domingo, 16 de julio de 2017

“La guerra del planeta de los simios” (2017) – Matt Reeves



Sinopsis oficial: César y sus monos son forzados a encarar un conflicto mortal contra un ejército de humanos liderado por un brutal coronel. Después de sufrir pérdidas enormes, César lucha con sus instintos más oscuros en una búsqueda por vengar a su especie. Cuando finalmente se encuentren, César y el Coronel protagonizarán una batalla que pondrá en juego el futuro de ambas especies y el del mismo planeta. 

Comentario:
Un cierre a la altura. La guinda del pastel de lo que ha venido a ser uno de los mejores reboots (terreno abonado de auténticos fiascos y/o decepciones) del cine comercial reciente. La resurrección a la gran pantalla de los simios de Pierre Boulle ha culminado en un punto y final épico y emotivo. Un digno desenlace que pone punto y final a la trilogía de los simios. Una trilogía para enmarcar.
Por lo pronto, cada uno de nosotros, o al menos los que hemos disfrutado de las tres entregas, tenderemos a elegir nuestra favorita. Una elección muy personal y, hasta cierto punto, difícil de argumentar, ya que el nivel de calidad ha sido bastante equitativo. Los matices emocionales no han menguado ni mucho menos, pese a lo que se podría pensar si tenemos en cuenta que ésta última aumenta, considerablemente, la cuota de pirotecnia. Algo por otra parte tan inevitable como legítimo. Y es que la guerra entre ambas razas se encuentra en su momento más decisivo. El vencedor será quién merezca reclamar el planeta, dejando a la otra especie en los albores de la extinción.

La humanización o, dicho de otro modo, la civilización de los simios ha ido en aumento progresivamente, al tiempo que los humanos se han ido convirtiendo en auténticos salvajes. ¿O quizás nunca dejaron de serlo?

La lucha de César ha sido siempre la misma: proteger a los suyos. Matar, si fuera necesario, para sobrevivir, pero mostrándose siempre magnánimo y  clemente. Nunca matar por matar. Nunca atacar por atacar, sino defenderse de los ataques.  César nunca ha buscado la guerra, sino todo lo contrario: se ha esforzado por alcanzar una convivencia pacífica entre las dos especies. Pero la guerra le ha perseguido hasta la puerta de su casa, y sólo él podía ponerle fin, de un modo u otro.

Su interacción con los humanos, no obstante, no ha sido siempre negativa o motivo de disputa. Desde su padre adoptivo humano (James Franco en la primera entrega), César ha tenido una relación especial y muy cercana a los humanos. En cada entrega, esa confraternización se ha ido mostrando a través de distintos personajes. En esta ocasión, se trata de una niña humana que aparece en el que probablemente sea el peor momento de su existencia como simio inteligente. Una relación que empieza distante, pero que poco a poco les va acercando ante la presencia de un enemigo común: el Coronel encarnado formidablemente por Woody Harrelson. Un individuo al que tampoco podemos considerar un simple villano al uso, como no lo fuera tampoco el personaje de Gary Oldman en su antecesora.

Como en todas las guerras, hay buenas personas y malas personas; personas con corazón y personas realmente malvadas. Pero no siempre es fácil discernir entre un bando bueno y un bando malo. Aquí ocurre algo parecido, aunque es de recibo que el espectador simpatice por defecto con los simios.


Aquí, tanto humanos como simios lo han pasado mal. Ha habido pérdidas por ambos lados. La historia empezó con un experimento fallido que se volvió en contra de los humanos, provocando su casi total aniquilación y convirtiendo el resultado de ese error en un enemigo al que combatir en una lucha despiadada por la supervivencia. Los simios inteligentes son producto de la arrogancia del ser humano y, en cierto sentido, son también su reflejo.  

Cuanto más civilizados se vuelven los simios, menos diferencias existen entre ambos. De hecho, están condenados a repetir sus mismos errores como ya vimos en el clásico indiscutible de Charlton Heston. Los simios serán los nuevos pobladores del planeta, la especie dominante, los amos y señores que, en su arrogancia heredada, no serán tampoco mejores que sus predecesores. Pero eso ya es otra historia, y sería avanzar acontecimientos.

Lo interesante aquí es, además de asistir a la explosiva y dramática resolución del conflicto originado en “El origen del planeta de los simios”, comprobar el modo en el que las piezas comienzan a encajar para que esta saga, concebida como precuela, se conecte directamente con el ya lejano film de 1968 (la nueva mutación del virus, el segundo hijo -Cornelius- de César, etc.). Amén de asistir nuevamente al extraordinario trabajo actoral (sí, actoral) de Andy Serkis como líder de los simios. Una labor que todavía no goza del reconocimiento que se merece. 

¿Por qué sí se valora al intérprete cuando le cubre un maquillaje real (protésis, máscara…) y no cuando se recurre al tratamiento digital? En ambos casos, existe una interpretación REAL detrás de todo ese maquillaje, sea éste físico o no. Sin Serkis no hay César, por mucho CGI que se precie. Él es César. El CGI ni le ayuda ni le suplanta, sino que completa su actuación. Así que esperemos que algún día los obtusos académicos se quiten la venda de los ojos y aprecien un trabajo que, a día de hoy, se ha vuelto imprescindible.


VALORACIÓN PERSONAL 
 

domingo, 9 de julio de 2017

“Baby Driver” (2017) - Edgar Wright


Sinopsis oficial: Baby (Ansel Elgort), un joven y talentoso conductor especializado en fugas, depende del ritmo de su banda sonora personal para ser el mejor en lo suyo. Cuando conoce a la chica de sus sueños (Lily James), Baby ve una oportunidad de abandonar su vida criminal y realizar una huida limpia. Pero después de ser forzado a trabajar para un jefe de una banda criminal (Kevin Spacey), deberá dar la cara cuando un golpe malogrado amenaza su vida, su amor y su libertad. 

Comentario:
La forzosa salida de Edgar Wright de “Ant-Man” fue un enorme bajón para todos, y no quiero ni imaginar lo que supuso para el cineasta, quien llevaba mucho tiempo implicado en el proyecto. Pero como se suele decir, cuando una puerta se cierra, otra se abre, y Wright acabó poniéndose manos a la obra con una idea que llevaba tiempo rondándole la cabeza: rodar una cinta de acción con persecuciones automovilísticas en la que la música fuera un componente clave. Y “Baby Driver” es el brillante resultado de esa idea.

La combinación de la música y la acción está calculada al milímetro. La precisión con la que ejecuta Wright estas trepidantes persecuciones al ritmo de las canciones que Baby, el habilidoso conductor al volante, escucha mientras conduce, es simple y llanamente espectacular. Pero no sólo las persecuciones funcionan al ritmo del compás de la música, sino también muchas otras escenas, logrando que los sonidos y las imágenes funcionen a la par, se fusionen y conformen una mezcla indivisible y fascinante.

La cinta es casi como un gran videoclip de poco menos de dos hora en el que se nos relata de la historia de un joven fuera de serie sobre las cuatro ruedas que, no obstante, no deja de ser un chico ingenuo y vulnerable. Aunque Baby sabe que lo que hace está mal, en cierto modo lo disfruta. Es su modo de vida, a pesar que no la haya elegido él. Sabe que tarde o temprano llegará el momento en el que pueda abandonar la senda del crimen. Pero salirse no es tan fácil, y las cosas se complican todavía más cuando conoce al amor de su vida.

 
Y es que “Baby Driver” es también una historia de amor. Probablemente algo irreal (o dicho de otro modo, “muy peliculera”), pero irresistiblemente cautivadora. Aunque más o menos sepamos de antemano como van a desarrollarse los acontecimientos dentro del entorno criminal creado alrededor del “chico conoce chica”, Wright se guarda un par de ases en la manga. Por un lado, rompiendo la previsibilidad de los eventos para con algunos de los personajes prototipo que emplea en la trama. De este modo, sus acciones llegan a sorprendernos y a dar un pequeño giro de guión tan inesperado como agradecido. 

Por otro lado, el final. Obviamente, no voy a desvelarlo aquí, pero sí diré que Wright evita caer en el desenlace excesivamente idílico, apostando por echarle unas gotas de realismo al asunto sin por ello sacrificar su encanto. Probablemente, incluso mejorándolo y haciéndolo algo más creíble.

“Baby Driver” se postula como una de las películas del verano. Refrescante, atrevida, imaginativa y repleta de ritmo. Con un personaje protagonista carismático, unos secundarios de lujo y un director/guionista que pisa a fondo el acelerador para dejarnos embelesados en la butaca. 


VALORACIÓN PERSONAL 
 

domingo, 25 de junio de 2017

“Wonder Woman” (2017) - Patty Jenkins


Sinopsis oficial: Antes de ser Wonder Woman era Diana, princesa de las Amazonas. Se crio en una recóndita isla paradisíaca, donde se entrenó para ser una guerrera invencible. Pero cuando un piloto estadounidense sufre un accidente frente a la costa de su isla y le habla de un enorme conflicto que sacude el mundo exterior, Diana abandona su hogar, convencida de que puede detener la amenaza. Mientras lucha junto a hombres en la guerra que acabará con todas las guerras, Diana descubrirá todo su potencial y su verdadero destino.

Comentario:
Desde que Marvel empezó a construir su particular universo cinematográfico, ese en el que todos sus personajes están conectados, en DC han intentado hacer lo propio con más torpeza que acierto. Quizás el mayor problema de todos haya sido ir con prisas; querer lograr en la mitad de tiempo lo que otro estudio ha logrado pasito a pasito con los años. Las ansias de contraatacar con su propia franquicia de personajes y repartirse su trozo de pastel les ha llevado por el mal camino. Y es que no se debe empezar nunca la casa por el tejado.

Aunque la taquilla siga acompañándoles (los nombres de Superman y Batman venden por sí solos), las críticas han sido, en su mayoría, poco halagüeñas. Y no sólo la crítica más sesuda, que ya sabemos que no les gusta nada, ha clavado sus garras en películas como “Batman v Superman” y “Escuadrón Suicida (el éxito de ésta sólo se puede entender por su atractiva campaña de marketing), sino que también el público se ha mostrado decepcionado y muy frustrado ante la desoladora estampa de insatisfacción que están dejando tras de sí sus producciones comiqueras.

Pero todo esto podría cambiar gracias a “Wonder Woman”. De hecho, ya lo ha hecho.

Estamos ante la primera película que cosecha críticas extraordinarias allá por donde se exhibe. Prensa y público están encantados con ella, lo cual tiene doble mérito no ya por ser una producción de DC/Warner (que no daba pie con bola desde la trilogía del Caballero Oscuro de Nolan), sino sobre todo por  tratarse de una superheroína. Y es que dentro de este subgénero, ellas no han tenido nunca demasiada fortuna. Ni en los primeros tanteos con “Supergirl” (que intentó aprovechar sin éxito el tirón de su primo Superman justo cuando éste ya atravesaba su peor momento) ni mucho menos en los últimos años, con despropósitos tales como “Catwoman”. 

Puede que la clave esté en que esta vez en la silla de director se ha sentado una mujer. O puede que no tenga nada que ver… Al fin y al cabo, también hay hombres directores que han sabido lanzar al estrellato películas con personajes femeninos que han terminado convirtiéndose en iconos del cine fantástico. Pensemos, por ejemplo, en Ellen Ripley o Sarah Connor. Por contra, si indagamos un poco más, veremos que “Punisher: War Zone” estuvo dirigida por una mujer, y aunque no le faltó violencia (algo que demandaba el público desde el principio), no logró el beneplácito de nadie ni se libró tampoco de ser un auténtico fiasco financiero.

En cualquier caso, y ante el monopolio de testosterona que inunda el género, es innegable que la incursión de Patty Jenkins ha supuesto un soplo de aire fresco muy  beneficioso y que bien podría sentar un precedente de cara a próximas adaptaciones. Quizás el cambio no llegue a tiempo para “Justice League”, que aunque su finalización recaiga ahora en manos de Joss Whedon (artífice de Los Vengadores), la autoría le sigue perteneciendo al temible Zack Snyder. Pero con suerte, quizás las futuras Aquaman y Flash sí sigan la buena senda marcada por Wonder Woman y disfrutemos de un buen y sano espectáculo. Porque la Wonder Woman de Gal Gadot y Patty Jenkins lo es, y mucho.

No sé si será por la época y el contexto bélico, o por tener una protagonista de corazón tan puro, pero lo cierto es que “Wonder Woman” (a partir de ahora WW) recuerda y bastante a la primera entrega de “Capitán América”. De cara a la eterna lucha entre el bien y el mal, no hay mucha diferencia en si se trata de la Primera o de la Segunda Guerra Mundial. En ambos casos tenemos a los alemanes buscando el arma definitiva para ganar la guerra y a los aliados valiéndose de un/a inesperado/a héroe/heroína con superpoderes para hacerles frente en el campo de batalla. Además, la bondad inquebrantable y altruista de Diana y Steve Rogers son parejas. Ambos parecen sacados del mismo molde, aunque sus orígenes sean muy distintos.

 
A diferencia de las megalómanas pretensiones y la seriedad épica mal entendida que exhiben las películas de Snyder, WW es mucho más honesta con el público, entregando un espectáculo en el que prima no sólo la acción y la espectacularidad de sus efectos especiales (que hacen mayor acto de presencia –sin llegar a abrumar- en el tercer acto) sino también los personajes. El cuidado tratamiento que recibe, desde el guión, la pareja protagonista formada por Diana y Steve (Trevor, no Rogers), así como la satisfactoria química entre los intérpretes, hace que el espectador empatice rápidamente con ellos y con la historia. También hay un especial mimo para con los personajes secundarios, quienes forman parte indispensable de un engranaje que, si funciona, es porque cada pieza está engrasada y colocada en su debido lugar.

La contienda bélica en el marco de la IGM se suaviza, como es obvio, pero en ningún momento se enmascara. De hecho, es el leitmotiv de la película.

Las guerras son algo terrible y deleznable; en ellas mueren centenares, miles de personas. Mueren soldados y civiles; mueren hombres, mujeres y niños. La naturaleza del hombre parece estar ligada a ellas. Ya sea por religión, por ideología política o por riqueza, siempre habrá algo por lo que unos y otros se peleen. No se trata de mera supervivencia, como en el reino animal, sino de egoísmo.

Diana es un personaje puro e inocente en un mundo cruel que no logra comprender. Pero entre tanta maldad que la rodea, su compañero de viaje consigue mostrarle uno de los mayores tesoros de la vida, algo por lo que merece la pena luchar: el amor. Este amor se puede entender no sólo como amor a la pareja o a otros seres queridos, sino como amor al prójimo. Amor en el sentido más extenso de la palabra.

De este modo, WW atesora su corazoncito y nos emociona cuando toca, del mismo modo que nos saca una sonrisa con sus ligeros y simpáticos toques de humor. Son dos pilares que aquí funcionan de maravilla. 

Al fin el estudio ha entendido que no todo son fuegos artificiales. 

Cierto que las escenas de acción a cámara lenta son muy Snyder, pero no llegan nunca a saturar. Y los VFX, aunque no siempre estén a un alto nivel (hay secuencias que se podrían pulir un poco), logran su objetivo. Pero la clave de todo está en el equilibrio. Equilibrio entre trama, personajes y pirotecnia.


VALORACIÓN PERSONAL

viernes, 12 de mayo de 2017

“Alien: Covenant” (2017) – Ridley Scott



Sinopsis: Rumbo a un remoto planeta al otro lado de la galaxia, la tripulación de la nave colonial Covenant descubre lo que creen que es un paraíso inexplorado, pero resulta tratarse de un mundo oscuro y hostil cuyo único habitante es un “sintético” llamado David (Michael Fassbender), superviviente de la malograda expedición de Prometheus... 

Comentario:
He de reconocer que la primera vez que vi Prometheus no aprecié -o no quise apreciar- todos sus defectos, y otros tantos los dejé pasar sin más. Supongo que el fan de Alien que hay en mí hizo la vista gorda y se dejó llevar por las expectativas de volver a disfrutar de naves espaciales y alienígenas revientapechos de la mano del señor Ridley Scott. Pero seamos honestos, ni los más indulgentes podemos obviar que la película no aguanta un segundo asalto.

Scott nos llevó de nuevo al universo alien para explicarnos los orígenes de los xenoformos (cosa que ni hacía falta ni nadie pidió) a través de un pedante discurso filosófico y pseudoexistencialista muy de baratillo y que para nada encajaba con la saga. Para colmo, en su condición de horror survival espacial, la cinta se mostraba falta de ideas y sorpresivamente torpe, debido en parte a la estupidez supina de unos personajes (los humanos) escritos sin pies ni cabeza. Tan sólo el androide interpretado por Michael Fassbender resultaba mínimamente coherente. Ni que decir que éste era lo único rescatable del ambicioso y pretencioso fiasco de Scott.

Quizás por ello, Fassbender no sólo es el único que repite en esta continuación, sino que además lo hace por partida doble. Si bien lo que nos tiene preparado el guionista con respecto a los dos sintéticos es algo que, por desgracia, se ve venir a leguas desde su primer encuentro. 

En cuanto al resto de la tripulación, decir que la de la Covenant es, en parte, algo más rescatable que la de la Prometheus, aunque se paseen por un planeta desconocido como el que se va a dar una vuelta por el campo, o que se salten a la torera todos los posibles protocolos de emergencia una vez que empiezan los problemas. 

En cualquier caso, personajes como el de Daniels (Katherine Waterston) tienen bastante más enjundia que el de la Dra. Shaw y cía, y aunque la ausencia de Ripley siga siendo el gran vacío que Scott no va a poder llenar jamás, por lo menos esta vez nos preocupamos un poco más por su supervivencia. Además, como en el caso de “Prometheus”, los más catetos son de los primeros en diñarla, cosa que se agradece.


 Es evidente que Scott ha procurado recuperar buena parte de la esencia “slasher” de la cinta original, aumentando considerablemente las dosis de violencia y gore (en compensación de la absoluta falta de suspense), e incluso permitiéndose algún que otro desnudo gratuito cual gamberra serie B italiana. Sin embargo, esto sigue teniendo en su adn tanto o más de su predecesora (Prometheus) como de la saga madre, por lo que el resultado es una mezcla de ambas que no termina de cuajar. 

Por un lado, tenemos a David, con su narcisismo y su complejo de Mesías elevado a la máxima potencia, mediante el cual Scott sigue soltando su discurso sobre Dioses, la creación y demás zarandajas que, simple y llanamente, nos traen sin cuidado, cuando no directamente estorban. Por el otro, el intento de survival es, a estas alturas, un más de lo mismo escuetamente satisfactorio. Hay facehugger, hay pechos que revientan, hay xenoformos con malas pulgas, y sobre todo hay sangre y explosiones por doquier, pero no deja de ser todo una amalgama de algo que ya hemos visto en anteriores (y mejores) ocasiones. Scott nos entrega lo de siempre, esperando que la potencia de los efectos visuales de hoy en día supla la falta de emoción y tensión imperantes. Con todo, no se puede negar que las dos horas se pasan volando, y que en el apartado técnico Scott sigue mostrándose impecable (¡faltaría más!). 

Los que reclamaban mayor presencia del xenoformo probablemente quedarán contentos con el resultado de un filme que se limita a cumplir con el trámite de seguir sacando tajada de una idea que tiene ya sobre sus espaldas 38 años. Una idea que Scott parece empeñado en seguir exprimiendo hasta que no quede ni gota. 


VALORACIÓNPERSONAL