con los mismos. ¿Realmente curan las dolencias a sus huéspedes? Y si no es así, ¿con qué propósito los mantienen allí? Todas estas incógnitas irán surgiendo a lo largo del relato, desconcertando tanto al protagonista como al espectador.


Verbinski se sirve de un escenario turbador para crear momentos ciertamente inquietantes, adentrándonos en un ambiente de malestar y locura. Sin duda, el look retro del lugar, en contraste con el mundo actual, le da un toque visual también muy agradecido. El problema es que, como ya insinuaba al principio, los momentos más impactantes y perturbadores no son más que meros artificios que intentan compensar la carencia de verdadera intriga. Todo para que al final la explicación a tanto impostado misterio sea de lo más ramplona y previsible. Lo que no ayuda en nada tampoco una resolución de la trama torpe e igualmente efectista, supongo que en un intento no muy acertado de acercarse y homenajear a los mad doctors de los clásicos de terror de la Universal o la Hammer de principios del siglo pasado. 

A su favor, además del mencionado emplazamiento de la historia, se encuentran las interpretaciones del elenco principal conformado por los jóvenes Dane  DeHaan y Mia Goth, así como el veterano Jason Isaacs, ducho éste en personajes de villano. 

Por el contrario, el contraste entre el centro de su salud y los pueblerinos me resulta un tanto exagerado e irrisorio, convirtiendo a estos últimos en una especie de lúgubres rednecks a la suiza en contraposición a la no menos siniestra rectitud y pulcredad de los trabajadores del centro de salud. También la insensatez -en ocasiones- del protagonista escapa a toda lógica, lo que sin duda le permite a los responsables estirar el metraje hasta la extenuación. Al fin y al cabo, ese probablemente sea uno de los mayores fastidios de la película.

Dejando de lado que la obra de Vervinski recuerde  irremediablemente a otras propuestas mucho mejores, como la notable “Shutter Island” de Scorsese o la más humilde pero no por ello menos satisfactoria “Stonehearst Asylum (Eliza Graves)” (cinta ésta con la guarda no pocos elementos en común), lo cierto es que el verdadero agravio que se comete en el último trabajo del “visionario director” (ejem), es alargar sin razón un relato que, quizás con menos metraje, habría resultado más redondo. Y es el que la precariedad del guión, enmascarada a ratos por el buen hacer visual de Verbinski, da para un capítulo de “Supernatural” o “Historias de la Cripta”, pero no para una cinta de dos horas y media. Con lo que al final, la supuesta intriga y el misterio terminan siendo más bien tediosos.

“La cura del bienestar” no es una mala película per sé, pero creo que ni los guionistas ni Verbinski han sabido dar en el clavo, y se han pasado un rato largo de pretenciosos.


VALORACIÓN PERSONAL 

viernes, 10 de marzo de 2017

“Kong: la Isla Calavera” (2017) - Jordan Vogt-Roberts


 
Sinopsis oficial: un variopinto grupo de científicos, soldados y aventureros se unen para explorar una mítica y desconocida isla del Pacífico, tan peligrosa como hermosa. Apartados de todo lo que conocen, se aventuran en los dominios del poderoso Kong y desatan la batalla definitiva entre el hombre y la naturaleza. Su misión de exploración se convierte en una lucha por la supervivencia y la huida de un Edén ancestral en el que no hay cabida para la humanidad.

Comentario: desde su primera aparición allá por el cada vez más lejano 1933, Kong se convirtió en uno de los grandes -por tamaño y relevancia- monstruos de la historia del cine. Su estreno fue todo un hito que, en consecuencia, hizo que tuviera un gran impacto dentro de la cultura popular, de tal modo que hoy pocos se atrevan a discutirle el título de “King” (rey) que tan orgulloso ostenta. Y es que las referencias, guiños o imitaciones al gorila gigante creado por Edgar Wallace se extienden no sólo al cine, sino también a la televisión, los cómics, los videojuegos y un largo etcétera.

En los albores del cine, los monstruos que predominaban en la gran pantalla eran Drácula Frankenstein, la Momia y el Hombre Lobo. Así que no es de extrañar que la aparición de semejante mostrenco, apoyado éste en unos atractivos efectos especiales, impresionara y cautivara al público de la época. Más tarde llegaría su homónimo nipón, Godzilla (rey indiscutible de los kaiju); o los monstruos de Harryausen (El monstruo de los tiempos remoto), entre otros muchos que componen el bestiario del fantástico cinematográfico.

El equivalente al impacto de King Kong a principios de la década de los 30 lo podríamos situar justo 60 años después, en 1993, cuando varias generaciones experimentamos en nuestras carnes el asombroso y arrollador estreno de “Jurassic Park” de Steven Spielberg.

Precisamente, desde principios de los 90 hasta nuestros días, los efectos visuales han experimentado una auténtica revolución. A día hoy existe muy poco margen para impresionar al espectador, así que conseguir cautivarlo por medio únicamente de los efectos especiales es un tanto absurdo. Y ese probablemente sea el punto flaco de muchas producciones y  de muchos cineastas de la actualidad: apoyarse única y exclusivamente en el poder prácticamente ilimitado de los efectos digitales.
Desde luego, hay muchos otros atributos a tener en cuenta para salir triunfante, y en “Kong: la Isla Calavera” eso lo han tenido muy presente. Lo que se traduce en un espectáculo no sólo poderoso a nivel visual (los vfx son, salvo algún que otro croma, impecables; y las escenas de acción apoteósicas) sino también a nivel empático. Y no me refiero a los aspectos emocionales de la historia, que siendo honestos, aquí son bastante precarios pese al intento de convertir al personaje de Brie Larson en un sucedáneo de Ann Darrow. No, lo que cautiva de este último Kong no son sus pretensiones dramatico-románticas, ni sus esfuerzos por humanizar a la bestia (que los hay y funcionan), sino su absoluta entrega al delirio, al puro desenfreno más descarado de una epopeya de proporciones mastodónticas deliciosamente pulp , lo mejor de todo, nunca exenta de humor y autoconsciencia. Y esto queda patente desde los primeros minutos. 

Muchos otros han intentado proseguir con el legado de Kong, y la mayoría se han estrellado por el camino. Y aunque con el paso del tiempo el “King Kong” de Peter Jackson ha ido ganándose mi indulgencia e incluso mi aprobación, no puede sino afirmar con total seguridad que es “Kong: Skull Island” el mejor ejemplar en su especie desde el clásico de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack.


Vogt-Roberts tiene muy claro que todos conocemos de sobras a Kong y que lo hemos visto ya millones de veces. Sabe muy bien que jugar al escondite con su criatura no tiene ningún sentido, así que no tarda demasiado en mostrarla al público en todo su esplendor. La secuencia de la accidentada llegada de los helicópteros a la isla es una auténtica orgía de muerte y destrucción. A posteriori, la acción se minimiza y se posiciona a un terreno más cercano al survival, por así decirlo, pero sin perder nunca el ímpetu y el ritmo iniciales. 

He de admitir que uno de mis mayores temores tras los primeros avances era que la película fuera a convertirse en una agotadora montaña rusa repleta de sacudidas, o dicho de otro modo, en otro espectáculo vacuo y extenuante marca Hollywood. Por suerte, no es el caso, dado que la acción está bien diseminada a lo largo del metraje y, lo mejor de todo, dirigida con mano firme por un director que, dicho sea de paso, se marca toda una galería de planazos para enmarcar.

Es cierto que los personajes son puro estereotipo, cuando no mera carnaza o relleno para cumplir con el obligado cupo multirracial. Por supuesto, a Larson y a Hiddleston se les podría haber sacado mucho más partido; especialmente a él y a su apreciado carisma. Pero en compensación,  tenemos a otros personajes algo mejor tratados, como los que interpretan Samuel L. Jackson (el villano humano de la función) o John C. Reilly, éste último como bufón roba-escenas. Y el dúo que conforman Jason Mitchell y Shea Whigham, aunque también bastante tópico, resulta de lo más simpático.
Así pues, el escaso desarrollo de los personajes no socaba en ningún el entretenimiento que entrega  Vogt-Roberts, gracias a que el verdadero héroe de la historia, como en casi todas las películas de King Kong, es el propio gorila. Y aquí probablemente se luzca mejor que nunca.
Quien diga que el culminante enfrentamiento final no está la altura de lo esperado, o miente como un bellaco, o es que simplemente se ha equivocado de sala.

Así que quién se acerque a ver “Kong: la Isla Calavera” como lo que es, una multimillonaria y placentera monster-movie con alma de serie B, no saldrá defraudado. Por si fuera poco, la función viene amenizada por un repertorio musical plagado de temazos setenteros (no en vano,  cortesía la trama se sitúa en plena era Reagan post-Vietnam) cortesía  de Black Sabbath, The Hollies o Creedence Clearwater Revival. Un lujo.

P.D.: Hay escena post-créditos, así que no abandonéis la sala precipitadamente, porque es perderéis un breve adelanto de lo que está por venir.  


VALORACIÓN PERSONAL: 
 

jueves, 23 de febrero de 2017

“Logan” (2017) – James Mangold


Sinopsis: Es el año 2029. Un retraído y abatido Logan pasa los días bebiendo sin parar, escondido en una remota parte de la frontera mexicana, ganándose algo de calderilla como conductor de alquiler. Sus compañeros en el exilio son el marginado Caliban y un enfermo Profesor X, cuya singular mente sufre ataques y convulsiones cada vez más graves. Pero los intentos de Logan por ocultarse del mundo y de su legado llegan a un abrupto fin cuando aparece una misteriosa mujer con una petición urgente: que Logan guíe a una chica extremadamente joven y muy extraordinaria hasta un lugar seguro. Las garras le vuelven a brotar inmediatamente a Logan cuando tiene que enfrentarse a fuerzas oscuras y a un villano de su antiguo pasado en una misión a vida o muerte, una misión que situará a este guerrero, ajado por el tiempo, en el camino hacia el cumplimiento de su destino.


Comentario:

Casi dos décadas. 17 años,  para ser más exactos. Ese es el tiempo que lleva Hugh Jackman encarnando al mutante de las garras de adamantium. Y no es moco de pavo.

Puede que al principio muchos (lo más comiqueros) criticaran su elección. Y por algo tan estúpido e insignificante como su estatura. Pero a día de hoy no creo que haya nadie que ponga en duda el hecho de que el personaje le pertenece por derecho propio. 

Lobezno es Hugh Jackman y Hugh Jackman es Lobezno. El actor lo ha hecho todo suyo desde el comienzo. Desde su primera aparición hasta la última, en un total –si las cuentas no me fallan-de hasta 9 ocasiones, entre las películas que conforman la primera trilogía hasta las precuelas y sus secuelas, pasando por su propio spin-off y sus correspondientes continuaciones hasta la fecha de hoy.  El actor se ha dejado cuerpo y alma en el personaje, y en esta ocasión vuelve a demostrar que el listón que deja está muy pero que muy alto. 

Esta tercera y última entrega de las andanzas en solitario del mutante más querido de la franquicia, pone punto y final a la –desigual-  trilogía. Una secuela que sabe a amarga despedida, y no por el resultado, ni mucho menos, sino porque con toda seguridad sea ésta la última vez que veamos al actor sacando las garras.

Puede que este spin-off no empezara con muy buen pie, pero todo cambió en el momento en el que Mangold asumió las riendas. “Lobezno Inmortal” fue una entrega muy digna para quien esto escribe,  y esta tercera no se queda atrás. De hecho, la supera con creces. Y no al estilo de Bryan Singer, que con cada entrega suma en espectacularidad y toneladas de CGI para terminar restando en calidad. Aquí la cosa no funciona así, porque Mangold emplea un arma todavía más poderosa: el corazón.


“Logan” nos sitúa en un mundo futuro en el que los mutantes son cosa del pasado. Apenas queda rastro de ellos salvo, por supuesto, de nuestros estimados Lobezno y Xavier, y alguno que otro más.
En este panorama, y con un Xavier enfermo, no es de extrañar que tengamos al bueno de Lobezno más hastiado que nunca. Un Lobezno viejo y cansado, que pasa los días vaciando botellas (y botellines) de alcohol para intentar paliar el dolor de los recuerdos del pasado, de aquellos que ya no están. El dolor que le ha arrastrado a la decadencia, a la desidia y a la más desoladora amargura. Un dolor que ha infectado su mente y que parece arrastrarlo hacia el abismo. Pero es entonces que aparece un pequeño y punzante rayo de esperanza. Una cría mutante que volverá a despertar en Lobezno ese lado paternal que ya vimos una vez aflorar con Pícara, y que aquí servirá de nuevo para dictaminar sus decisiones y las acciones que de éstas dependan.

La trama se construye a modo de ajetreada road movie, con claras reminiscencias al western, género que, podemos afirmar, apasiona a Mangold. No ya sólo por el tono -tirando más a crepuscular- que distingue a esta película, sino también por esa especie de guiño constante y de paralelo desarrollo que establece con “Shane” (aka Raíces profundas), cinta que protagonizó Alan Ladd allá por el ’53 y de la que aquí se sirve Mangold, claramente influenciado por el contexto, para extraer unas cuantas gotas cargadas de sabiduría atemporal. 

No olvidemos tampoco que el director es artífice de uno de los mejores y más satisfactorios remakes de la pasada década: “El tren de las 3:10”.

Con todo, la última cruzada de Lobezno nos invita a un viaje oscuro y amargo cuyo trayecto está evocado a la habitual redención del héroe. En este caso, la de un hombre que parece haber perdido las ganas de vivir y de luchar. Ganas que volverán con la fuerza de un huracán en el momento en el que la vida de una niña y el futuro de toda una nueva generación de mutantes recaiga cual losa sobre sus curtidos hombros. 

Con “Logan”, Mangold aporrea los tópicos del género y los desafía con altas dosis de feroz violencia y de desgarradoras pinceladas dramáticas. Deconstruye las constantes de lo que entendemos por una película de superhéroes, así como otros han hecho antes. Y puede que por el camino recaiga en tópicos de otros géneros, es inevitable, y puede también que a algunas mentes más obtusas les disguste lo que vean, pero su osadía, independientemente del resultado, bien merece un aplauso en estos tiempos que corren.

Cierto es que la saga de Lobezno ha sido bastante irregular, y que el pifostio cronológico que tiene montado el estudio entre unas y otras no ha ayudado en nada, pero no me tiembla el pulso al afirmar que sin duda estamos ante una de los mejores títulos de toda la franquicia. Jackman puede presumir de despedirse de Lobezno por la puerta grande y con las garras bien ensangrentadas, como muchos pedían desde hace tiempo.


VALORACIÓN PERSONAL: 


jueves, 2 de febrero de 2017

Crónica – 2º Salón del Cine y las Series


Este pasado fin de semana (27, 28 y 29 de Enero), La Farga de L’Hospitalet (Barcelona) acogió de nuevo, y tras el éxito de la edición pasada, el 2º Salón del Cine y las Series. Se calcula que por el salón han pasado unos 26.500 asistentes, lo que supone un incremento del 30% con respecto al año anterior, posibilitando así que el evento se repita un año más y, de seguir con la buena racha, se convierta en un importante e imprescindible evento anual de la ciudad, con el deseo de prolongarse en el tiempo.

En esta edición, que ha contado con un total de 115 expositores, el leitmotiv ha sido, principalmente, “los robots en el cine”, pudiendo disfrutar así de exposiciones tales como la de SyFy, con materiales originales y réplicas de películas como Robocop o Blade Runner, entre otras; o la dedicada a los mechas en el anime y el manga (además de hacer un repaso histórico de su llegada a Catalunya).  También se contó con la presencia de Kike Maíllo, director de “Eva”, y Jordi Ojeda, experto en ciencia-ficción y cine, que ofrecieron una charla sobre dicha temática para el público asistente. Además de las citadas charlas temáticas, hubo coloquios, mesas redondas y, por supuesto, clases magistrales de las que luego hablaré más en profundidad. Al igual que en la edición pasada, hubo espacio para diversas actividades lúdicas para todos los públicos; desde representar míticas escenas de películas (el clásico asesinato en la ducha de “Psicosis”) en un pequeño decorado ambientado para la ocasión, hasta someterse a una sesión de maquillaje en los talleres de caracterización o presenciar en vivo y en directo una escena de acción a cargo de unos especialistas de cine.

Todo esto y mucho más. Tanto, que es difícil abarcarlo todo en un solo artículo. No obstante, a lo largo del mismo tenéis también alguna de las fotografías que tomé de, por ejemplo, la fantástica exposición de coches de cine, que incluía vehículos como el Gran Torino de “Starky & Hutch” o el  Dodge Monaco de los Blues Brothers.


A título personal, me quedo especialmente con la exposición dedicada a Macario Gómez Quibus (“MAC”), que mostraba algunas de las obras más representativas de este magnífico cartelista cinematográfico catalán. Y es que Macario ilustró carteles (en su versión distribuida en España) para películas tan conocidas como “Los Diez Mandamientos”, “Con faldas y a lo loco”, “Psicosis” o “Doctor Zhivago”. Y quizás por su oficio todavía sea un completo desconocido para muchos cinéfilos; y ya no digamos para el gran público. Y es que ésta ha sido siempre una labor no siempre reconocida como es debido, y sólo algunos nombres como el del estadounidense Drew Struzan (por poner el ejemplo más conocido y aclamado) han pasado a la posteridad.


También quisiera destacar dos de las charlas a las que asistí el domingo. 

La primera de ellas se titulaba "Efectos Visuales, cómo llegar a trabajar en Hollywood", a cargo de Francesc Bolló, ex alumno (y actualmente profesor) en FX Animation, escuela de cine y 3D afincada en Barcelona y que este año cumple su décimo aniversario. Bolló ha logrado trabajar en los VFX de exitosas películas como “Guardianes de la Galaxia”, “El libro de la selva” y la última e inminente entrega de Piratas del Caribe. Nos habló no sólo de los distintos procesos que se siguen a la hora de determinar la creación de los efectos visuales de una película (y que varían dependiendo de si se trata de una cinta con actores o si se trata de una cinta de animación), sino también de la jerarquía dentro de una empresa dedicada a dichas labores. Una jerarquía con más cargos de los que creeríamos y, sin duda, compuesta por una infinidad de empleados, cada uno de ellos destinado a una tarea determinada.

Dentro de la animación, y una vez aprobado el proyecto, los pasos a seguir -algunos de ellos en paralelo- serían, a grandes rasgos: creación de personajes, creación de entornos y elementos de escena (layout), modelación de personajes, rigging (los “esqueletos” que otorgarán movimiento a los personajes), animación, aplicación de efectos visuales (humo, agua, explosiones, etc.), lighting (luces de la escena), render (el resultado final de la imagen) y finalmente la postproducción, donde se juntan todos estos elementos y se pulen los detalles.

En cuanto a cómo llegar a trabajar en la industria de Hollywood, Bolló habló desde su propia experiencia, y es algo que se podría resumir tal que así: saber inglés (imprescindible), tener un buen reel o portafolio adecuado al trabajo que buscas, es decir, no aglutinarlo con todo lo que sabes hacer sino concretarlo a la disciplina de la oferta (si es necesario, realizar un reel por cada disciplina) y empezar a buscarse la vida fuera de España, pues aquí el trabajo es escaso debido al bajo volumen de producción (y a sabiendas de cómo funciona el país, seguro que mal pagado). 

En cuanto a la otra charla/masterclass, cuya temática era las bandas sonoras, corría a cargo de Dani Trujillo, un compositor y diseñador de sonido para cine y tv (películas, series, publicidad…). Dani nos expuso algunas de las claves para realizar con acierto la indispensable labor de componer música para, en este caso, una película, y lo mucho que ésta influye en el significado y las connotaciones derivadas de la misma. Como ejemplo, nos mostró un vídeo (un fan tráiler), ya conocido para los que pululamos por las redes, en el que “El Resplandor” de Kubrick se convertía en una comedia familiar gracias, además de por un habilidoso montaje, también por la simpática sintonía que acompaña las imágenes. De este modo, quedó clara la capacidad de la música para otorgar un mensaje, y el modo en el que ésta puede influir sobremanera en el espectador. Dani nos ejemplificó muchos de éstos y otros aspectos sirviéndose del piano que le acompañaba, y demostrando en vivo y en directo se habilidad para con él. Y de paso, la charla se hacía así mucho más amena y gratificante. Ni el ruidoso escándalo de unos niños maleducados presentes en la sala pudo estropearnos la velada.


viernes, 20 de enero de 2017

“xXx: Reactivado” (2017) D.J. Caruso



Sinopsis: el Agente al servicio del Gobierno Xander Cage (Vin Diesel), vuelve de su exilio autoimpuesto para enfrentarse al letal guerrero alfa Xiang y sus secuaces, en una lucha a muerte por recuperar la Caja de Pandora, un arma secreta y letal que aparentemente nadie puede detener.
Tras reclutar a un nuevo grupo de amantes de las emociones fuertes y adictos a la adrenalina, Xander se ve implicado en una conspiración implacable que saca a la luz un complot en las más altas esferas de los gobiernos mundiales.

Comentario: hay dos, o más bien tres, películas clave que impulsaron la carrera de Vin Diesel, tras unos discretos comienzos en papeles secundarios. Una de ellas fue, sin lugar a dudas, “Fast & Furious”, refrito de “Point Break” ubicado en el mundo de las carreras ilegales, y cuyo éxito le catapultó a la fama. La otra, aunque en menor medida tratándose de una serie B, fue “Pitch Black”, anterior al film de Cohen pero que sirvió para descubrirnos un nuevo y carismático (anti)héroe de acción. Riddick, su protagonista, es, a día de hoy, con dos secuelas a sus espaldas y una tercera en camino, uno de sus personajes más emblemáticos.  

La otra película que otorgó caché al actor fue “xXx” (Triple X), una hipervitaminada variante de James Bond, mucho más testosterónica y agresiva que el elegante y sutil espía de Fleming. Su éxito en taquilla asentó a Diesel en el trono de Hollywood, convirtiéndole en el action-man de las nuevas generaciones junto al coetáneo Dwayne Johnson. Por desgracia, la alegría le duró poco, y una serie de decisiones le condujeron casi al exterminio. Y es que sus siguientes trabajos dejaron frío al público y no cumplieron para nada las expectativas de los estudios.  

Diesel, que no quería encasillarse demasiado pronto, declinó participar en las continuaciones de “Fast & Furious” y “xXx”, sagas que terminaron siguiendo su curso sin él, si bien con desiguales resultados. Al que igual hicieron antes otros héroes de acción como Schwarzenegger o Stallone, tanteó también la comedia familiar (The Pacifier), y el resultado fue calamitoso. Después de esto, y decidido a que le tomaran en serio como actor, trató de dar un giro radical a su carrera con un papel cómico-dramático (Find Me Guilty) que, si bien apreciado por la crítica, acabó pasando desapercibido para el gran público, lo que sumado al fracaso en taquilla de otro infame blockbuster posterior (Babylon), dejaría a al actor tocado y semihundido. ¿Y qué hizo, entonces? Pues apostar por lo seguro y retomar a su Dominic Toretto, ejerciendo labores de productor para tener el control deseado y relanzar la franquicia con aires “renovados”. De eso hace ya unos cuantos años, y la saga anda ya por su octava entrega. Diana y primer premio.

Pero como no sólo volvió Toretto, sino también Riddick, era cuestión de tiempo que Xander Cage hiciera lo propio. Al fin y al cabo, la pasta es la pasta, y ya que su “cazador de brujas” no ofreció tampoco los resultados esperados, nada mejor que regresar a terreno conocido.

Y os preguntaréis: ¿pero Xander Cage no estaba muerto? No, estaba de parranda. O para ser más exactos, oculto y pegándose la vida padre haciendo la vuelta al mundo, como Willy Fog. Pero todo se le acaba cuando la NSA le encuentra y le insta a reincorporarse al programa “Triple X” para encomendarle una misión de vital importancia: ¡salvar al mundo! ¡Otra vez!


Así pues, tenemos nuevamente a Xander Cage -X para los amigos- en acción. Y eso significa que los malos van a pillar, que los buenos van triunfar por todo lo alto y que él se va a ligar a la buenorra de turno con su sonrisa burlona, sus frases lapidarias y su hortera abrigo de pieles. Todo eso acompañado esta vez por un puñado de descerebrados.  A saber: un grandullón pirado y kamikaze (lo segundo mejor de la película), una atractiva francotiradora de ojos azules y un Dj fiestero (sic). ¿Cómo? ¿Para qué demonios recluta/necesita Cage a un Dj? Ni idea, pero es su coleguilla, y en el guión ponía que debían ser tres, así de vez en cuando le dan una pistola y también se lía a tiros contra los malotes (todo ellos, por supuesto, con tan mala puntería que harían las delicias de un feriante en su puesto de tiro al blanco).

Lo cierto es que la película ya empieza mal, abriendo con un cameo en modo “estrella invitada” ridículo y metido con calzador, para único y exclusivo regocijo de la chavalada futbolera. A partir de ahí, la cosa sólo puede ir a peor. Y así se confirma.

Aunque haya que reconocer que la primera xXx tenía sus fantasmadas, como toda cinta de acción que se precie, aquellas eran puntuales y más o menos bien repartidas a lo largo del metraje, perdiendo un poco el norte tan solo hacia el tramo final. Aquí, sin embargo, las flipadas son constantes; una detrás de otra, por lo que acaban agotando no sólo por exageración sino también por acumulación. Si a esto le sumamos que la trama es patosa, que la burócrata que reemplaza a Gibbons/Samuel L. Jackson es puro cliché, y que hay que seguir soportando la música reguetonera impuesta por el amigo Diesel, lo cierto es que la hora y tres cuartos de película se hace bastante larga y pesada. Tan sólo ayuda a pasar mejor el rato las risas que uno se echa a su costa (siempre es mejor reírse que echarse a llorar), y las hostias y acrobacias de Donnie Yen (lo primero mejor de la película). Bueno, y a ratos las de Tony Jaa, que aquí luce teñido de rubio piolín y, aparte de piruetas, le da también por hacer ruidos y gestos extraños... 

Diesel ha convertido a su solitario Xander Cage en un pseudo Dominic Toretto, con colgante quinqui y música poligonera incluidos. Por desgracia, aquí los chascarrillos son del todo a cien y las escenas de acción producen, en su mayoría, vergüenza ajena. Algún momento memorable, como la secuencia de “la patata caliente” y, como ya digo, la presencia del maestro Yen, hacen más soportable el visionado de la clásica cinta de acción que da mala fama al género y otorga motivos más que de sobra para que la crítica más sesuda y los gafapastas de turno lo vapuleen sin miramientos. Pero no nos engañemos, la culpa no la tiene el género, sino  de quienes últimamente lo representan: cintas de acción que rebasan la fina línea que separa lo descerebrado de lo rematadamente estúpido. 

De todos modos, si estás en la edad del pavo, tú mayor ídolo es un futbolista y tu lista de canciones favoritas de Spotify la conforman Don Omar, Nikky Jam y demás criminales de la música, quizás ésta sí sea tu película. En caso contrario, recomiendo alejarse de ella como alma que lleva el Diablo.



VALORACIÓN PERSONAL: