domingo, 10 de junio de 2018

“Jurassic World: Fallen Kingdom” (2018) – J.A. Bayona


Sinopsis oficial: Una erupción volcánica amenaza a los dinosaurios restantes en la Isla Nublar, donde las criaturas han vagado libremente durante años tras de la desaparición del parque temático "Jurassic World". Claire Dearing, ex gerente del parque, ahora fundó el Grupo de Protección de Dinosaurios, una organización dedicada a proteger a los dinosaurios. Para ayudar con su causa, Claire ha reclutado a Owen Grady, el ex entrenador de dinosaurios que trabajó en el parque, para evitar la extinción de los dinosaurios...


Comentario:

 “Jurassic World” se originó como un reinicio de la irregular franquicia jurásica que empezó su andadura allá por el lejano 1993 de la mano Steven Spielberg. La idea, con un enfoque claramente más futurista, era revivir la magia que hizo de aquél primer filme uno de los más grandes espectáculos de aquella década (y de todos los tiempos, si se me permite la contundencia en tal afirmación). ¿Lo consiguieron? Bueno, quizás el reto era poco menos que imposible, pero  al menos supieron dejarnos a muchos con un buen sabor de boca y con ganas de más dinosaurios.

Si estar a la altura de la película original es algo que ni el propio Spielberg  logró con la primera secuela, ¿por qué íbamos a exigírselo a Colin Trevorrow? La cuestión residía en revivir la franquicia tras el punto muerto en el que la dejó la tercera entrega dirigida por Joe Johnston. Y eso, sin duda, lo consiguieron.

Con el camino ya hecho,  “Fallen Kingdom” se presenta ahora como el punto de inflexión dentro de esta segunda etapa de la saga. Aunque al comienzo pueda parecer que vamos a asistir a una versión 2.0 de “El mundo perdido” de Spielberg, lo cierto es que el guión de Trevorrow y Derek Connolly apuesta por ir en una dirección algo diferente y, de paso, tirar menos de la nostalgia y los guiños (que los hay, por supuesto) como en su antecesora.

Chris Pratt y Bryce Dallas Howard retoman sus papeles de Owen y Claire, respectivamente. La  imperfecta pero encantadora pareja ya no echará carreras para salvar sus vidas y las de sus semejantes, sino para salvar la de los prehistóricos dinosaurios de la Isla Nublar, amenazados éstos no sólo por un amenazador volcán activo, sino también por un puñado de avariciosos sin alma ansiosos por llenarse los bolsillos a su costa. De ahí que el principal escenario de la cinta sea la exultante (y algo lóbrega) mansión de un viejo multimillonario, personaje al que los guionistas han vinculado –y hasta ahí puedo contar- con el entrañable John Hammond de Richard Attenborough.

Aunque las conexiones con Jurassic Park no terminan ahí, pues además de las habituales referencias, tenemos también de vuelta al matemático Ian Malcolm (Jeff Goldblum) en un papel algo más breve de lo esperado (podríamos llamarlo más bien cameo) pero decisivo en lo que respecta al rumbo que ha tomado la nueva trilogía. Un Malcolm más talludito pero fiel a su discurso ético acerca de la existencia de los dinosaurios en pleno siglo XXI.


Acostumbrados a las modernas instalaciones de los parques precederos y  a su selvático entorno, la mansión de Lockwood ofrece para la ocasión un escenario único del que Bayona sabe beneficiarse enormemente, consiguiendo por momentos acercarnos incluso al género de terror. Y eso por no hablar de la cantidad de planazos dignos de enmarcar  que nos regala el director a lo largo de todo el metraje (y no es que un servidor sea precisamente un enamorado de sus obras más recientes).

Visualmente, por tanto, la cinta luce de maravilla. Las secuencias de acción son espectaculares y los efectos especiales impecables, aunque destacar eso probablemente sea caer en lo obvio (con 170 millones de presupuesto, es algo que se le presupone).

Más allá de eso, la sensación es la de un entretenimiento bien confeccionado y bien empaquetado para el disfrute de toda la familia, aunque al loro con los más peque porque la cuando los dinos andan sueltos a la caza de humanos a los que zamparse de un bocado, la violencia hace acto de presencia.

La sentencia final es que si disfrutaste con “Jurassic World”, casi con toda seguridad disfrutes también de su secuela. Si por el contrario el nuevo rumbo de la franquicia no te convenció ni un pelo, raramente ésta te haga cambiar de opinión.



VALORACIÓN PERSONAL:

domingo, 27 de mayo de 2018

“Han Solo: Una historia de Star Wars” (2018) – Ron Howard


Sinopsis oficial: A través de una serie de atrevidas escapadas por el oscuro y peligroso inframundo criminal, Han Solo se hace amigo del poderoso Chewbacca, su futuro piloto, y conoce al famoso jugador Lando Calrissian, en un periplo que marcará el rumbo de uno de los héroes más inverosímiles de la saga de Star Wars.


Comentario:
El retorno de la franquicia Star Wars a la gran pantalla ha traído consigo una serie de suculentos proyectos paralelos centrados en otras historias del universo creado originalmente por George Lucas. Ese es el caso de “Rogue One”, capítulo centrado en la historia del robo de los planos de la Estrella de la Muerte; aquellos mismos planos que serían entregados a la Princesa Leia y que servirían a la Resistencia, con Luke Skywalker al frente, para destruir el arma secreta más poderosa del Imperio.

Lo mismo ocurre con “Solo: A Star Wars Story”, película que se enfoca en los orígenes de uno de los personajes más icónicos y queridos de la franquicia: el carismático contrabandista Han Solo. Pero al igual que “Rogue One”, que tuvo rehacer buena parte de su metraje tras el descontento de los productores con el trabajo del director Gareth Edwards, el periplo de esta película hasta las salas tampoco ha sido un camino de rosas. Para empezar, los directores inicialmente contratados, Phil Lord y Christopher Miller (The Lego Movie, 22 Jump Street), abandonaron el proyecto (o mejor dicho, fueron despedidos) a causa de las consabidas “diferencias creativas”. Su visión, se dice, mucho más cercana al espíritu de “Guardianes de la Galaxia” de Marvel (ergo, irreverente y gamberra), y la de los productores (partidarios, con la autoritaria mandamás Kathleen Kennedy a la cabeza, de no salirse de la ruta habitual) no encajaban, siendo sustituidos por el veterano Ron Howard, quien tuvo que rehacer la película prácticamente desde cero (según apuntan los rumores, apenas habría quedado intacto un 25% de lo rodado por el dúo Lord y Miller).

Por supuesto, eso no hizo más que aumentar los malos augurios hacia una producción que ya empezó con mal pie tras algunas decisiones de casting  sumamente cuestionadas (el fichaje de Alden Ehrenreich como Han Solo, sin ir más lejos).

No obstante, una vez vista la susodicha, y tal como ocurriera con la cita cinta de Edwards, los problemas durante la producción no han afectado en demasía al resultado final. Quizás no sean las películas que debieron ser, pero tampoco sabemos si esas películas hubiesen sido lo que debían ser.

Nunca sabremos qué clase de película habrían hecho Lord y Miller, ni si ésta habría sido mejor que la presente. Quizás el dúo hubiera aportado esa frescura que tan desesperadamente necesitan las nuevas películas de la franquicia. Sin embargo, no tengo tan claro que fueran los adecuados para el proyecto. Y es que Star Wars no es Guardianes de la Galaxia, y lo logrado por Howard, si bien no se sale ni un milímetro de los estándares de la saga (y la pregunta es: ¿debería hacerlo?), es un entretenimiento más que digno. Probablemente no sea la película de Han Solo que esperábamos, y seguramente ninguna lo sea jamás (es difícil estar a la altura de lo que espera cada uno), pero puede considerarse una aventura espacial satisfactoria.

Con sus forajidos, sus asaltos al tren y sus salones con partidas de póquer (aquí sabacc), “Solo: A Star Wars Story” (a partir de ahora “Solo”) se emparenta mucho más con el género western que con la space opera. Y eso es un buen punto a su favor, ya que se distancia un poco de lo habitual, saliendo mejor parada en ese sentido que la ya citada “Rogue One” (un experimento espacio-bélico que no terminaba de cuajar).


Por otro lado, sus moderadas pretensiones, dejando a un lado la eterna lucha de la Fuerza contra el Lado Oscuro, del Imperio contra la Resistencia (y que aquí tan sólo funcionan como trasfondo), permiten que el tono lúdico nos acompañe durante toda la proyección. Eso no quiere decir que no esté exenta de algunas escenas más dramáticas (muy fan del “robomance” entre Lando y L3), pero resultan ser bastante ligeras, y como mero acompañamiento a una historia que busca más la diversión ligera que la épica rotunda.

Más allá de la dirección, tan efectiva como la de cualquier otro artesano (y Howard lo es) que supiera someterse a los designios de Kennedy, lo que de verdad hace funcionar a “Solo” es su historia.

Cierto es que Ehrenreich no es Ford, y que le faltan toneladas de carisma siquiera para llegarle a la suela de los zapatos a éste, pero ofrece un actuación más competente (si bien mejorable) de lo que cabría esperar, apoyado sobre todo en un guión que logra hacernos ver en él a un joven Solo. Porque sí, este es nuestro Han Solo. No nos lo han cambiado; tan sólo nos lo han rejuvenecido. Y lo mismo ocurre con Lando, aunque en su caso el actor elegido probablemente sea mejor fichaje que el de Ehrenreich.

En cualquier caso, el reparto en general funciona porque la historia, repleta de guiños y referencias (y algún que otro cameo poco menos que discutible) también lo hace. Y es que algunas de las cosas que siempre quisimos saber y/o ver sobre el pasado de Solo, tales como su primer encuentro con el que será su fiel compañero/escudero de aventuras hasta el final, el wookie Chewbacca; la vez que realizó el Corredor de Kessel en "menos de doce parsecs” o cómo logró arrebatarle a Lando el veloz Halcón Milenario en un partida sabacc, ocurren de un modo complaciente, sabiendo jugar con la complicidad del espectador fan sin forzar en demasía los engranajes de la maquinaria fandom. Así pues, en el hipotético caso de que ésta fuera la única entrega sobre Han Solo, ésta sería más que suficiente para complacer un poco el misterio acerca de los orígenes del personaje. No obstante, espero y deseo que la cinta de Howard abra las puertas a una nueva trilogía. No tanto por lo entregado, sino por lo que está o podría estar por venir. ¿O acaso no sería ideal disfrutar de una continuación con Solo y Chewbacca al más puro estilo buddy movie? En serio, ¡basta ya de películas corales!


Por cierto, si analizamos la relación entre Solo y su mentor, Beckett (Woody Harrelson), un poco de “La isla del tesoro” de Stevenson también hay.



VALORACIÓN PERSONAL:

domingo, 29 de abril de 2018

“Vengadores - Infinity War” (2018) - Anthony Russo, Joe Russo


Sinopsis oficial: El todopoderoso Thanos ha despertado con la promesa de arrasar con todo a su paso, portando el Guantelete del Infinito, que le confiere un poder incalculable. Los únicos capaces de pararle los pies son los Vengadores y el resto de superhéroes de la galaxia, que deberán estar dispuestos a sacrificarlo todo por un bien mayor. Capitán América e Ironman deberán limar sus diferencias, Black Panther apoyará con sus tropas desde Wakanda, Thor y los Guardianes de la Galaxia e incluso Spider-Man se unirán antes de que los planes de devastación y ruina pongan fin al universo. ¿Serán capaces de frenar el avance del titán del caos? 

Comentario:
Diez años, que se dice pronto, y nada menos que 19 películas. Este es el cómputo total que los estudios Marvel han alcanzado desde que en 2008 pusieran en marcha su particular universo cinematográfico; ese en el que todos sus personajes estarían conectados entre sí. Todo empezó con “Iron Man”, película que supuso la primera piedra de un proyecto que ha perdurado hasta nuestros días –y que pretende extenderse a dos décadas más- a lo largo de distintas fases.

“Infinity War” nos acerca, sin embargo, al fin de una era. Del mismo modo que las anteriores entregas de Los Vengadores supusieron el cierre de cada Fase (la primera Vengadores para la Fase 1, y la Era de Ultrón para la Fase 2), la mastodóntica epopeya que han llevado a cabo los hermanos Russo ha de concluir con la Fase 3. Y ya son varios los personajes que llevan unas cuantas películas a sus espaldas, con lo que no sería de extrañar que esto sirviera de despedida para algunos de ellos.

Claro que, como ya sabréis, eso no ocurrirá hasta el estreno de la segunda parte en 2019. Y es que la Guerra del Infinito no podía contarse en tan sólo una película. Se necesitan más de dos y de tres horas  para contar una batalla que lleva ya unos años gestándose, y que enfrenta  a Thanos, el gran villano en la sombra hasta el momento, con todos (o casi todos) nuestros queridos superhéroes. El propósito no es otro que evitar que semejante enemigo  se agencie todas las Gemas del Infinito y se convierta en un ser todopoderoso (cual Dios) capaz de aniquilar medio Universo (¿medio? Sí, medio) de un plumazo.

No debatiremos aquí el propósito de Thanos para con las gemas, pero sí que merece la pena comentar el gesto de los guionistas por humanizar un enemigo del que hasta el momento poco o nada sabíamos. Cierto es que eso le ha restado puntos de intimidación como malo malísimo, pero al mismo tiempo ha ganado en profundidad.


Al resto de los personajes ya los conocemos sobradamente, por lo que no se han tomado demasiadas molestias con ellos. E incluso el primer encuentro entre muchos de ellos se resuelve con una fugacidad y simplicidad pasmosa.

Quizás el problema radique en que hay demasiado personaje involucrado (y eso que no están todos los que son), y que son tantas las cosas (encuentros, despedidas, romances…) que tienen que ocurrir en tan poco tiempo (dos películas se me empiezan a antojar incluso pocas), que todo transcurre a un ritmo excesivamente acelerado. Un non-stop de fuegos artificiales que pueden llegar a agotar un poco, más cuando el hilo conductor es tan limitado.

Y es que los personajes aparecen y desaparecen (algunos son prácticamente un visto y no visto, o bien aportan poco o nada a los acontecimientos que se desarrollan); van de A a B y de B a C en cuestión de fotogramas; luchan y pierden, luchan y ganan, vuelven a luchar y vuelven a perder/ganar… Todo concentrado en algo más de horas en las que sólo parece haber hostias, lamentaciones, más hostias y más lamentaciones. La historia carece verdaderamente de una trama hilvanada, probablemente porque en conjunto todo se desarrolla más como un acto final de una larga película que empezó hace rato, que una película en sí misma, con su inicio, su nudo y su desenlace. De hecho, carece de desenlace, adoleciendo  de uno de los grandes males de algunas franquicias: las entregas segmentadas, es decir, esos capítulos divididos a su vez por entregas y que saben a media película cada una. Y ver media película, terminar con un coitus interruptus de órdago (en este caso, especialmente doloroso), y esperar un año para contemplar su conclusión es, para un servidor, algo terriblemente molesto (por inevitable que sea). Tampoco ayuda que saltemos continuamente de un punto al otro de la galaxia para ver qué están haciendo unos y qué están haciendo otros. Tanto personaje desperdigado, aún con un único fin (derrotar a a Thanos) , termina mareando.

“Infinity War” es, pues, un poco como su llamativo y colorido póster oficial: que sí, que nos encanta que estén al fin todos juntos nuestros superhéroes favoritos, pero se vislumbra a todas luces sobrecargado.  

A Whedon le salió mucho mejor la jugada en Los Vengadores, aunque no tenía tantos personajes entre manos. Los Russo, que ya habían practicado un poco con Civil War (una pseudo Vengadores sí o sí), demuestran que saben otorgarle los minutos necesarios a los personajes principales sin que ninguno se resienta en exceso, mientras que muchos de sus secundarios parecen metidos con calzador para llenar la cuota de rigor. Amén de que los golpes de efecto dramático caen en saco roto cuando se suceden uno tras otro sin tiempo suficiente para crear un clímax adecuado para ello. Es más, cierto factor espacio-temporal (ya visto en la franquicia de los mutantes, aunque aquí mejor justificado gracias a una de las gemas) provoca en mí cierta sensación de indiferencia casi absoluta ante cualquier suceso dramático supuestamente incorregible. Una vez introducido dicho factor, todo es posible y las probabilidades pasan a ser infinitas, por lo que esos “golpes de efecto” poseen, precisamente, menos efecto del deseado. Ergo, es un arma de doble filo de la que sólo los mejores guionistas saben hacer buen uso.

En cualquier caso, y sin que sirva de atenuante, ninguna de las aportaciones al universo marvelita de los hermanos Russo me suscita especial admiración. Por muy aclamadas que estén entre los fans y la crítica, ni Soldado de Invierno ni la ya citada Civil War se encuentran entre mis favoritas, como tampoco la hará esta Infinity War.  Y no es que me disgusten, ni mucho menos. De hecho, les reconozco su primigenia función de espectaculares y divertidos entretenimientos, pero ninguna termina de conquistarme como sí han logrado, por ejemplo, las primeras Capitán América y Guardianes de la Galaxia, Iron Man y Iron Man 3, o la más reciente Thor: Ragnarok. Todas ellas, por distintas razones.

De todos modos, quizás la mejor manera de valorar la historia que aquí nos cuentan sea en su conjunto, cuando obtengamos al fin su desenlace en la próxima película. La espera será y se hará larga.


VALORACIÓN PERSONAL:



domingo, 25 de marzo de 2018

“Pacific Rim: Insurrección” (2018) - Steven S. DeKnight



Sinopsis oficial: Han pasado 10 años tras la primera invasión que sufrió la humanidad, pero la lucha aún no ha terminado. El planeta vuelve a ser asediado por los Kaiju, una raza de alienígenas colosales, que emergen desde un portal interdimensional con el objetivo de destruir a la raza humana. Ante esta nueva amenaza, los Jaegers, robots gigantes de guerra pilotados por dos personas para sobrellevar la inmensa carga neuronal que conlleva manipularlos, ya no están a la altura de lo que se les viene encima. Será entonces cuando los supervivientes de la primera invasión, además de nuevos personajes como el hijo de Pentecost (John Boyega), tendrán que idear la manera de sorprender al enorme enemigo, apostando por nuevas estrategias defensivas y de ataque. Con la Tierra en ruinas e intentando reconstruirse, esta nueva batalla puede ser decisiva para el futuro.

Comentario:
Hostias a diestro y siniestro entre robots gigantes y monstruos gigantes. Eso es lo que nos ofrecía hace unos años “Pacific Rim”, película que hacía las delicias de cualquier aficionado al manga/anime gracias a sus feos monstruos (kaiju) y, sobre todo, a esos robots pilotados por humanos (los mechas, en la jerga otaku). 

Con Del Toro detrás de las cámaras y en el guión, el proyecto respiraba mucho amor y respeto por el género y por los personajes. Ahora, cinco años más tarde, nos llega esta secuela, ya sin el mexicano en la silla de director, pero sí ejerciendo de productor y co-guionista, lo que sin duda habrá ayudado a que esta continuación, a cargo de Steven S. DeKnight (director curtido en televisión), mantenga el espíritu de su predecesora.

Aunque se haya perdido el efecto sorpresa, cosa inevitable en las secuelas, y se apueste nuevamente por la fórmula “hazlo más grande y más bestia” también inevitable y típica de éstas, lo cierto es que el entretenimiento que ofrece “Uprising” no está exento de algunos detalles, guiños y sorpresas agradables que de seguro harán palpitar los corazones de los aficionados. Otras decisiones con respecto al retorno de algunos de los personajes de la primera entrega puede que sean más cuestionables y no gusten tanto, pero a grandes rasgos considero que la trama es coherente con ella misma y con lo relativo a la primera entrega.

Si acaso, el único “pero” que podría discutirse sería el apunte final de cara al camino a seguir en la próxima entrega (siempre y cuando la taquilla de ésta acompañe, claro). Y no por erróneo, pues probablemente sea la jugada más acertada en pos de evitar la “reiteración de la fórmula” en la saga, sino porque POSIBLE SPOILER--- es exactamente el mismo rumbo que pretenden seguir las venideras terceras partes de otras sagas de “invasiones” (si habéis visto “Independence Day: Resurgence” y “Beyond Skyline” ya sabréis a lo que me refiero). --- FIN POSIBLE SPOILER

Dejando esto a un lado, debemos asumir que sí, que “Pacific Rim: Uprising” ofrece más de lo mismo. ¿Pero acaso alguien espera/exige otra cosa? 


No sólo sigue habiendo seres de otra dimensión queriendo aniquilar a la raza humana y robots gigantes protegiéndonos de ellos, sino que ahora estos robots deben enfrentarse también ¡a otros robots! Puede que eso, y la reducción de la media de edad del plantel protagonista nos recuerde en demasía a la última entrega de la saga Transformers (con niña callejera experta en ingeniería robotica, incluida), pero las comparaciones terminan ahí. Lo de Bay es una oda a la chatarrería y al ruido, en donde los personajes son un cero a la izquierda y el humor lamentable y sonrojante. 

Porque aunque por fuera se le parezca, Pacific Rim es una cosa muy distinta. Es más divertida y mucho más “friki”, y su espectacularidad (que no es poca) no está reñida con su impacto emocional. Los personajes son tan importantes como los robots que pilotan o los bichos a los que zurran. En ese sentido, John Boyega asume el relevo con porte y buena actitud, compensando en carisma todo el que quizás le falte a su compañero Scott Eastwood. Por otro lado, la pandilla de jóvenes pilotos que les acompaña se acerca más al prototipo de protagonistas que pululan en el anime al que la película emula, por lo que no creo que quepa queja alguna al respecto, más si éstos consiguen ganarse la simpatía del espectador. Y lo dice alguien que anda ya algo hastiado de tanta franquicia juvenil.

“Uprising” es, por tanto, una digna secuela; continuista y respetuosa, y que aumenta el nivel de espectacularidad y destrucción sin pasarse de frenada. Puede que no encandile o enamore del mismo modo que lo hizo la cinta de Del Toro, pero si disfrutasteis con aquella, me resultaría realmente desconcertante que no lo hicierais con ésta.


VALORACIÓN PERSONAL: 


domingo, 18 de marzo de 2018

“Tomb Raider” (2018) - Roar Uthaug


Sinopsis: Lara Croft, la independiente hija de un excéntrico aventurero que desapareció cuando ella era apenas una adolescente, se ha convertido en una joven de 21 años sin ningún propósito en la vida. Se abre paso por las caóticas calles del East London, el barrio de moda, como mensajera en bicicleta, un trabajo que apenas le da para pagar el alquiler. Decidida a forjar su propio camino, se niega a tomar las riendas del imperio empresarial de su padre, con la misma firmeza que se niega a reconocer que él se ha ido para siempre. Un día Lara decide dejar atrás todo e ir en busca del último paradero conocido de su padre: una legendaria tumba en una isla mítica que podría estar en algún lugar de la costa de Japón...

Comentario:
Que la inmensa mayoría de adaptaciones basadas en videojuegos son un desastre es, asumámoslo, un hecho. Una amarga realidad a la que muchos tienen que atenerse y que prácticamente nadie discutirá. Lo han sido y lo siguen siendo pese a que con los años los videojuegos se hayan vuelto cada vez más cinematográficos.

La relación ya empezó mal cuando a principios de los 90 a unos “avispados” productores de Hollywood se les ocurrió la disparatada idea de llevar al cine las aventuras del popular fontanero bigotudo de Nintendo, Mario, dando como resultado la indescriptible “Super Mario Bros.”, un esperpento que fracasó tanto en la  taquilla como en los corazones de los jugones. Y ya no digamos la prensa especializada, que la puso de vuelta y media…

Vale decir que el juego tampoco es que se prestara fácilmente a una adaptación cinematográfica. Por lo menos no con actores de carne y hueso, si bien el sacrilegio fue máximo al respetar poco más que los nombres y la profesión de los famosos personajes.

Desde entonces, el surtido de adaptaciones ha dado más disgustos que alegrías, pudiendo contarse con los dedos de una mano las pocas películas que se salvarían de la quema. Y aún ahí seguramente habría ciertas discrepancias (sobre todo si nos adentramos en el tan temido y discutido el tema de la fidelidad). Tampoco ha ayudado que directores de la talla de Uwe Boll hayan abordado el asunto con demasiado frecuencia y lo hayan abonado de infames despropósitos (suyas son House of the Dead, Alone in the Dark, En el nombre del rey, Far Cry y Postal, así como Bloodrayne y sus secuelas). 

Por ese motivo, sentenciar –a título muy personal- que la nueva “Tomb Raider” es una de las mejores sino la mejor película basada en un videojuego, puede que no sea, después de todo, afirmar gran cosa. Los antecedentes son tan nefastos, que no parece difícil salir bien parado en las comparaciones. Mucho menos si tenemos en cuenta que las dos entregas protagonizadas por Angelina Jolie eran ya de por sí bastante mediocres.

Pero obviando esto último, lo cierto es que esta Tomb Raider se vale por sí misma. Y si es digna de coronarse entre sus semejantes es gracias, sobre todo, a Alicia Vikander como la nueva Lara Croft, y a su emocionante y seductor sentido de la aventura.

 
En su debut americano, el director noruego Roar Uthaug (autor de títulos tan estimables como  Fritt vilt /Cold Prey, Flukt o Bolgen/The Wave) afrontaba dos retos: por un lado, romper el casi perpetuo mal fario de las susodichas adaptaciones de videojuegos, algo que recientemente ni directores más conocidos y aclamados como Duncan Jones (Warcraft) o Justin Kurtzel (Assassins Creed) han conseguido (sólo a Paul W.S. Anderson y su inagotable franquicia de Resident Evils parece acompañarle la taquilla y un pequeño reducto de fans fácilmente contentables); y por el otro, sobrellevar con dignidad el estigma de ser un reboot*, algo que, reconozcámoslo, tendemos siempre a mirar con recelo (servidor el primero). 

Sobra decir que Uthaug aprueba con nota, orquestando una cinta de aventuras que rebosa buen hacer; tanto en la acción, con vibrantes y espectaculares secuencias (la del avión en la cascada o el tramo final por entero en la tumba de Himiko), como en la historia y sus personajes. No es que la cinta invente la rueda, porque la rueda está ya más que inventada y reinventada, pero sí que ésta rueda se mueve con firmeza, franquea con soltura los obstáculos que encuentra a su paso y aguanta sin desinflarse durante todo el trayecto.

Al volante tenemos una Lara Croft de carne y hueso; una heroína decidida y valiente, pero también vulnerable. Una Lara Croft que corre, salta (casi casi vuela) y dispara con su arco, pero que también cae, tropieza y recibe golpes por doquier. Una Lara Croft que, en la piel de una actriz de la talla de Vikander, resulta agradecidamente creíble. Porque esta Lara no sólo sufre en el plano físico, sino también en el plano emocional. Y ahí es donde acierta el guión, dando empaque a una protagonista que evoluciona a lo largo del camino, y abordando con puntería -nunca con sensiblería- la relación paternofilial que le atañe. 

En detrimento, tenemos a un valioso compañero de aventuras (Daniel Wu) que prácticamente desaparece durante el último acto (una lástima…), y a un villano que, aunque cumple sobradamente con su cometido, resulta poco memorable. Y es que todos los fans de Justified sabemos del potencial de Walton Goggins, por lo que en parte resulta inevitable que siempre nos parezca un actor desaprovechado.  

En definitiva, “Tomb Raider” es cine de aventuras al más puro estilo Indiana Jones o La Momia de Sommers, solo que sin el componente fantástico (aunque coquetee con él con insinuaciones no consumadas), lo que la emparentaría más -salvando las enormes distancias- con la saga La Búsqueda de Nicolas Cage. 

Si como adaptación es fiel o no al material de origen, eso ya lo juzgarán los fans, pero como entretenimiento no soy capaz de ponerle la más mínima pega.

*En honor a la verdad, diremos que la cinta se basa, a su vez, en el reboot que la propia franquicia de videojuegos lanzó en 2013, con una Lara Croft no sólo más joven y, por ende, inexperta, sino también más alejada de la voluptuosa y sexualizada Lara que tan popular se hizo en su momento. A fin de cuentas, en estos tiempos de pleno auge del movimiento feminista, una Lara Croft como la que todos conocíamos sería vetada casi al instante (y no sin razón). Lo que no quita que al final Uthaug nos deleite con un guiño a la Croft de toda la vida,  con trenzita y pistolas USP incluidas.


VALORACIÓN PERSONAL: 


domingo, 4 de febrero de 2018

“Renegades” (2017) – Steven Quale



Sinopsis: Un equipo de la fuerzas especiales de la Armada de EE.UU. descubre un tesoro subacuático en un lago bosnio. 

Comentario:

Conocido inicialmente como “The Lake”, “Renegades” es un thriller de acción francés co-escrito por el incombustible Luc Besson y producido por su compañía EuropaCorp, así que ya sabemos a qué tipo de producto atenernos: guión justito (no siempre un defecto) y mucha acción (no siempre una virtud). En este caso, lo primero se cumple a rajatabla, si bien en lo segundo se queda algo corta, a gusto de un servidor.

Su prometedor arranque al más puro estilo “The Expendables 2”, con nuestros protagonistas infiltrándose en una base enemiga (y luego huyendo por todo lo alto de la misma), apunta a una macarrada con tiros y explosiones a raudales, cuando en realidad es más bien una relajada cinta de aventurillas submarinas.

Nuestros protagonistas son una suerte de “Equipo A” de los Navy Seals (¡Dios bendiga América!) que gusta de saltarse las normas, cosa que suele sacar de sus casillas a su superior, interpretado por el actor más conocido de esta producción: JK Simmons. Un papel, el de hombre gruñón pero en el fondo un buenazo, que le sienta como anillo al dedo. Ni que decir que cada vez que aparece en pantalla lo borda y le roba la función al resto del reparto. Un reparto repleto de caras desconocidas (e interpretaciones ramplonas) de entre las cuales resulte la de Sullivan Stapleton la más reconocible de todas tras haberle visto protagonizando hace unos años “300: El origen de un imperio”, la (tardía) secuela del pepinazo de Zack Snyder.

El comando liderado por Stapleton (¿a vosotros no es recuerda un poco a Russell Crowe?), que se encuentra asentado en la Bosnia en guerra de mediados de los 90, recibe el chivatazo de que hay oro nazi escondido en uno de los lagos de las cercanías, en territorio enemigo. Ni cortos ni perezosos, a caballo entre la codicia y el altruismo más desinteresado, toman la decisión de hacerse con el preciado botín, trazando un calculadísimo e infalible “plan de rescate” a espaldas de sus superiores.

Lo que sigue es, como ya apuntaba al inicio, una cinta de aventuras con un grupo de soldaditos bien avenidos a los que se les une una moza de buen ver, residente de la zona y principal instigadora de la arriesgada misión. 

He de admitir que, en lo personal, esperaba bastante más de la película, quizás algo embaucado por el llamativo tráiler, pero como mínimo cumple como simpático pasatiempo si uno no le exige demasiado. 

Por otro lado, Quale ha demostrado ser un director, independientemente del guión, bastante apañado en películas como “Final Destination 5” (una de las pocas secuelas decentes de la saga) o “Into the Storm” (regulera pero con escenas atractivas), así que en ese aspecto está bien resuelta. Aunque la secuencia de apertura sea de lo mejor, hay que destacar también lo competentemente rodadas que están las escenas submarinas, algo en lo que el cineasta ya poseía cierta experiencia como director de segunda unidad en el documental “Aliens of the Deep” de James Cameron.


Si bien la historia no es la quinta esencia del género, por lo menos resulta algo diferente a lo que nos tiene acostumbrados el francés. Además, si hay nazis (o referencias a ellos) de por medio, ¿quién se va a resistir?

Y es que mucho se ha especulado sobre el famoso “oro de los nazis”. A lo largo y ancho de la II Guerra Mundial, el ejército de Hitler usurpó numerosas cantidades de lingotes de oro -amén de dinero en efectivo, joyas y obras de arte- a los países que sufrieron la desdicha de ser invadidos por sus fuerzas. Muchos de estos botines se han ido descubriendo y recuperando en cuevas, bóvedas o cuarteles que éstos usaban como almacenamiento de sus reservas. Pero aún hoy se especula mucho acerca del “oro perdido” que todavía no se ha recuperado, y de su posible ubicación en montañas o lagos de las regiones por las que deambularon.  

Sin ir más lejos, hace un par de años, una pareja de cazatesoros se embarcó en la ambiciosa búsqueda del legendario "tren de oro", un convoy nazi repleto de oro y joyas desaparecido en combate durante la huida de las tropas alemanas ante la llegada de las tropas soviéticas, y que supuestamente terminó sepultado bajo las montañas de la Baja Silesia, en Polonia.

Tras varias semanas de excavaciones y dinero invertido (o malgastado, según se mire), al final no hubo rastro del susodicho tren ni de su anhelado cargamento. 

Más suerte tuvieron en 2017 los buzos de la empresa británica Advanced Marine Services, que hallaron 4 toneladas de oro de un carguero alemán, el SS Minden, hundido cerca de la costa de Islandia. Por lo visto, el buque fue interceptado por dos destructores ingleses, y siguiendo las órdenes del mismísimo Hitler, el capitán alemán ordenó hundir el barco, sepultando el cargamento en el fondo del mar con el firme propósito de que impedir que cayera en manos del enemigo.

Así pues, no sería de extrañar que sigan apareciendo en un futuro hallazgos del famoso oro nazi del Tercer Reich.


VALORACIÓN PERSONAL: