viernes, 10 de julio de 2015

“Terminator: Genesis” (2015) – Alan Taylor



Sinopsis oficial: Año 2032. La guerra del futuro se está librando y un grupo de rebeldes humanos tiene el sistema de inteligencia artificial Skynet contra las cuerdas. John Connor (Jason Clarke) es el líder de la resistencia, y Kyle Reese (Jai Courtney) es su fiel soldado, criado en las ruinas de una postapocalíptica California. Para salvaguardar el futuro, Connor envía a Reese a 1984 para salvar a su madre, Sarah (Emilia Clarke) de un Terminator programado para matarla con el fin de que no llegue a dar a luz a John. Pero lo que Reese encuentra en el otro lado no es como él esperaba...
 
No hay duda que la primera “Terminator” se ha convertido, con el paso de los años, en un clásico del género, y que su continuación, “Terminator 2: el Juicio Final”, es una secuela ejemplar y uno de los mejores (y revolucionarios) blockbusters de los 90. Pero no todo el mundo es James Cameron, y los intentos por prolongar la saga más allá de las fabulosas entregas de su creador han sido un auténtico desastre. 

Desde la bochornosa “Terminator 3: Rise of the Machines”, en la que nos quisieron endosar un refrito de las anteriores entregas sustituyendo al temible T-1000 por un burdo androide femenino de curvilíneas formas, pasando por la olvidable - aunque entretenida- “Terminator Salvation”, en la que la acción nos situaba en el futuro en plena guerra contra las máquinas. A ésta última habría que reconocerle al menos el intento de ofrecer algo distinto a lo visto anteriormente, ubicando la historia en un escenario  que ansiábamos ver desde la película original: el futuro posapocalíptico en el que John Connor lidera la Resistencia contra las máquinas de Skynet. Claro que el guión era un pifostio de agárrate y no te menees, y ese futuro, con motos-cyborgs y robots gigantes que parecían sacados de la saga Transformers, poco tenía que ver con el futuro concebido por Cameron.

Desde entonces,  los derechos de la franquicia han sufrido un bailoteo constante, pasando de mano en mano sin que nadie supiera qué hacer con ellos. Hasta lo intentaron con una aburrida serie para televisión, “Terminator: The Sarah Connor Chronicles”, que sólo confirmaba la falta de imaginación y talento de quiénes han intentado prolongar el mito más allá de las películas de Cameron.
Y ésta “Terminator: Genesis” no es, ni mucho menos, la excepción. 

En el año de las secuelas-reboot de viejas franquicias (Mad Max: Fury Road, Jurassic World…), la película de Alan Taylor (Thor: The Dark World) se lleva la peor nota. Y ni siquiera el visto bueno del propio James Cameron, que la considera como la verdadera continuación de sus películas, sirve de aval para asistir a otro fallido intento de reiniciar la franquicia

O bien Cameron ha perdido el poco criterio que le quedaba o bien el cheque que le han ofrecido por respaldar la película ha sido generoso. En cualquier caso, no se entiende que se autoproclame “fanboy” de un producto tan rutinario y olvidable como éste.

 
Es evidente que esta secuela intenta ser el punto de partida para una nueva franquicia, muy al estilo de lo que hizo J.J. Abrams con “Star Trek”. Es decir, creando una nueva línea temporal que permita a los guionistas hacer lo que les venga en gana sin tener que rendir cuentas con las anteriores películas y sus respectivos fans. Y en cierto modo, este movimiento no es para nada una mala idea. Desgraciadamente, la película tiene poco que aportar al universo Terminator, y al igual que la tercera entrega, todo suena a ya visto pero en su peor versión. Otra muestra más de reciclaje de ideas que intentan perpetuar el mito tirando de nostalgia, a ver si así el público cae rendido a sus pies. Pero no nos engañemos, que por mucho Chuache que se ponga delante, este es otro fiasco más para la saga

Es más, da lástima comprobar cómo el propio Schwarzenegger intenta revivir sus años dorados con un personaje para el que, por mucho que nos duela, se ha quedado realmente viejo y obsoleto. Ni aunque justifiquen convincentemente su presencia con la excusa de que el recubrimiento del T-800 es piel humana que envejece, ni aunque ahora ejerza de “figura paternal” para Sarah. Y es que su mera presencia en pantalla provoca un déja vú que sólo invita a desalentadoras comparaciones. Sentimiento que se traslada de forma general  a toda la película. 

Si bien es cierto que algunos elementos criticables de esta cinta podrían achacársele también a la reciente “Jurassic World” (como el hecho de que tanto guiño más bien las haga parecer un remake encubierto), la ventaja del film de Trevorrow es que contaba con nuevos y atractivos personajes que permitían ir más allá de lo conocido. Aquí, sin embargo, tenemos a un Kyle Reese y una Sarah Connor que no resisten comparaciones con sus homólogos. Ni Jai Courtney ni Emilia Clarke dan el pego, y sus personajes además se resienten bajo un romance apresurado y cursi. Y aunque ella esté bien en los momentos, digamos, más dramáticos, como heroína de acción no consigue siquiera acercarse al legado de Linda Hamilton. El único personaje novedoso es el que interpreta J.K. Simmons, y en realidad poco o más bien nada aporta a la historia.

En cuanto al villano, su identidad supuestamente debería ser una sorpresa, pero fue vilmente desvelada/chafada por los responsables de marketing en un desesperado intento por seducir al público potencial. Dicho esto, es algo deshonroso que el rol recaiga en la figura de un héroe clave en la saga, y que para más inri éste devenga en una mala copia del T-1000.


Pero para ser justos, el tramo inicial de la película resulta bastante prometedor, dejando ver un futuro en guerra contra las máquinas más cercano al mostrado por Cameron en sus films. Y como ya he comentado antes, la idea de reescribir la saga con una nueva línea temporal, si bien no es original, sí resulta una vía de escape más que digna para reconducir de nuevo la franquicia. Pero lo bueno dura poco, y una vez los protagonistas pasan del alterado 1984 al futuro 2017, la historia se vuelve repetitiva y la trama empieza acusar agujeros de guión considerables. Incógnitas que quedan en el aire y a las que seguramente ni los propios guionistas sepan dar respuesta. 

Tampoco ayuda que el humor sea tan abundante como nefasto. La mayoría de los gags carecen de gracia o bien resultan lamentables, como por ejemplo contemplar al T-800 ejecutando –en varias ocasiones- un intento de sonrisa (guiño a una escena que en “Terminator 2” Cameron descartó por inapropiada. Insisto, INAPROPIADA).

A nivel visual, los efectos son, en un su mayoría, cumplidores. En particular, las escenas de destrucción iniciales y el jovencito T-800 original, con un acabado desde luego más convincente que en “Terminator: Salvation”. Por contra, y por raro que parezca, el T-1000 luce peor que el de hace dos décadas atrás. De las secuencias de acción cabría destacar la del puente de Golden Gate por su eficaz ejecución, aunque tampoco sea nada del otro mundo; y en el lado opuesto destacaría, por ridícula, la secuencia del T-800 a lo kamikaze contra un helicóptero.

En conjunto, no se puede negar que el invento entretiene medianamente. Al menos cuando uno no está dándole vueltas al rocambolesco guión. Y por supuesto, es mejor que la infame entrega de Mostow, cosa por otra parte no muy difícil. Pero eso no es suficiente para hacer como Cameron y darle el visto bueno.

 Probablemente hubiera sido más interesante seguir allí dónde lo dejó McG en “Terminator: Salvation”, centrándose en la guerra contra las máquinas, y dejarse ya de tanto viaje temporal y de tanto repetir la fórmula de la película original. Porque la fórmula más que gastada está OBSOLETA.  


 La premisa con la que parte para reiniciar la franquicia.

 Que dicha premisa se eche a perder a la media hora de película.


 
Valoración personal: 

domingo, 28 de junio de 2015

“Maggie” (2015) - Henry Hobson



Sinopsis oficial: Una chica de 16 años de un pueblo de América es infectada por un zombi. La joven tardará 6 meses en convertirse en zombi, y la transformación afectará la situación en su familia, en concreto a su padre, que continúa manteniendo su amor incondicional por su hija.
 
Tras retirarse oficialmente de la política en 2011, habiendo ejercido como gobernador del estado de California durante casi diez años, Arnold Schwarzenegger ha retomado su carrera cinematográfica con, digamos, más pena que gloria. Y es que no es fácil recuperar el estatus de “gran estrella del cine de acción” siendo ya un sexagenario, y menos cuando el género en sí mismo tampoco es lo que era en los 80 o 90. Si a eso le sumamos que son las películas de superhéroes y otros géneros fantásticos las que arrasan en taquilla y enloquecen al gran público, uno le tiene difícil para hacerse un hueco, por muy popular y taquillero que haya sido en el pasado.

Hasta ahora, y al igual que su amigo Stallone, Chuache ha tenido que tirar básicamente de nostalgia para atraer de nuevo al público a las salas. Sus cameos en la saga Expendables y proyectos como “The Last Stand” o “Escape Plan” juegan a ganarse el favor de esos nostálgicos que, como un servidor, hemos crecido devorando palomitas con sus películas. Pero como he dicho, los tiempos han cambiado, y por mucho que el amigo Arnold tire de icónicos personajes como Terminator o Conan a base secuelas tardías que no vienen al caso, va a ser complicado que el austríaco viva una segunda edad de oro. Lo que no podremos negarle es el mérito de haberlo intentado.

Y ya puestos a intentarlo, ¿por qué no probar con algo distinto? Imagino que el propio Schwarzenegger se haría esa preguntaría al aceptar participar en una pequeña película como “Maggie”.

Si repasamos su filmografía, plagada de cintas de acción y sucedáneos varios, “Maggie” se erige toda una rara avis. Anclada dentro de la temática zombie, género ya de por sí una novedad en el currículum de Arnie, la película nos muestra al actor como un sufrido padre de familia que tiene afrontar los últimos días de vida de su enferma hija Maggie (Abigail Breslin), afectada ésta por un extraño virus que convierte a la población en algo así como no-muertos.

Sin que aún se haya encontrado una vacuna que cure o siquiera evite su contagio, los hospitales optan por ingresar a los afectados por la enfermedad  y mantenerlos en cuarentena hasta que su estado ya es avanzado, momento en el que proceden a suministrarles una inyección letal. No obstante, a los pacientes con síntomas todavía leves se les permite pasar sus últimos días de vida junto a sus familiares antes de la transformación definitiva. 


Wade, dispuesto a aprovechar cada minuto que le queda de vida a Maggie, decide llevarla a casa, dónde intentarán hacer vida normal hasta que llegue el momento de decirse adiós. Días que no serán nada fáciles para ninguno de los dos. Mientras ella pasa los días y las noches temiendo transformarse en cualquier momento y herir a sus seres queridos sin siquiera ser consciente de sus actos, él, desolado por la situación, se niega a aceptar la realidad y se atormenta con la idea de tener que poner fin a la vida de su hija.   

Somos testigos así del amor incondicional de un padre hacia su hija, y de la impotencia de éste ante la terrible situación que se les ha echado encima. Y lo cierto es que Schwarzenegger está bastante correcto en el papel, dadas sus limitaciones actorales. Es evidente que alguien con mayor dominio de las emociones habría ofrecido una actuación más destacable, pero al menos el actor logra una comedida profundidad  más que convincente.

En realidad, el problema de “Maggie” no reside en las interpretaciones, más que aceptables, sino en la fatigosa dirección del debutante Henry Hobson. Eso, y que la cinta, pese a tener un enfoque más que interesante dentro del subgénero zombi (centrándose en el drama familiar más que en el aspecto más terrorífico y truculento de la historia), tiene en realidad muy poco que contar, por lo que hubiera funcionado mejor como cortometraje que no como largo. Amén de los escasos alicientes de la trama, subsanados en ocasiones por momentos de aplaudible lucidez (la escena en la que aparece el “síntoma del olfato”, por ejemplo, o los funestos minutos finales), las reminiscencias “malickianas” de Hobson y su gusto frustrante por los planos contemplativos hacen muy pesado su visionado

La película se torna demasiada aburrida e insuficientemente emotiva como para seguirla con interés. Y es una lástima, porque se agradece, y mucho, que de vez en cuando nuestro querido Chuache se aleje de la rutina y se arriesgue con una producción distinta a lo habitual. 

De hecho, todavía lamento más que uno de los proyectos  que iban a suponer su regreso a la gran pantalla no llegara al final a concretarse. El proyecto en cuestión, con guión de Randall Wallace (Braveheart) y emplazado en los últimos días de la IIGM, se titulaba "With Wings as Eagles", y versaba sobre un viejo soldado alemán que recibe la orden al final de la guerra de matar a un grupo de críos. Sin embargo, éste se niega e inicia una odisea para ponerlos a salvo poniendo en riesgo su vida. 

Para más inri, la historia estaba basada en hechos reales, con lo que hubiera sido en regreso de lo más refrescante.  Quién sabe, quizás algún día el guión se materialice, con o sin Schwarzenegger.



Su paternal enfoque al subgénero zombie; un Schwarzenegger alejado del rol de action-man al que estamos acostumbrados a verle.


 

Que incite constantemente al bostezo; lo inexplicable que resulta que el guión estuviera en la Black List.  




Valoración personal: 

sábado, 13 de junio de 2015

"Jurassic World" (2015) - Colin Trevorrow


Sinopsis oficial: Veintidós años después de lo ocurrido en Jurassic Park, la isla Nublar ha sido transformada en un parque temático, Jurassic Wold, con versiones «domesticadas» de algunos de los dinosaurios más conocidos. Cuando todo parece ir a la perfección y ser el negocio del siglo, un nuevo dinosaurio de especie todavía desconocida y que es mucho más inteligente de lo que se pensaba, comienza a causar estragos entre los habitantes del Parque.


“Parque Jurásico”, la película original del antaño Rey Midas de Hollywood, se ha convertido, por derecho propio, en todo un hito del cine de entretenimiento. Un espectáculo de primera clase que arrasó en las taquillas de todo el mundo y que supuso en su momento toda una revolución en el campo (por entonces en pañales) de los efectos especiales generados por ordenador.

La recreación en pantalla de aquellos dinosaurios que parecían estar vivitos y coleando delante de nuestras narices maravillló al público y dejó con la boca abierta a toda una generación de críos que aún hoy día recordamos con cariño y nostalgia esa increíble y emocionante experiencia. Fue tal el impacto que tuvo (y retuvo) la película, que terminamos asistiendo una auténtica invasión de “dinomanía”. Fue en aquél momento en el que descubrimos que a todos ¡nos encantaban los dinosaurios! Por supuesto, el enorme y diverso despliegue en merchandising que acompañó a la película tuvo también mucho que ver en ello.

Junto a Terminator 2 (estrenada un año antes), Jurassic Park sentó todo un precedente sobre cómo se desarrollarían los blockbusters venideros, tanto en materia de efectos como de negocio.

Por supuesto, ni Spielberg ni el estudio desaprovecharían la oportunidad de sacarle provecho a su exitosa adaptación (recordemos que se basaba “libremente” en una novela de Michael Crichton), y tres años después lanzarían la primera secuela: “El mundo perdido: Jurassic Park”. Aunque inferior a su predecesora, esta continuación también obtendría una sustanciosa recaudación. Y como el nombre de Jurassic Park vendía entradas sí o sí, se intentó una tercera vez, haciendo evidente la decadencia de la saga con la mediocre “Jurassic Park III”, estrenada en 2001.

Desde entonces han sido varios los intentos fallidos de llevar a cabo una cuarta entrega, con escrituras y reescrituras de guiones que parecía que nunca iban a llegar a buen puerto.  Hasta que hace unos años se anunció que Jurassic Park IV al fin llegaría a los cines y sería el inicio de una nueva trilogía. Lo que nos lleva hasta el día de hoy, con la presente “Jurassic World” copando las pantallas de medio mundo.


Llevando sobre sus espaldas semejante responsabilidad tenemos a Colin Trevorrow, quién sorprendió a propios y a extraños con su debut “Safety Not Guaranteed”, una pequeña perla indie enmarcada en el género de la ciencia-ficción y, más concretamente, en la siempre golosa temática de los viajes en el tiempo.

Decir que al amigo Colin no le ha temblado el pulso a la hora de pasar de una modesta película independiente a un proyecto de gran presupuesto, afrontando con mucha profesionalidad el reto de hacerse cargo de una secuela que acarrea, tanto para bien como para mal, con el peso del recuerdo de sus predecesoras.


 El director ha sabido manejar con soltura no sólo la acción, rodada de forma impecable, sino también el combinar sabiamente los momentos emotivos con los destellos humorísticos que copan el metraje. Y es que “Jurassic World” no sólo es una película muy entretenida, sino también divertida. Y eso sin quitarle un ápice del horror que supone ver convertido un parque temático destinado al goce en familia en una auténtica trampa mortal para los visitantes, con  letales depredadores del jurásico montándose un festín a base de tierna y jugosa carne humana. En ese aspecto, cabe destacar la palpable crueldad  de algunas secuencias, rodadas, eso sí, con estilo y sin necesidad de llegar al gore explícito. Al fin y al cabo, esto es una película para toda la familia, y en estos casos la contención prevalece.

Dado que la acción transcurre en la Isla Nublar original, con el proyecto del Parque Jurásico hecho realidad (sólo que con un nuevo nombre y muchas mejoras tecnológicas), las referencias a la primera película no sólo son inevitables sino continuas. La cosa va más allá del simple guiño (a veces directo, a veces más sutil), convirtiéndose en una secuela autoreferencial que por momentos nos recuerda a los mejores momentos de la cinta de Spielberg. Sin ir más lejos, tenemos una escena con un ¿apatosaurus? gravemente herido que se asemeja al encuentro con el triceratops enfermo de la primera entrega, y que para tales efectos cuenta también con un dinosaurio animatrónico (¡bien!). Además de homenaje, la secuencia en cuestión sirve como punto de inflexión en el desarrollo del personaje de Bryce Dallas Howard, la directora de operaciones del parque. Howard interpreta a Claire, una mujer que vive por y para su trabajo; más preocupada en contabilizar la rentabilidad del parque que en el bienestar de los dinosaurios o en el disfrute de los propios visitantes, a los que solamente ve como meras cifras. Por supuesto, esto irá cambiando en el transcurso de la cinta, y precisamente en esta escena es dónde empezará a desvelarnos su lado más humano.

Aunque aquí quién lleva la voz cantante es Owen, un exmilitar experto en comportamiento animal a quién da vida Chris Pratt. Owen, un tipo duro que parece salido de las viñetas de “Xenozoic Tales” de Schultz, lleva años entrenando a un grupo de agresivos velociraptores a los que ha conseguido, digamos, domesticar, estableciendo con ellos una relación tipo alfa, ganándose su confianza y respeto. Esto supondrá un elemento crucial de cara a afrontar la amenaza que se les viene encima cuando un despiadado y sumamente inteligente “superdinosaurio” logre escapar de su cautiverio y campe a sus anchas por el parque aniquilando a todo ser vivo -humano o dinosaurio- que se cruce en su camino. Como afirma en un momento dado el personaje de Owen, este monstruo apodado Indominus Rex “Mata por placer”.


 Al final comprobaremos que la única forma de acabar con semejante bicho malo es haciendo honor a aquello de “el enemigo de mi enemigo, es mi amigo”.

Claro que el Indominus no es el único malo de la película. A lo largo de la saga, ese rol a menudo se lo han repartido un dinosaurio y un humano. El típico personaje despreciable (¿os acordáis del orondo programador Dennis Nedry?) que representa  lo peor de nuestra especie; personaje que en esta ocasión recae en Vincent D’Onofrio (de actualidad por su papel de Wilson Fisk –villano, of course- en la serie “Daredevil).

Al trío protagonista se les suma la pareja de críos en peligro (otro clásico de la saga), a los que su tía Claire y Owen tendrán que rescatar, al tiempo que intentarán arreglar el desastre imperante (tiempo en el que seremos testigos también de la tensión sexual no resuelta entre ambos). A destacar también entre el elenco de secundarios a Lowery, el ingeniero técnico que colecciona figuritas de dinosaurios, y que pone el puntito friki (y las gotitas de humor) a la película.

Unas buenas dosis de rugidos, destrucción, carreras para salvar el pellejo y toneladas de nostalgia hacen de esta entrega la mejor secuela de “Jurassic Park” rodada hasta la fecha. Una entrega que, por su estructura, funciona a modo de reboot encubierto, lo que en cierto modo le resta originalidad. Una carencia que queda a todas luces compensada por su indiscutible efectividad como entretenimiento.

Una muy digna y respetuosa secuela que nos hace reencontrarnos con el niño que llevamos dentro. Cierto es que a estas alturas sus efectos digitales no nos van a sorprender, y que dudosamente provoque una nueva fiebre de dinomanía, pero desde luego sí resulta meritorio emocionarnos y a hacernos vibrar nuevamente en la butaca de una sala de cine escuchando la poderosa y pegadiza sintonía de John Williams.

El carisma de Chris Pratt y lo guapísima que está Bryce Dallas Howard. El humor y las constantes referencias al film original.


Que la clásica sintonía de Williams ensombrezca el notable trabajo de Michael Giacchino en la banda sonora. Que no posea la grandeza de la película original.


Valoración personal:

viernes, 17 de abril de 2015

“La oveja Shaun: La película” (2015) - Richard Starzak, Mark Burton


Curtidos primero en la pequeña pantalla  con cortometrajes y series de animación y, posteriormente, dando el salto al cine con joyitas como “Chicken Run: Evasión en la granja” o “Wallace & Gromit - La maldición de las verduras”, los estudios Aardman se han convertido por derecho propio en los reyes de la animación con plastilina (o clay-motion). Y aunque también han hecho sus pinitos con la animación por ordenador (no me cansaré nunca de recomendar y reivindicar la estupenda “Arthur Christmas”), lo cierto es que lo suyo es el stop-motion, un terreno que dominan a la perfección.

Prueba de ello es uno de sus últimos éxitos para televisión: “La oveja Shaun “, personaje surgido a raíz de un corto de Wallace y Gromit, y que poco a poco ha ido ganando popularidad.  La suficiente como para que ahora el estudio haga debutar a su famosa ovejita a lo grande con un largometraje de estreno en cines que lleva a nuestra protagonista de aventuras por la gran ciudad.

Shaun es una oveja muy lista y algo traviesa que vive con sus compañeras de rebaño en la granja de Mossy Bottom, al cuidado del Granjero y de Bitzer, su leal perro pastor.

Los días pasan sin novedades, hasta que un buen día, Shaun, harta de la monotonía  en la granja, decide urdir un ingenioso plan para conseguir tener un día libre.
Desafortunadamente, los acontecimientos no tardan en írsele de las manos y adquirir proporciones incontrolables…


Analizada fríamente, podríamos tildar a  “La oveja Shaun: La película” de ser un capítulo alargado de su homónima televisa. Y en cierto modo, no nos faltaría razón. Pero sería un error considerar eso como algo negativo, ya que en este caso el factor “mayor metraje” no es un atributo tomado a la ligera por sus responsables.

La trama urdida por Richard Starzak y Mark Burton es ejemplarmente dinámica. No existe sensación de “estiramiento” ya que todo funciona con la precisión de un reloj suizo, amén de ajustarse los minutos a una duración adecuada a las circunstancias (apenas alcanza la hora y media).  Esto nos permite disfrutar de la diversión al nivel de un capítulo pero durante mucho más tiempo, sin que eso signifique alargar el chiste más de lo necesario.  


El slapstick como una de las piezas fundamentales del engranaje humorístico, junto a los ingeniosos gags tan puramente british o las simpáticas referencias cinéfilas (brillante la llegada de Shaun al centro de Control de Animales) hacen de “Shaun the Shaun” otra muestra del talento imaginativo de Aardman, consiguiendo que los neófitos enseguida le cojamos cariño a Shaun y su trupe de ovejas descarriadas, a Bitzer e incluso a puntuales secundarios como Slip, el perrito huérfano (aunque más bien parezca una rata gigante) que ayuda a nuestros amigos a moverse por la gran ciudad.

Por supuesto,  toda gran aventura necesita a su villano, y ese papel  recae en un implacable trabajador/recolector del Control de Animales, quién perseguirá sin descanso a la huidiza Shaun y al resto de animales.

Aventuras y desventuras en la gran ciudad a un ritmo ágil y con una calidad de producción impecable. No hay más que fijarse en los detalles de los personajes, objetos y distintos elementos que aparecen en pantalla, lo conseguido del aspecto y las texturas en el acabado de los mismos, etc. Un trabajo minucioso al que hay que añadir el siempre laborioso proceso de filmación fotograma a fotograma que precisa la animación en stop-motion. Sólo por eso ya vale la pena acercarse al cine más cercano a ver “La oveja Shaun: La película”.



Valoración personal:

jueves, 2 de abril de 2015

Fast & Furious 7 (A todo gas 7)



Siete son los días de la semana; siete son los colores del arcoíris; siete son los pecados capitales, y siete son las entregas que lleva ya una saga que parecía muerta tras su mediocre tercera parte, pero que logró resucitar de sus cenizas a partir de la cuarta. Siete entregas en las que valores como la familia y la camadería han ido echando raíces y calando hondo entre la pandilla protagonista dentro y fuera de la pantalla. De ahí que este capítulo, dispuesto una vez más a proporcionarnos un par de horas (y algo más) de loca y adrenalítica diversión, se contemple con cierta pesadumbre. Y es que el inesperado fallecimiento de Paul Walker, uno de los pilares de la saga, ha supuesto un duro golpe tanto para sus allegados (entre ellos su estimado compañero de reparto, Vin Diesel) como para los fans del joven actor. 

Su trágica desaparición obligó a los productores a suspender el rodaje de la presente película, retomándose éste meses más tarde con la colaboración de los dos hermanos del actor, Brian y Caleb, quienes se prestaron a reemplazarle para finalizar la participación de su personaje en la cinta. De este modo, con ayuda del retoque digital y con el material ya rodado por el propio Walker (la mayor parte de sus escenas, visto lo visto), “Fast & Furious 7” ha podido llegar finalmente a nuestras pantallas. Y lo hace bajo los mandos de James Wan, que sustituye a Justin Lin  (director de las cuatro anteriores entregas) en la silla de director.

Ni qué decir que Wan, especializado hasta el momento en el género de terror, ha sabido adherirse sin dificultades al espíritu de la saga, elaborando un producto continuista con respecto a sus predecesoras. Y lo es tanto en términos de acción, rodando secuencias automovilísticas, en ocasiones, absurdamente espectaculares; como en términos argumentales, continuando la historia allí dónde la dejó el final de la sexta entrega (ver escena postcréditos de la misma).

Y es que en esta ocasión tenemos a Deckard Shaw (Jason Statham), hermano de Owen (el malo malísimo –interpretado por Luke Evans- en “Fast & Furious 6”), dando caza a nuestros amigos en busca de venganza. Porque la familia es sagrada,  tanto para unos como para otros. Y si no que se lo digan a Bryan Mills/Liam Nesson. 

Si la incorporación y posterior asentamiento de Dwayne Johnson a la franquicia ha supuesto un acertado plus de cara a la testosterona varonil imperante, la elección de Statham no puede tacharse de otro modo también que de acierto total. Y eso pese a que el guión vaya dando tumbos un tanto extraños en lo concerniente a su personaje.


La verdad es que la trama podría haber seguido la simple pauta vengativa de su premisa inicial propone, pero la cosa se complica un poco más y de forma un tanto rocambolesca metiendo a terceros (los personajes de un –bienvenido, eso sí- Kurt Russell, o el de Djimon Hounsou como “villano Nº2”) en un entramado que, a fin de cuentas, funciona como mero macguffin para 1) llevar a los personajes de turismo por distintas ciudades, potenciando el exotismo de sus localizaciones, y 2) propiciar el escenario idóneo en el que permitirse añadir elementos armamentísticos (camiones con ametralladores por todos lados, drones implacables cargados con misiles…) potenciadores de la cota pirotécnica pertinente y que, con cada secuela, parece destinada a ser rebasada. 
Todo ello estirando la trama más allá de lo estrictamente necesario y postergando el duelo Statham vs Diesel (nutrido a lo largo del metraje, no obstante, con semi-duelos no consumados) hasta la traca final (una desenlace de órdago repleto de explosiones y efectos digitales). Y es que más de 130 minutos son quizás demasiados minutos para una película algo reiterativa en algunos puntos (Statham apareciendo de la nada cada vez que Dom y cía. se encuentran en plena faena) y que, quitando de aquí y de allá, hubiera quedado mucho más redonda y menos recargada.

Pero a pesar de estos detalles, de menor importancia para una cinta de estas características, lo cierto es que el entretenimiento está garantizado. La acción es, sin lugar a dudas, la que lleva la voz cantante y la que hará las delicias de los entusiastas de la adrenalina, con grandilocuentes set-pieces tan extremas y espectaculares como absurdamente descabelladas. Y es que aquí la palabra “imposible” no existe, y si ya en la sexta veíamos a Vin Diesel “volar” (recordemos la delirante secuencia en la autopista de Tenerife), ahora es un coche el que “sale disparado” de rascacielos en rascacielos. Y nuestros protagonistas sin despeinarse, oye (Diesel menos todavía, por razones obvias).

Si Stallone y sus muchachos son los “expendables”, a Dom y su trupe habría que llamarles “los indestructibles”, porque no hay nada que acabe con ellos. Ya pueden saltar de un coche en marcha a más de 200 km por hora, volar por los aires y aterrizar en el techo de un automóvil varios pisos más abajo o lanzarse cuesta abajo por un precipicio, que saldrán vivitos y coleando de la hazaña (no sin algún ligero rasguño, por supuesto).


Personalmente, encuentro lo exagerado de la acción un tanto contraproducente para mi gozo particular, aunque no puedo negar que resulta difícil no dejarse llevar por su rebosante locura y por su tono, en cierto modo, autoparódico (la apertura del filme es toda una declaración de intenciones). Y es que a veces lo insano tiene su encanto. Cierto es también que la saga ha ido creciendo en ese aspecto, evolucionando y retroalimentándose a sí misma con el paso de las entregas. El macarrismo inicial sigue presente, pero sazonado (o acertadamente desvirtuado) de la acción al más puro estilo ochentero-noventero (fantasmadas, chascarrillos, frases lapidarias…). 
Aunque Wan recupere parte de la “esencia poligonera” de aquellas, como puedan ser los primeros planos de lujuriosos traseros femeninos a ritmo de reggeaton (el apartado musical sigue siendo infame desde el filme original) y del montaje videoclipero más atroz ; o las secuencias automovilísticas repletas de acelerones y derrapes para entusiastas de la velocidad, la verdad es que la franquicia ha transmutado en un singular híbrido entre Fast & Furious, El Equipo A o Los mercenarios, y “xXx”, la otra película de acción destacable de Vin Diesel (Riddick aparte). Desde hace varios capítulos que Diesel y cía han ampliado el radio de acción más allá de las cuatro ruedas. Los tiroteos, los brutos enfrentamientos cuerpo a cuerpo, etc. forman parte ya de su sello personal, y no sólo los hombres dan caña sino también las féminas demuestran que pueden repartir leña tan duramente como el que más. 

A esto hay que sumarle atributos más, digamos, profundos, como el amor (la relación entre Dom y Letty), la amistad o la familia. Aspectos que, junto a lo ya mencionado, hacen de esta “renovada” saga un inevitable placer culpable (¿o no tan culpable?).

Así que amigos, pasen, vean y disfruten sin complejos de este, por el momento, último episodio de la saga. Una entrega que, además, sirve de sincero homenaje y emotiva despedida a ese simpático chico rubio de ojos azules llamado Paul Walker. Un triste adiós que han sabido llevar de forma bastante respetuosa. DEP.



P.D.1: A título personal, me sigo quedando con la quinta entrega. Me parece la más equilibrada de todas. Y la espectacular persecución final con la caja fuerte a cuestas es una delicatesen  insuperable.


P.D.2: ¿Hacia dónde irá la saga ahora? Por el momento, tenemos asegurada una octava entrega (con planes de llegar hasta la décima), y parece que la presencia de Kurt Russell en ésta séptima ha sido una introducción de su personaje de cara a la próxima. ¿Dom y cía trabajando para una agencia gubernamental?


Valoración personal: