domingo, 6 de julio de 2014

Cryptshow Festival - Clase magistral con Colin Arthur



6 de Julio de 2014. Es domingo por la mañana, y el último día del Cryptshow Festival 2014*, que cierra su edición de este año con un invitado muy especial: el maestro de los efectos especiales Colin Arthur.

Con él hemos compartido los asistentes dos horas de nuestra vida en una divertida y sobre todo didáctica master class que nos ha demostrado lo cercano que es como persona, y el amor que sienten profesionales como él hacia el trabajo que realizan. Un trabajo, el de los efectos especiales, que no será jamás suficientemente valorado.

Colin Arthur, que ha trabajado en películas tan míticas como “2001: una odisea en el espacio” (las máscaras de los simios fueron obra suya), “La historia interminable” o “Conan el bárbaro”, es uno de esos admirables supervivientes a la era digital. Desde su estudio ubicado en Madrid, Dream Factory, Colin y su equipo de especialistas sigue trayendo al mundo todo tipo de criaturas fantásticas, y haciendo físicamente posible lo imposible y lo inimaginable.

Tras la irrupción de los efectos generados por ordenador, las viejas técnicas han quedado relegadas a un segundo plano, lo cual resulta entristecedor habida cuenta no sólo de que pueden convivir una con otra, sino que en realidad así DEBERÍA ser, pues se necesitan mutuamente. Siempre habrá cosas que un ordenador haga mejor y probablemente más rápido que, por ejemplo, un animatrónico, pero habrá ocasiones en las que suceda justamente lo contrario. Y Colin Arthur es la viva prueba de ello.

A lo largo de estas dos horas que se nos han hecho demasiado cortas, Colin nos ha contado  anécdotas de su trabajo, y nos ha brindado detalladas explicaciones técnicas de sus creaciones, descubriéndonos desde dentro el mundillo del maquillaje y los efectos especiales artesanales (responsables éstos de buena parte de la magia del cine con la que muchos hemos crecido y nutrido como amantes del séptimo arte). Pero sobre todo, ha logrado transmitirnos su devoción por el látex, la gomaespuma y los circuitos eléctricos que conforman la base de su arte, reafirmando en nosotros el cariño y respeto que sentimos hacia su estimable obra y la de muchos de sus semejantes.

Aunque a día de hoy la presencia de este tipo de efectos haya disminuido notablemente en favor del CGI, no ya en el cine sino también en otros ámbitos como la publicidad, no cabe duda de que todavía son necesarios, por no decir indispensables. Y algunos de los últimos trabajos publicitarios de Colin así lo atestiguan. Sirva de ejemplo un spot para una compañía de telefonía móvil portuguesa para el que hubo que recrear a escala real una enorme ballena.

Y no es ese el único mamífero de gran tamaño que Colin y su equipo han tenido que elaborar para el sector publicitario (allá por el 98 crearon un rinoceronte que se mostraba especialmente cariñoso con una Renault Kangoo).

Pero uno de los momentos culminantes y más entrañables de la charla ha llegado cuando Colin nos ha mostrado algunas valiosas piezas de su colección privada; entre ellas un ejemplar original de la cabeza del come-piedras de “La historia interminable”, película con la que, como no podía ser de otra forma, el festival clausura su octava edición.

Durante la tanda de pregunta ha sido inevitable afrontar el eterno debate de “efectos artesanales vs efectos digitales”. Obviamente, Colin se ha mostrado afín a aquellos que ocupan su profesión, si bien reconoce que algunas películas como la reciente “Avatar” se han acercado bastante  a la hora de lograr transmitir el realismo que sólo algo que es real y tangible es capaz (llamémoslo “alma”, o como cada uno desee).

También ha quedado patente la escasa relación que tuvo con algunos de los directores con los que trabajó. Poco ha podido contarnos Colin sobre Stanley Kubrick o John Millius, con quienes tuvo un contacto reducido a lo estrictamente profesional, lo que de algún modo evidencia cuán alejados están a veces estos artistas de quiénes manejan el timón, pese a estar todos en el mismo barco. Y es que a estos “obreros de la magia del cine” no siempre se les brinda la importancia y reconocimiento que merecen. Ni tan siquiera dentro de la industria. Por suerte, para eso están los premios y, sobre todo, los festivales, marcos de incomparable valor que posibilitan el acercar a estos maestros del cine a aquellos a quienes su obra ha maravillado, y así poder transmitirles en vivo y en directo nuestra profunda admiración y nuestro más sincero y agradecimiento. Y es que eso, muchas veces, vale más que todos los premios del mundo juntos.


*Cryptshow Festival es un festival independiente que nace en 2007 en Sant Adrià del Besós, y que poco a poco ha ido creciendo y ganando adeptos. Un punto de encuentro para aficionados al fantástico y al terror que anualmente se congregan para asistir a la proyección de una variada selección de cortometrajes y películas, así como para disfrutar de sus distintas actividades (clases magistrales, conferencias, exposiciones, retrospectivas, etc.)

jueves, 26 de junio de 2014

Devoradores de cadáveres, del libro a la gran pantalla



Después del apabullante éxito que tuvo, en 1993, la adaptación cinematográfica de “Parque Jurásico”, Michael Crichton se convirtió en uno de los escritores más codiciados por la industria hollywoodiense. Y si bien en la década de los 70 ya se habían llevado al cine varias de sus novelas (algunas, como “El gran robo del tren”, dirigidas por él mismo), fue durante los 90 cuando su obra obtuvo un mayor reconocimiento reviviendo buena parte de la misma en el celuloide. Hasta un total de ocho de sus libros fueron adaptados a la gran pantalla entre 1993 y 1999, con resultados obviamente dispares (tanto en calidad como en recorrido comercial), pero siempre despertando un gran interés a su alrededor.

La última de esas novelas en ser adaptada fue “Devoradores de cadáveres”, que para tales menesteres fue bautizada bajo el título de “The 13th Warrior” (en España: “El guerrero nº13”) en honor al protagonista y narrador del relato.

El encargado de trasladar las aventuras de unos valientes y fieros vikingos enfrentados a un misterioso y maligno enemigo fue John McTiernan, todo un experto -y genuino artesano- en el cine de acción. McTiernan venía de rodar la última (y soberbia) entrega de la Jungla de Cristal, que supuso otro taquillazo en su carrera. En vista de eso y de su más que meritorio currículum, no cabe duda que para el estudio se trataba de una apuesta  segura. Y de hecho, a título personal, considero que así fue, aunque cueste discernir cuánto permaneció de McTiernan y cuánto añadió Crichton en una película que fue víctima de varios re-rodajes y re-ediciones hasta alcanzar el corte final.

Económicamente hablando ya es harina de otro costal, pues tras su decepcionante estreno en cines adquirió el dudoso honor de ser considerada como uno de los mayores fracasos taquilleros de los 90. Y quizás uno de los motivos de ese fracaso se debiera, en parte, a la mala prensa ocasionada por los negativos test-screenings que obtuvo el corte inicial del filme.


 La escasa aceptación en los pases previos indujo a Crichton a ocupar la silla de director y hacerse cargo de la re-edición de la película, añadiendo entre otras cosas un nuevo final y sustituyendo la banda sonora original compuesta por Graeme Revell por la -todo sea dicho, magnífica- partitura de Jerry Goldsmith, habitual colaborador en la filmografía del escritor/director californiano.

Estos cambios ocasionaron, cómo no, gastos adicionales en la post-producción y promoción del filme, originalmente presupuestado en 85 millones para terminar costando, según fuentes consultadas, unos 160. En consecuencia, hubo que prorrogar también su estreno en salas, no viendo la luz hasta dos años después de comenzar su producción en verano de 1997.

¿Cuán significativa fue la aportación (sin acreditar) de Crichton para con el resultado final de la película? Probablemente nunca obtengamos respuesta a esa pregunta. Durante un tiempo se llegó a lucubrar sobre la posible existencia  de un director’s cut, pero tal versión no ha existido nunca ni parece que vaya a existir jamás.

Por ese mismo motivo tampoco sabremos qué motivó el descontento del autor respecto al trabajo hecho por McTiernan. Lo que sí podemos hacer es, con el filme resultante en las manos, tratar de discernir las diferencias entre el libro y su adaptación. Diferencias que en realidad no son tantas o por lo menos no demasiado alarmantes.

Ya sea por la mano de McTiernan o por la de Crichton, hay que señalar que “El guerrero nª13” es, a grandes rasgos, bastante fiel a la novela que adapta. Es cierto que hay algún que otro cambio importante al respecto, pero esto es algo que sucede en toda adaptación, asumiendo que muchas de las licencias responden a decisiones creativas vinculadas exclusivamente al medio cinematográfico. Dicho de otro modo, y por el bien de la narración y del filme resultante,  la mayoría de veces resulta inevitable tomarse ciertas libertades. Los guionistas de la película así lo hicieron, y algunos de estos cambios son, en mi opinión, en beneficio del relato. Sirva de ejemplo, para empezar, el hecho de prescindir de traductor.


En la novela, nuestro protagonista, el árabe lbn –Fadlan, no entiende ni papa del idioma nórdico, como es lógico, por lo que necesita de alguien entre sus acompañantes que le traduzca lo que se habla a su alrededor, y que al mismo tiempo traduzca también sus palabras al resto del grupo. Esa función la realiza Herger (Dennis Storhøi en la película), nórdico con quién lbn –Fadlan entabla cierta amistad. Ambos personajes dialogan con frecuencia, a menudo siendo sus diálogos una ristra de preguntas-respuestas en las que Crichton evidencia el choque cultural entre ambos. La desaprobación de las costumbres y creencias por parte de lbn –Fadlan sobre sus compañeros escandinavos es constante a lo largo del viaje, así como la mofa y burla de éstos hacia él por lo que consideran preguntas y comportamientos estúpidos por su parte. Ibn- Fadlan considera a los vikingos unos tontos (sentimiento recíproco) y, en cuestiones de higiene, unos puercos.

Esto se resuelve en la película rápidamente haciendo que lbn –Fadlan, encarnado por Antonio Banderas, aprenda el idioma en cuestión de días (apenas unos minutos reales en pantalla) observando concienzudamente a los nórdicos. Así, los guionistas se cargan de un plumazo las funciones de Herger como traductor para agilizar el relato, ya que de otro modo hubiera ralentizado demasiado la narración, amén de resultar su uso cansino y repetitivo. Cierto es que resulta un poco increíble que el protagonista aprenda la lengua nórdica tan fácilmente, pero es una licencia artística que podemos llegar a perdonar.

Lo que no es tan perdonable es que por el camino se pierda bastante información acerca del análisis que Crichton plasma sobre las costumbres del pueblo escandinavo. Hay que hacer constar que el escritor se nutre del manuscrito que el cronista y viajero musulmán Ibn-Fadlan escribió hace más de mil años sobre sus experiencias y observaciones conviviendo con los vikingos del Volga. Se trata del relato testimonial más antiguo que se conoce sobre la vida y la sociedad de estas gentes del norte de Europa. Poco de este conocimiento se observa en la cinta, más allá de alguna que otra costumbre sobre su aseo o sobre el entierro de sus muertos (algo por lo que se pasa muy de puntillas). Se omiten también otros muchos detalles, como por ejemplo la actitud de aquellos hombres con respecto al sexo opuesto. Detalles, todos ellos, sacrificados en beneficio de la acción, ni más ni menos.

Pero tampoco es que el relato de Crichton sea la panacea en cuanto a rigor histórico, siendo éste bastante criticado por expertos tanto por la errónea representación de los wendol como Hombres de Neanderthal (que ni eran antropófagos ni se tiene constancia de que sobrevivieran a la última edad de hielo), como por la descripción incorrecta del rito funerario vikingo. Así que dicho esto, la ausencia de estos detalles representan un mal menor, al tiempo que se agradece que al menos McTiernan nos ahorre algunos de los tópicos que el cine ha inventado acerca de estos guerreros (ergo, ni rastro de cascos de prominentes cuernos).


Otra diferencia significativa entre libro y película atañe al carácter de lbn –Fadlan, quién en el filme es interpretado por Banderas como un diestro y valiente guerrero (aunque participe en la misión a desgana y en contra de su voluntad), mientras que en la novela es un hombre cobarde que apenas se involucra en los enfrentamientos contra los temidos wendol. Este cambio es una clara concesión de cara al espectador, para que éste pueda simpatizar con el héroe protagonista, cosa harto difícil que ocurra leyendo la novela.

El resto de la trama acontece más o menos en la línea de los hechos narrados en el libro, acortando no obstante muchos de sus pasajes.

Para la epopeya en la que se involucra el grupo protagonista, Crichton tomó como fuente de inspiración la leyenda de Beowulf, sustituyendo al troll Grendel, el monstruo que amenaza al reino de Hrothgar, por los wendol, una tribu de salvajes caníbales (algo así como los últimos vestigios del Hombre Neanderthal). El propio Beowufl vendría a encarnarse en la figura de Buliwyf, el gran héroe vikingo, así como su encuentro contra el dragón se escenifica en la secuencia del ataque de los wendol a caballo con sus llameantes antorchas (uno de los momentos culminantes de la cinta).


Con todo, la película tiende más hacia el mero espectáculo de evasión que al estudio casi antropológico del que hace gala el libro, el cual, aún dentro de un marco de ficción histórica, apuesta más por el tono documentalista que por el folletín novelesco. Para mi sorpresa, la prosa de Crichton es aquí algo errática y se muestra escasamente adornada, o menos de lo que debería tratándose de un relato de reminiscencias sobrenaturales. Quizás por ese motivo, y a título personal, me estimule más la película, que por otro lado es una más que decente adaptación y una estupenda cinta de aventuras. Otro gallo cantaría si una historia como la de “Devoradores de cadáveres” estuviese narrada por alguien como Robert E. Howard. En ese hipotético e improbable (por no decir imposible) caso, probablemente preferiría el libro.

jueves, 5 de junio de 2014

“X-Men: Días del futuro pasado” (2014) - Bryan Singer


El estreno, tres años atrás, de la magnífica “X-Men: Primera generación” supuso todo un soplo de aire fresco para una franquicia, la de las mutantes, que tras tres entregas y un spin-off necesitaba renovarse urgentemente… o morir. Por supuesto, Fox no iba a dejar que lo segundo ocurriera, así que decidió darle a la saga un nuevo rumbo por medio de una opción muy socorrida: la precuela.

Matthew Vaughn, director de corta pero notable filmografía, fue el elegido para encargarse de esta renovación. Vaughn  supo otorgarle a la película la personalidad necesaria para desvincularse de lo anteriormente visto sin por ello renunciar a la esencia del universo mutante (además de cascarse secuencias y planazos de aúpa). Al toque sesentero casi bondiano de esta película de orígenes se le unía un reparto repleto de caras nuevas que tenían por difícil misión hacernos olvidar a McKellen, Stewart  y cía. Y lo consiguieron. ¡Vaya si lo consiguieron! James McAvoy y Michael Fassbender hicieron suyos los personajes de Charles Xavier y Magneto, respectivamente, y en esta última entrega, frente a sus homónimos, vuelven a demostrarlo.

Si “X-Men: Primera generación” nos contaba, entre otras cosas, cómo se conocieron Xavier y Magneto, y cómo llegaron a ser buenos amigos para, finalmente, declararse eternos enemigos. Pues bien, aquí vuelve a ponerse de manifiesto aquello que tanto les une y a la vez les separa: la supervivencia de los mutantes. Cada uno persigue su objetivo de forma distinta. Mientras uno, Xavier, prefiere seguir la vía del diálogo para convivir en paz y harmonía con el resto de los mortales; el otro, Erik, prefiere optar por la supremacía de su especie por encima de los humanos. Esta batalla, presente desde la primera “X-Men”, ha llevado a ambos bandos a la autodestrucción.

“X-Men: Días del futuro pasado” nos traslada a un futuro lleno de tinieblas; un mundo oscuro y devastado en el que tanto los mutantes como los humanos son especies en peligro de extinción. ¿Los culpables? Los Centinelas, unas máquinas letales creadas por los humanos con el fin de exterminar a la raza mutante, y que para desgracia de todos se han convertido en los amos y señores del planeta. Los pocos supervivientes mutantes que quedan en pie han decidido unir fuerzas, y capitaneados por Xavier y Magneto, afrontan el último recurso que les queda para evitar tan fatídico destino: viajar al pasado y cambiar el curso de la historia.

Singer vuelve a tomar las riendas de una franquicia que es suya por derecho propio (aunque la abandonara a su suerte para fracasar estrepitosamente con su fallida “Superman Returns”). Su regreso significa la unión de dos conceptos: el renovador iniciado por Vaughn en First Class y el continuista de la saga madre, de modo que convergen en un mismo espacio (aunque no físico) los Xavier y Magneto de McAvoy /Stewart y Fassbender/McKellen. A estos se les une el sempiterno Lobezno, personaje predilecto de Singer y alma mater de la saga desde sus inicios. Y es que aquí, el mutante de las afiladas garras de adamantium vuelve a cobrar importancia en la trama para servir de nexo de unión entre pasado y futuro y, en consecuencia, compartir protagonismo con los jóvenes Xavier y Magneto, dos personajes que se verán obligados a firmar una tregua con el fin de evitar un destino fatal. Pero, ¿puede el futuro ser cambiado?


No hay duda que uno de los puntos fuertes de esta última entrega es la espectacularidad de sus escenas de acción, y el buen hacer que tiene Singer para con los personajes, quienes siempre se nos muestran vulnerables a cuanto les rodea. Personajes de carne y hueso que, pese a su superioridad física, deben asumir conflictos personales y morales como todo humano vulgar que se precie.

Quizás empieza a ser algo cansino que, tras cuatro películas, se vuelva a recurrir a la dualidad de Magneto como contrapunto a la causa mutante. Es decir, el continuo vaivén de cambios de bando (ahora lucho con vosotros; ahora lucho contra vosotros) suena ya algo repetitivo. En la anterior entrega estaba más que justificado para tratar de explicarnos el porqué de la enemistad entre  ambos personajes, amén de que el verdadero villano era Sebastian Shaw, el personaje que interpretaba Kevin Bacon. Aquí, sin embargo, se obligan a dividir el cauce de la trama a tres bandas, con Magneto por un lado, Mística por el otro y Lobezno, Xavier y cía por una tercera vía. Contando que además de vez en cuando el relato salta del pasado al futuro para extremar la sensación  de “ir a contrarreloj” que justifica la premisa de la cinta, al final el batiburrillo de elementos tiende a la sobrecarga.

Sin embargo, Singer lo compensa con buenas dosis de acción cada vez más imposibles (a la secuencia del estadio me remito), y momentos de intensidad dramática en los que se pone de manifiesto el triunfo de ésta saga por encima de otras muchas películas de superhéroes: la calidad en el tratamiento de sus personajes principales (en detrimento de una aportación casi insignificante de los personajes secundarios, relegados siempre a una mínima presencia en pantalla, cuando no a simples cameos). Y es que por muy potentorra que sea la pirotecnia desplegada, lo cierto es que al igual que su predecesora, “X-Men: Días del futuro pasado” es una película que funciona de maravilla aun cuando no hay mamporros ni superpoderes en pantalla. Y ese dice mucho de ella. Le falta la elegancia visual de Vaughn para los planos, pero de cara a lo demás, Singer demuestra haberle tomado el pulso a la franquicia desde el principio y no haberlo perdido en su ausencia. Por el contrario, se echa de menos un acercamiento más exhaustivo de ese nefasto futuro tan atractivo visualmente. Pero a fin de cuentas, como continuación de First Class que es, los Magneto y Xavier originales quedan relegados a un segundo plano.


Es por ello que esta nueva entrega se muestra como una más que digna sucesora de esa especie de “reinicio” de franquicia que supuso “First Class”. Película aquella que, a gusto de un servidor, sigue siendo la mejor y más redonda de todas cuantas se han hecho hasta ahora dentro del universo mutante. Pero aún a su sombra, “X-Men: Días del futuro pasado” tiene algo nuevo y viejo que ofrecer al espectador: el poder empezar casi de cero con todo lo transcurrido a lo largo de las, ahora ya sí, cinco películas.

Y es que el viaje en el tiempo de Logan origina una serie de cambios importantes que afectarán considerablemente a las entregas venideras (y muy probablemente también a la propia saga de Lobezno en solitario). Estos cambios miran de corregir, de algún modo, los errores cometidos en el pasado (sobre todo en “X-Men: La decisión final”), y cuadrar un poco el pifostio cronológico en el que el estudio se ha ido embarrullando a cada película.


A partir de este momento, Singer y cía tienen carta blanca para hacer lo que les plazca, pudiendo explorar nuevos horizontes con los mismos personajes de siempre (y otros nuevos) y crear otra línea temporal divergente y a la vez paralela a la franquicia original. El futuro de los mutantes está en sus (buenas) manos.



Valoración personal:

viernes, 30 de mayo de 2014

“Al filo del mañana” (2014) - Doug Liman


Después de aparecer en películas potencialmente premiables como “Leones por corderos” o “Valkiria”, parece que al fin Tom Cruise ha abandonado sus infructuosas aspiraciones por alzarse con una estatuilla de la Academia (o cuanto menos añadir algunas nominaciones a su currículum). Y es que de un tiempo a esta parte, el bueno de Tom parece haberse entregado por completo a un tipo de cine cuyo mayor reconocimiento se encuentra en un lugar muy distinto: la taquilla.

Más dispuesto a granjearse una buena jubilación que a la posibilidad de recibir premios por sus interpretaciones, el actor se ha dejado ver, en estos últimos años, en producciones comerciales bien diversas. A su regreso a la reactivada saga de Misión Imposible hay que sumarle sus trabajos en cintas de acción como “Noche y día” o “Jack Reacher” (otra con visos a convertirse en franquicia), o en la ciencia-ficción (post-apocalíptica) de “Oblivion”. Perteneciente a éste último género nos llega ahora “Edge of Tomorrow”,  basada en un manga de Hiroshi Sakurazaka publicado a principios de este año: “All You Need Is Kill”. Aunque visto lo visto, lo más apropiado hubiese sido bautizarlo como “All You Need Is To Die”.

Y es que el resultado de esta adaptación a la gran pantalla es lo más parecido a mezclar en un coctelera a “Atrapado en el tiempo” (por su premisa temporal), “Salvar al Soldado Ryan” (por sus escenas bélicas), “Starship Troopers” (por el futurista look militar y la temática) y “Matrix” (por el parecido de los aliens con los Centinelas).


En un futuro próximo, la Tierra ha sido invadida por una letal raza extraterrestre cuyo avance  parece imparable. Para hacer frente al enemigo existen las Fuerzas Unidas de Defensa, unos comandos especiales equipados con la última tecnología militar. Ahí va a parar a modo de castigo nuestro protagonista, el Comandante William Cage (Cruise),  un oficial que nunca ha entrado en combate y al que obligan a participar en una misión suicida.

Cage fallece durante su primera incursión en el campo de batalla, pero es en el instante de su muerte  cuando se produce un fenómeno inexplicable: éste se despierta de nuevo justo en la víspera de la batalla. A partir de ese momento, Cage entrará en un bucle temporal en el que revivirá continuamente el fatídico día, combatiendo hasta la muerte y resucitando una y otra vez…

A cada batalla que libra, nuestra protagonista adquiere experiencia y se convierte en un soldado más hábil y eficaz. Sin embargo, eso no es suficiente para vencer al invasor, y necesita de la ayuda de Rita Vrataski (Emily Blunt), la soldado más valiosa del ejército, para derrotar definitivamente a los alienígenas.  

La presentación del personaje que encarna Cruise se aleja un poco de lo habitual, pues la primera impresión que nos causa es la de encontrarnos ante un cobarde chupatintas. Por supuesto, sabemos que esa postura miedica ante la idea de entrar en combate no va a durar mucho. A fin de cuentas, éste representa al héroe destinado a salvar a la humanidad. Es por eso que a lo largo de la película, mediante sus continuas reincidencias en el campo de batalla, su actitud irá cambiando y su posición respecto al conflicto irá adquiriendo un matiz más personal.

 

Con cada “reinicio”, Cage no sólo mejora sus habilidades en el combate sino que también toma consciencia de que, sin comerlo ni beberlo, se ha convertido en la última esperanza de la humanidad; en la pieza clave en la lucha contra los alienígenas. Pero el meollo de la cuestión no radica sólo en sus progresos como soldado sino en el cómo afronta esas situaciones una y otra vez. En cómo afronta los obstáculos y cómo las decisiones que toma se adaptan a los cambios que él mismo hace y deshace, o hace y rehace. Y quizás la peor condena de todas no sea, cuál Sísifo o Prometeo, la tortura de revivir el día de su muerte o verse obligado a morir cada vez para seguir avanzando hacia la victoria contra el enemigo, sino el hecho de recordar todo lo vivido y revivido mientras que el resto de personas a su alrededor lo vive todo de nuevo por primera vez.  Un detalle especialmente molesto de cara a ganarse el afecto de Rita, su única aliada en esta infernal pesadilla. Y es que mientras que él va pasando más tiempo con su compañera y conociéndola mejor, ésta en cambio se encuentra con él siempre en el mismo punto.

La relación inusual entre estos dos personajes y el buen aprovechamiento de una premisa que, sin ser del todo original, sí es muy atractiva, unido a los afortunados toques de humor (en ocasiones realmente hilarantes) y a la espectacularidad pirotécnica de turno, convierten a “Edge of Tomorrow” un gratificante entretenimiento.

Contiene elementos de muchas otras películas, algunas ya citadas en el encabezamiento de esta crítica, pero en última instancia, se convierte en una propuesta con suficiente  personalidad propia. Y quizás sea por sus viajes en el tiempo, por sus exotrajes  y su variopinto grupo de soldados a lo “Aliens”, o quizás sólo por la mera presencia de Bill Paxton, pero lo cierto es que se percibe cierto regustillo a lo James Cameron. Y eso, amigos, siempre es bueno.


Harto de ver cómo muchas películas con buenos argumentos se vienen  bajo en el transcurso de los minutos, da gusto comprobar cómo el nuevo y mejor film de Doug Liman desde “El caso Bourne” sabe mantener el tipo hasta el final.  El ritmo frenético, el carisma de Cruise y las potentes secuencias de acción son, junto a su juguetona trama, sus mejores armas contra el aburrimiento.


P.D.: Vale la pena destacar, amén del aspecto mecánico/pulposo de los alienígenas (bastante alejados del típico “bicho insecto/cucaracha” (cuando no, lagartija) con el que tan a menudo se representa a este tipo de monstruos), también esos ultramodernos trajes de combate que recuerdan al exo-esqueleto que lucía Matt Damon en “Elysium”. Aunque puestos a buscar referencias, quizás habría que señalar sus orígenes en la literatura de género, citando las novelas “Tropas del espacio” de Robert A. Heinlein y “La guerra interminable” de Joe Haldeman como principal fuente de inspiración.



Valoración personal: 

lunes, 12 de mayo de 2014

“Snowpiercer (Rompenieves)” (2013) - Bong Joon-ho


Hace algunos años sonaron las alarmas y todo el mundo hablaba de ello: el calentamiento global de nuestro amado planeta era una realidad que ya no podíamos seguir ignorando. ¿Los culpables? Nosotros, los seres humanos, con nuestras emisiones de gases contaminantes -producto de la quema de combustibles fósiles como el carbón, la gasolina o el petróleo- a la atmósfera.

Para algunos, este “cambio climático” debido a causas humanas  no son más que paparruchas; falacias alarmistas a las que no hay que hacer el menor caso. Sin embargo, el consenso científico es general, y se han propuesto algunas medidas para mitigar estos cambios de temperatura. Véase el Protocolo de Kyoto, un acuerdo internacional cuyo objetivo es estabilizar dicha concentración de gases. Claro que del compromiso al hecho hay un buen trecho, y no parece que estemos contribuyendo a una mejora significativa. 

Desde el pasado siglo, la concentración de los gases contaminantes ha aumentado un 30%, la temperatura ha aumentado aproximadamente 0,6°C , y el nivel del mar ha crecido de 10 a 12 centímetros. Los efectos pueden ser variados y nos afectan a todos: desde inundaciones a sequías, pasando por intensas olas de calor. Recientes estudios indican que es probable que la temperatura global de la superficie aumente entre 1,1 a 6,4 °C durante el siglo XXI. De seguir así, muchas especies animales (el oso polar, entre los más amenazados) y vegetales acabarían por extinguirse delante de nuestras narices.

No hay vuelta atrás ni existen milagros tecnológicos para paliar los efectos del cambio climático. ¿O sí?
La última película del surcoreano Bong Joon-ho (Memories of Murder, The Host) nos plantea un futuro en el que sí es posible, aunque para nuestra desgracia la solución se nos muestre afín al dicho de que “es peor el remedio que la enfermedad”.

 “Snowpiercer (Rompenieves)”, basada en la novela gráfica francesa “Le Transperceneige”, de Jacques Lob y Jean-Marc Rochette, nos sitúa en un futuro próximo en el que un fallido experimento para contrarrestar el calentamiento global ha provocado  una edad de hielo que ha acabado con casi toda la vida en la Tierra (en la línea de la reciente “The Colony”). Los últimos supervivientes habitan en el  'Snowpiercer', un tren enorme y en perpetuo movimiento que atraviesa el planeta de punta a punta a través de desiertos de hielo y nieve. En su interior, los residentes se amontonan en los vagones dividiéndose en un claro sistema de clases: los pobres, que malviven en la cola del tren pasando frío y hambre; y los privilegiados, que gozan de todas las comodidades en la parte delantera.

Tras años de represión y constante sufrimiento, emerge entre los habitantes de la cola un nuevo líder, Curtis (Chris Evans), dispuesto a cambiar el estado de las cosas iniciando una rebelión con el fin de apoderarse del tren.


Más allá de la temática ecológica subyacente, y dentro de un marco postapocalíptico ciertamente estridente y algo inverosímil, la película Bong Joon-ho pone sobre la mesa una clara denuncia a la división de clases, al totalitarismo y la represión ciudadana

Desde tiempos inmemoriales, en los que los primeros asentamientos entre seres humanos fueron constituyendo las primeras civilizaciones, fueron también apareciendo las divisiones entre clases sociales. En la división resultante es inevitable notar que al tiempo que unos están arriba de la pirámide, otros muchos se encuentran abajo. Arriba, los que someten; y abajo, los que son sometidos. Los que tienen poder y los que carecen de él…

La reducida comunidad alojada en el apocalíptico Snowpiercer constata el hecho de que para que unos gocen de privilegios, otros tantos tienen que sufrir su subyugo. Y ante la injusta opresión surge, como es de esperar, un sentimiento de rebelión. Sentimiento éste alojado profundamente en el alma de nuestro antihéroe protagonista, quién emprende un ardua gesta hacia libertad cuya meta le ha de llevar finalmente a la redención personal.

La eterna lucha de clases reducida a los estrechos y asfixiantes vagones de un tren ultramoderno como metáfora del mundo en el que vivimos. Un lugar en el que mientras unos disfrutan de las burbujeantes aguas de su jacuzzi  o saborean los más deliciosos y prohibitivos manjares, otros malviven sin tener apenas un trozo de pan que echarse a la boca ni agua corriente con la que asearse debidamente. Esos serían los extremos más claros aunque no siempre los más visibles ni tampoco los más abundantes, si bien entre uno y otro existen infinitos intermedios en los que se entremezclan miseria y riqueza a partes muy desiguales.

El último Capitán América cinematográfico, Chris Evans, vuelve a encarnar al heroico protagonista, sólo que esta vez se trata de un héroe muy diferente al que encarna en las superproducciones de Marvel. Su personaje, atormentado por la culpa, representa aquí el último resquicio de esperanza para un grupo de hombres, mujeres y niños desesperados y ansiosas por una vida mejor o, cuanto menos, más justa. Es tal la desesperación, tras tanto motín fallido, que Curtis/Evans no dudará en sacrificar lo que haga falta (y a quién haga falta) con tal de conseguir su objetivo. Ese egoísmo, unido a su inseguridad para con su posición de líder, así como ese sentimiento de culpa procedente de un pasado oscuro, hacen de él un antihéroe singular.
Evans lleva sobre sus hombros el peso de la cinta, demostrando como pocas veces sus dotes dramáticas, además de sus ya sobradamente conocidas dotes físicas. Pero no está solo, pues le acompaña un ilustre trupe de secundarios encabezada por el veterano John Hurt, el casi siempre desaprovechado Jamie Bell y ese gran intérprete surcoreano que es Song Kang-ho. Amén de sólidas actrices como Octavia Spencer o una Tilda Swinton extremadamente cargante (así lo exige su caricaturesco personaje). Y como guinda del pastel, un hombre en la sombra que, obviamente, no voy a desvelar.


Aún con su evidente mensaje por bandera, “Snowepiercer” no abandona su condición de filme de acción, algo que afronta con inusitadas explosiones de brutal violencia. En éstas, el poderío visual de Bong Joon-ho hace acto de presencia, manejando la cámara con virtuosismo y mostrándonos impactantes enfrentamientos cuerpo a cuerpo que son una auténtica carnicería.

Quizás esa excelsa brutalidad en pantalla (en ocasiones, muy bruta)  incomode a algunos espectadores, e incluso muchos consideren que entorpece o estorba el mensaje que el guión dispara a bocajarro, pero para quien esto escribe la mezcla funciona. Probablemente se erija más como filme de acción/ciencia-ficción, pero su contenido interno va más allá, y eso ya es mucho más de lo que ofrecen muchos blockbusters u otras cintas de corte similar.

“Sownpiercer” es salvaje, excesiva, incómoda y cruda, pero también deja espacio a la esperanza. El transcurso de la acción a modo casi de videojuego, saltando los personajes de un vagón a otro como si de niveles de un juego se tratara, entraña a cada rato una serie de hallazgos  que poco a poco van desenmarañando una trama mucho más compleja de lo que parece a simple vista. El Snowpiercer no sólo es un tren sino también una caja llena de sorpresas, la mayoría desagradables para nuestros rebeldes protagonistas, y que en cada vagón nos invita a hacer un descubrimiento para ir encajando las piezas del rompecabezas.  Este juego funciona a las mil maravillas, haciendo bien de guardarse unos cuantos ases en la manga a modo de golpes de efecto que han culminar en un inconmensurable desenlace.


Con todo, “Snowpiercer” es un cita ineludible para el buen aficionado a la ciencia-ficción. 



Valoración personal:

jueves, 8 de mayo de 2014

Autobombo: escribiendo para Phenomena Experiencie


Poco a poco, y sin proponérmelo, voy extendiendo mis tentáculos por la red cinéfila española, escribiendo en otros medios además de en este humilde blog.

A mi inclusión, desde hace ya unos cuantos años, al staff de Scifiworld (participando tanto en la revista impresa como el portal web), se unen ahora mis colaboraciones para la revista digital de Phenomena Experience.

¿Y qué es Phenomena Experience? Pues para los que no lo conozcáis, se trata de una iniciativa impulsada por el director español Nacho Cerdá con el fin de recuperar las míticas dobles sesiones de antaño proyectando, de nuevo en la gran pantalla, grandes clásicos de los 70, 80 y 90. La primera proyección tuvo lugar en Barcelona en el año 2010, y desde entonces se han ido programando un buen puñado de títulos (Tiburón, Alien, Regreso al futuro, Gremlins…) tanto en la ciudad condal como, más tarde, en Madrid y Zaragoza.

Desde enero de 2014, Phenomena Experience edita su propia revista digital con detallada información acerca de las películas que forman parte de sus próximas proyecciones. Con motivo al especial que el inminente Salón del Cómic de Barcelona dedica a la guerra en las historietas, este mes se presenta un programa doble que rinde homenaje al cine bélico. En dicha sesión se proyectarán dos clásicos de los ochenta: “La chaqueta metálica” de Stanley Kubrick, y “Evasión o victoria” de John Huston.

Y es precisamente en este número en el que un servidor se ha estrenado como redactor escribiendo un breve artículo sobre la obra magna antibélica de Kubrick. Para leer éste y otros artículos, podéis descargaros gratuitamente la revista desde su página oficial: www.phenomena-experience.com.

Espero y deseo que os guste mi artículo.



Saludos!

domingo, 27 de abril de 2014

Artistas de cine: El maravilloso arte del cartel ilustrado (de Saul Bass a Paul Shipper)


Hubo una época, antes de la aparición de las computadoras y sus poderosas -y peligrosas, en las manos equivocadas- herramientas digitales, en las que los carteles cinematográficos se realizaban con técnicas más rudimentarias y artesanales.

Desde sus primeras exhibiciones públicas, el cine ha necesitado promocionarse. A principios del siglo XX empezaron a emplearse carteles ilustrados en los que se escenificaba alguna escena concreta de la película o bien una serie de imágenes superpuestas de diversas escenas de la misma. Más adelante, éstas también irían acompañadas de sencillos montajes en los que los rostros de sus intérpretes cobrarían mayor protagonismo.
Si bien el cartelismo cinematográfico ha ido evolucionando a lo largo de las décadas, mostrando una amplia gama de estilos artísticos, lo cierto es que aquellas primerizas composiciones sentaron todo un precedente, y sus fórmulas y derivaciones siguen hoy día siendo válidas y viéndose frecuentemente en las marquesinas de los cines o en las carátulas de las ediciones domésticas. Además, dicho elemento publicitario se ha ido extendiendo, con el paso de los años y la sofisticación de las herramientas  (y el aumento de la inversión económica de los estudios), a otros soportes como las vallas publicitarias o las banderolas, infiltrándose cada día más en el entorno urbano del ciudadano, es decir, del potencial espectador.

Quizás uno de los primeros artistas en romper “las reglas (estilísticas) no escritas” del nuevo arte en cartelería fue Saul Bass, diseñador gráfico que, una vez afincado en Los Ángeles y montado su propio estudio empezó, a mediados de los 50, a trabajar en la industria hollywoodiense.


El director Otto Preminger le abrió las puertas con su primer encargo para “Carmen Jones” (1954), y éste quedó tan encantado con el resultado que le asignó también diseñar la secuencia de los títulos de crédito. Labor ésta última, que Bass acabaría compaginando con frecuencia con el diseño de carteles (bien conocidos son los de “Vértigo” o “Anatomía de un asesinato” de Hitchcock) y por la que sería reconocido y elogiado dentro del mundillo, erigiéndose finalmente en un referente (por su innovación, su original uso del color y su impacto visual) en lo que al honorable arte de los títulos de crédito se refiere.

Pero cuando hablamos de “romper las reglas”, merece la pena cruzar el charco para mencionar el fenómeno que se produjo entre los años 60 y 90 en países de Europa del este como Checoslovaquia, Polonia o la antigua URSS. Durante tres décadas, los artistas plásticos de aquellos países, privados de exponer sus obras al público por la censura, se empleaban en el ámbito de artes aplicadas diseñando carteles de cine de inusitado valor artístico. Mientras que en el resto de Europa se seguían utilizando los métodos tradicionales (dibujo ilustrativo/descriptivo de la película, fotografías de los protagonistas…), en Checoslovaquia y Polonia estos artistas se inspiraban en el arte informal, el arte pop y la fotografía moderna, volcando su imaginación con singulares pinturas, collages y fotocollages, etc.

La libertad con la que trabajan estos artistas ocasionaba, a menudo, que la obra final poco o nada tuviera que ver con la película a la que pertenecía… Resultado: piezas dignas de ser expuestas en una exposición sobre surrealismo de algún museo de arte.

Pero volvamos de nuevo a EE.UU., porque es ahí donde comienza, en la década de los 60, una nueva era para el cartel de cine ilustrado. Y lo hace de la mano de Robert Peak (o Bob Peak), considerado como el “Padre del cartel de cine moderno”. Peak fue un ilustrador comercial estadounidense cuyas obras aparecieron en publicidad, revistas nacionales (Time) e incluso sellos (concretamente, para los Juegos Olímpicos de 1984). Su primer trabajo para la industria cinematográfica se produjo cuando United Artists le encargó el diseño de las imágenes de los carteles del musical "West Side Story", en 1961. A partir de ahí, el trabajo de Peak estuvo ligado al cine, realizando los carteles de películas tan conocidas como "My Fair Lady", "Excalibur", "Apocalypse Now" o "Superman", así como para varias entregas de James Bond y Star Trek.

Sus innovadoras ilustraciones inspirarían a autores posteriores de las que enseguida hablaré. Pero Peak no fue el único artista a destacar, y antes y durante la época en que su obra decoraba las marquesinas de los cines, otros artistas, quizás hoy día no tan (re)conocidos, lograron hacerse un hueco muy significativo dentro del panorama del cartel cinematográfico ilustrado. Ilustradores como el gran Frank McCarthy, otro prolífico artista a quién le debemos los magníficos carteles de, por ejemplo, “Los diez mandamientos”, “12 del patíbulo”, “Hasta que llegó su hora” o “Thunderball” (entre otras entregas del popular agente 007); Tom Jung, que además de ilustrar los carteles de “Lo que el viento se llevó”, “Papillon” o “Doctor Zhivago”, también realizaba story-boards; Howard Terpning que ilustró “Los cañones de Navarone” o “Lawrence de Arabia”, entre otros; Robert McGinnis, cuya obra comprendía más de 40 carteles, entre ellos los de “Barbarella” (aunque sea mucho más popular el que realizó el ilustrador Boris Vallejo) o “Desayuno con diamantes”; Tom Chantrell, recordado sobre todo por sus trabajos para la Hammer (amén de su magnífico cartel para “La guerra de las galaxias”);  Reynold Brown, cuya carrera empezó a principios de los 50 y se mantuvo hasta mediados de los 6o (suyos son los carteles de “Ben-Hur” o “El ataque de la mujer de 50 pies”); o Jack Davies, fundador de la revista de humor Mad, y cuyo estilo caricaturesco lograba hacerle destacar fácilmente entre el resto de ilustradores (véase su trabajo promocional para “Los violentos de Kelly”).


Todos ellos (y muchos otros sin nombrar) contribuyeron, con su arte, a una parte muy importante –y merecedora de mayor reconocimiento- de la promoción cinematográfica. A diferencia de hoy día, en dónde contamos con abundante material promocional a través de Internet (trailers, clips de la película, featurettes, etc.) u otros medios (revistas, anuncios y/o reportajes de televisión), antaño el cartel de una película obedecía a un poder de reclamo mucho mayor.  Un buen cartel debía seducir, más que informar (que también), para así poder atraer a más espectadores a las salas.  Espectadores que, una vez en la puerta de entrada de los cines, se decidían por una u otra película dejándose llevar, no pocas veces, por el póster que lucía en las marquesinas.

Y no es que dicho objetivo para con el cartel haya cambiado, ni mucho menos, pero sí ha menguado su importancia o relevancia con respecto a otros soportes publicitarios en los que también se apoya la promoción de un estreno. Soportes que sin duda le han ido comiendo terreno (los trailers, sobre todo).

Echando la vista “no tan atrás” (allá por los 80…), cuántos de nosotros, cuando éramos unos críos y visitábamos, por ejemplo, el videoclub del barrio, no nos habíamos dejado arrastrar por la carátula de la caja (del vídeo Beta primero y del VHS después) a la hora de alquilar una película. ¡Y la de auténticos despropósitos que contemplaron nuestros ojos por ese mismo motivo! Y es que un buen cartel o carátula no siempre –de hecho, muy pocas veces- era sinónimo de una buena película. Los autores de dichos carteles eran, en su mayoría, grandes -y a menudo, desconocidos- artistas, mientras que las producciones a las que se destinaban sus obras suponían toda una tómbola en cuanto a calidad. Sin embargo, el poder de reclamo de un bonito cartel era algo a lo que muchos no podíamos resistirnos.

De todos modos, cuando hablamos de carteles ilustrados, hay un nombre que, para muchos de nosotros (toda una generación), prevalece por encima de todos los demás; que nos viene a la mente antes que ningún otro. Un artista que ha formado parte de nuestra infancia cinéfila. Sí, ya lo habréis adivinado. Me refiero, obviamente, al gran Drew Struzan, maestro entre maestros y genio incomparable.

Si Peak fue el padre del cartel de cine moderno, Struzan fue sin duda el hijo pródigo, el alumno aventajado que logró hacerle sombra a sus predecesores y e incluso a coetáneos tan notables como Richard Amsel o John Alvin, otros dos grandes artistas que convivieron junto a Struzan en una época, los 80, en la que los fotógrafos empezaron a pisarle el terreno a los ilustradores (en todos los ámbitos, no sólo en el cinematográfico). Struzan, Amsel y Alvin fueron los herederos del arte de Peak, la nueva generación de ilustradores de carteles de cine que lograron hacerse un nombre en unos tiempos claramente poco favorables hacia a su oficio en comparación con los tiempos dorados que vivieron sus antecesores, en los que buena parte de la producción cartelera era ilustrada.


Aquellos tres artistas se repartieron los encargos de los estudios para las producciones de la época. En ocasiones, varios autores llegarían incluso a ilustrar para la misma película. Es el caso, por ejemplo, de los carteles de Alvin y Struzan para “Blade Runner. Quizás por ese motivo a menudo se tendía a confundir la autoría de los trabajos de ambos artistas.

De Amsel, que también ilustró portadas de discos y revistas, se recuerdan sobre todo sus carteles para “En busca del arca perdida”, “Flash Gordon”, “El golpe”, “El cristal oscuro” o “Tras el corazón verde” y su secuela. Alvin, por su parte, colaboró con preciosas piezas para algunos clásicos de Disney como “Aladdin”, “La Bella y la Bestia” o “El Rey León”, y además de la citada “Blade Runner”, suyos son los carteles de “Gremlins”,”E.T. El extratrerrestre” o “La princesa prometida”. Struzan, a quién ya le dediqué hace algunos años un artículo a raíz del especial de “Indiana Jones”, fue el más prolífico y popular de los tres, y el que más tiempo ha permanecido en activo. Y pese a anunciar su retiro hace algún tiempo, lo cierto es que ha seguido trabajando en otros proyectos y sus servicios han sido requeridos alguna que otra vez por la industria del cine. Además, ha sido objeto de un documental, “Drew: The Man Behind the Poster”, que repasa su extensa obra con la ayuda de entrevistas a cineastas y actores (Steven Spielberg, George Lucas, Harrison Ford, Michael J. Fox…) involucrados en los proyectos para los cuales trabajó.

Y de Struzan nos vamos a Paul Shipper. Porque si hay alguien en la actualidad que pueda considerarse digno heredero de su arte, ese es Shipper. Para empezar, es más que evidente la influencia del primero en éste; el estilo, la técnica y el tipo composiciones que recrea Shipper recuerdan sobremanera a las ilustraciones de Struzan. Tanto es así, que si no fuera porque un servidor se conoce al dedillo la obra de Struzan, no sería difícil caer en el error de atribuirle a Struzan la autoría de algunos de sus fantásticos carteles. Su talento le ha permitido trabajar con la mismísima Lucasfilm, y en la actualidad elabora las cubiertas de una serie de cómics basada en Star Trek (IDW Star Trek: Khan Series).

Otras artistas claramente influenciados por Struzan son Mark Raats o el catalán Jordi Pérez Mascaró (de nombre artístico Mo Caró), y sus portafolios así lo atestiguan. A Caró, precisamente, se le ha atribuido la etiqueta de “el Struzan español”, y aunque a mi modo de ver la comparación sea demasiado generosa, lo cierto es que su talento es innegable.


Seguramente sigan surgiendo más ilustradores que se dediquen al buen arte de ilustrar carteles de cine, pese a que en actualidad sea Photoshop quién lleve la voz cantante en esta materia. La popular herramienta de Adobe, indispensable en el día a día de todo diseñador gráfico, es un gran aliado para estos y otros menesteres, siempre y cuando sepa hacerse buen uso de ella. Por desgracia, la mayoría de grafistas de Hollywood parecen empeñados en darle mala fama a base de horripilantes fotomontajes en los que se cometen tropelías de todo tipo. Esa es la razón por la que, con más motivo, echemos tanto de menos los carteles ilustrados de antaño.

Para compensar, de algún modo, tantas atrocidades cometidas con el defenestrado Photoshop, surge en estos últimos años Mondo, un colectivo de artistas dedicado por entero a la creación de carteles ilustrados para clásicos de toda la vida y estrenos más recientes. Se trata de ediciones limitadas que, además, pueden contemplarse en vivo en una galería permanente en Austin, Texas.


Los estilos que aglutina Mondo son de lo más variado. Cada artista tiene su propio sello de identidad, por lo que las obras de unos no son comparables con las de los otros. Puestos a citar los nombres de algunos de estos talentosos artistas, éstos serían Ken Taylor, Martin Ansin, Aaron Sorkey, Kevin Tong o Olly Moss, éste último uno de los “culpables” en poner de moda los carteles minimalistas.