viernes, 18 de abril de 2014

“The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro” (2014) – Marc Webb


Aunque no gozara del beneplácito del fandom pro-Raimi más radical, lo cierto es que “The Amazing Spider-Man” hizo buena caja y ganó más adeptos de los que se esperaba (servidor, entre ellos).Ese es el motivo de que aquél –en primera instancia, repudiado- reboot tenga ahora su secuela, y de que eso signifique gozar de una de las películas de superhéroes más estimulantes y emocionantes de los últimos años.

Pero no adelantemos acontecimientos…

Primero de todo, hay que reconocerle a Sony el haber hecho bien los deberes desde el principio al tratar de alejarse, para bien o para mal, lo máximo posible de la franquicia predecesora. Más que nada, porque no era plan de volver a contar lo mismo pero con otras caras.

Es por eso que todo cuanto nos cuentan Webb y cía resulta, en cierto modo, novedoso (al menos para los neófitos del cómic). Desde el nacimiento del héroe hasta su madurez, pasando por su primer gran amor o el misterioso pasado de sus padres. De hecho, esto último es el arco argumental sobre el cual se sustenta toda esta nueva saga. Aunque en cada entrega la presencia de un villano principal suponga una historia autoconclusiva en sí misma, todo lo que tiene que ver con la desaparición de los padres de Parker y su vinculación con Oscorp es el eje sobre el que giran estas nuevas aventuras del trepamuros. De este modo, podríamos considerar la primera película como el inicio de la historia, esta secuela como el nudo y la futura tercera entrega como el desenlace (cuya primera piedra se instala al término de ésta).

Esta continuidad ligada al entorno familiar de Parker es el “gran secreto” que se desvela en “The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro” para entender la naturaleza del héroe y también la de sus antagonistas pasados, presentes y futuros. Al fin Parker descubrirá la verdad y comprenderá el porqué de su forzoso abandono. Todo ello mientras trata de lidiar con el amor de su vida, la encantadora Gwen Stacy.

El acierto de Webb para con Spider-Man es el haber sabido tejer las relaciones humanas entre los personajes. En esta ocasión, con más razón todavía, pues Parker sufre, Gwen sufre y Tía May sufre… ¡Y qué  demonios!, yo sufro porque ellos sufren. Ese grado de vinculación con los protagonistas es crucial a la hora de disfrutar de la película a otro nivel. No se trata sólo de dejarse asombrar por el espectáculo pirotécnico, que también, sino de acercarse íntima y psicológicamente a esos personajes.  


El reincidente debate interno de Parker entre su alter ego (y su deseo de llevar una vida lo más normal posible junto al amor de su vida) y su lado justiciero (la euforia de embutirse en el traje y hacer cabriolas en el aire; la satisfacción de zurrar a los malechores y ser admirado por ello, etc.) está sólidamente retratado, haciendo hincapié en aquello de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Las dificultades de llevar una doble vida son inevitables. Ser Spidy puede ser tan divertido como peligroso, sobre todo para quienes le rodean (sus seres queridos más cercanos, especialmente). Pero ser Spider-Man no es ni tan siquiera una elección sino un deber; algo que esos poderes le exigen ser. Es el legado (no tan casual) que indirectamente le otorgaron sus padres. Su inevitable destino.

Ese debate interno tiene ahora el foco de atención puesto en la promesa hecha al padre de Gwen, algo que no ha parado de atormentarle desde entonces. Parker quiere demasiado a Gwen como para alejarse de ella, pero reconoce que a su lado ésta está en constante peligro. Esa disputa entre lo que quiere y lo que cree que es correcto; entre lo que le dicta su corazón y lo que le dicta su conciencia, es el motor que hace avanzar y retroceder su relación amorosa.

Pero no todo en la doble vida de Parker tiene que ser tan engorroso, y aunque cueste sobrellevar los quehaceres diarios de su vida de adolescente con la de justiciero enmascarado, sobre todo viviendo con su tía (quién pese al comportamiento cada vez más extraño de su sobrino, poco sospecha del gran secreto que le oculta), lo cierto es que su alter ego se ha beneficiado, a su manera, de tan envidiosos superpoderes. Poco queda ya de aquél nerd patético y ahostiable que encarnó Maguire. El Parker de Garfield es un joven que ha ganado confianza en sí mismo (¿quizás demasiada?), lo que se traduce a su vez en un Spider-Man más seguro y dicharachero. Y aunque existan voces en su contra, lo cierto es que los ciudadanos de Nueva York le adoran y le aclaman allá por donde pasa.

Spider-Man es un héroe que inspira a la gente, y eso es lo que, pese a cualquier obstáculo que se le presente o cualquier calamidad que aflige su corazón, le hará seguir embutiéndose en esas ajustadas (y sorprendentemente resistentes) mallas de azul y rojo. La ciudad necesita Spider-Man, y eso está por encima de todas las cosas.

Parker se divierte siendo Spider-Man y sufre siendo Peter Parker. Es la historia de su vida, y nunca mejor contada que en esta secuela.


Por otro lado, Webb ha decidido introducir algunos cambios visuales relevantes con respecto a su primera incursión en el universo del trepamuros. Si, por ejemplo, en la primera película decidió apostar por un mayor realismo de cara a los desplazamientos de Spidy empleando cables y dobles de acción en sustitución del recurrido píxel, en esta ocasión hace justo lo contrario y se beneficia más que nunca de los efectos digitales en favor de un mayor y superlativo grado de espectacularidad. Y es que hay cosas harto difíciles de realizar sin la ayuda de un ordenador, a menos que Garfield o su doble tengan realmente superpoderes. Así pues, Spidy se desplaza ahora entre los rascacielos de Nueva York surcando los cielos haciendo virguerías imposibles propias de las viñetas. El dinamismo que eso confiere a las secuencias de acción es fundamental de cara a la confección de las mismas, con un ágil y escurridizo Spider-Man de gestos y movimientos más arácnidos que nunca, y al que podemos observar en todo su esplendor gracias a los ralentíes y cámara lenta a los que de vez en cuando recurre Webb en las moviditas secuencias de acción.

Otro cambio evidente es el diseño del traje, debido muy probablemente al descontento generalizado (aunque una vez en movimiento tampoco desentonaba tanto) con el que Garfield/Parker lució en la primera entrega. Se abandona, por tanto, el moderno (y deportivo) rediseño previo para volver a los orígenes comiqueros y de este modo recuperar el aspecto más clásico del traje que Spider-Man lucía en los cómics (y también en las películas de Raimi, todo hay que decirlo).   

A la guasa que se gasta nuestro protagonista en plena en acción, hay que añadirle en términos de humor, la gran variedad de ingeniosos gags y simpáticos guiños que aportan a la historia la frescura y diversión friki que hay que exigirle a una película de este tipo. A fin de cuentas, no vamos al cine a llorar como magdalenas sino a pasar un buen rato devorando un cubo de sabrosas y saladas palomitas. A tales efectos, “The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro” es la elección perfecta para pasar una agradable velada en la oscuridad de una sala de cine. La película lo tiene todo: acción, humor, romance, tragedia, espectacularidad…  Un genuino divertimento que supone la consagración de Spidy en el cine. Apta para todo buen fan del cine de superhéores y, sobre todo, de Spider-Man (salvo que seas demasiado fan de la versión de Raimi).


Valoración personal:

lunes, 7 de abril de 2014

“Noé” (2014) – Darren Aronofsky


Podrá gustar más o podrá gustar menos (en humilde mi caso, ni fu ni fa), pero si hay algo  absolutamente incuestionable que se pueda decir acerca de Aronofsky, es que desde que desde sus comienzos, cada una de sus películas ha sido muy diferente a la anterior. Desde sus extraños thrillers psicológicos como “Pi, fe en el caos” o “Cisne negro”, hasta la miseria más descarnada de “Réquiem por un sueño” o la dolorosa redención de “El luchador”, el cineasta ha perseguido siempre el componente dramático y turbador de aquellas historias que ha llevado a la gran pantalla. Ahora, tras algún que otro intento fallido por el camino, Aronofsky ha conseguido llevar a nuestras salas de cine una de las grandes epopeyas bíblicas del Antiguo Testamento: el diluvio universal.

La película cuenta con el australiano Russell Crowe en el papel de Noé, un hombre justo y bondadoso en un mundo en el que el resto de sus semejantes se han convertido en unos salvajes caníbales.  Pero Noé vive en paz y harmonía con la naturaleza junto a su mujer Naameh y sus tres hijos: Sem, Cam y Jafet. Por ese motivo, Dios le elige a él para encomendarle una misión de vital importancia antes de que tomar medidas drásticas contra la humanidad. Noé recibe, a través de los sueños, el encargo de construir una embarcación en la que salvar a su familia y a dos animales (hembra y macho) de cada especie antes de que el Creador se disponga a erradicar la violencia y la maldad del hombre destruyendo su generación con un catastrófico diluvio.

Aunque un prólogo algo cochambroso nos haga temer lo peor, lo cierto es que “Noah” logra, de entrada, una de sus principales propósitos: ofrecer un brioso espectáculo visual a la altura de lo que demanda el relato.

Nunca antes se había llevado a la gran pantalla la historia de Noé como en esta ocasión. Se han realizado distintas cintas de animación, miniseries para televisión e incluso algunas películas se han inspirado en ella para elaborar libres versiones, como “El arca de Noé” de Michael Curtiz, que transcurre durante la I Guerra Mundial, o una inofensiva aventura familiar de Disney titulada “El último vuelo del Arca de Noé”. Por ello, Noé no tiene con qué compararse, lo que en cierto modo es una ventaja. La personal versión de Aronofsky sienta un nuevo precedente cinematográfico, aunque lo suyo también pueda considerarse como una libre adaptación más que como “la obra definitiva” al respecto.

De entrada, sorprende el propósito más bien comercial (y no tanto aleccionador, cosa que se agradece) que parece haberse fijado de cara al asistente a las salas, pues el “Noé” de Aronofsky luce como un blockbuster y funciona como tal. Podríamos pensar que tratándose de un cineasta de la clase de Aronofsky, es decir, un autor, las pretensiones podrían haber ido a más (y quién sabe, quizás lo haya pretendido), pero lo cierto es que a grandes rasgos esta aventura bíblica no es otra cosa que un gran espectáculo para todos los públicos (creyentes o no creyentes). Por supuesto, está sujeta a la libre de interpretación que de ella pueda hacer cada espectador en relación a sus creencias (o a la falta de ellas), pero considero que dejando de lado ese aspecto tan subjetivo y personal, la cinta se erige, no sin ciertas dificultades, como un válido entretenimiento épico-religioso.


Al relato en sí no es que le falte fantasía, precisamente, pero aun así Aronofsky aprovecha todo lo que puede del relato original para magnificar los aspectos que más y mejor pueden corroborar y afianzar esa condición de blockbuster. Véase, por ejemplo, a los Vigilantes, unos ángeles caídos y transformados -por castigo divino- en gigantes de piedra, que intervienen en la historia para ayudar a Noé.  Estos gigantes, de movimientos un tanto peculiares (más que digitales, parecen estar hecho en stop-motion) están dispuestos, si hace falta, a repartir leña entre quiénes osen interferir en los propósitos de Noé. Aunque éste último tampoco es que se quede corto en estas lides…  Hostias a diestro y siniestro entre el buen sirviente de Dios y sus blasfemos enemigos liderados por el malo maloso Tubal-Caín (Ray Winstone) aderezan una historia que se contagia del cine épico-fantástico reciente tan made in Hollywood. Aunque por encima de todo eso, y más allá de su espectáculo visual, subyace un claro convencimiento de que la cinta logre trasladar al espectador un mensaje de esperanza. Un último repunte de fe en la humanidad y en la capacidad de redención.

Es a lo largo de todo el tramo final donde la película presenta una mayor discordancia para con los sucesos previos, pues se deja a un lado la acción para dejar paso al lado más humano del relato: el debate interior de un hombre de fe sometido a la presión de una terrible decisión. Un acto en sí mismo ha de decidir el destino de toda la humanidad.


El periplo familiar, por tanto, no termina con el diluvio sino que con éste se inicia la etapa más dura del viaje. Y es al final de ésta cuando se nos mostrará el triunfo del amor, la fe y la esperanza por encima del odio y el miedo. El nacimiento de una nueva era, la semilla del porvenir. La creación frente a la destrucción. La búsqueda de un futuro mejor tras haber aprendido de los errores del pasado.

De todos modos, y de cara al aspecto más religioso de todo el tinglado, decir que hace más por la doctrina de la Biblia la habitual programación televisiva de Semana Santa que el “Noé” de Aronofsky. Bien podría haberse convertido ésta en la “Los diez mandamientos” de nuestros tiempos, pues mimbres para ello tiene y de sobras, pero Aronofsky no es ni mucho menos DeMille, y al final la cosa deviene simplemente en un entretenido pasatiempo de lujosa  producción y atractivo reparto. Que en estos tiempos que corren tampoco es nada desdeñable, aunque viniendo de quién viene quizás muchos se sientan decepcionados o algo insatisfechos con el resultado.

 P.D.: Mi conclusión colateral al respecto de todo esto es que la humanidad somos producto del incesto (¡al diablo con la teoría de la evolución!). Pero bromas aparte,  hay que reconocer que la película se presta, sin quererlo, al cachondeo constante. No hay más que ver a Noé en su empeño por complacer a su Creador, mientras que sus hijos adolescentes parece que sólo piensen en fornicar...


En cualquier caso, el que prefiera tomársela más en serio, no creo que no encuentre obstáculos para ello. Por el contrario, el que busque “fidelidad” quizás se dé con un canto en los dientes.



Valoración personal:

lunes, 10 de marzo de 2014

“300: El origen de un imperio” (2014) - Noam Murro


Tras debutar con el formidable remake de “Amanecer de los muertos”, el cineasta Zack Snyder se puso manos a la obra con “300”, adaptación de la conocida novela gráfica de Frank Miller. Precedida de una fuerte campaña publicitaria y unos trailers arrolladores, ésta llegó a los cines en 2007 para convertirse en pocas semanas en la segunda película más taquillera del año por detrás de “Piratas del Caribe: En el fin del mundo”. Aunque la crítica más sesuda se cebó con ella, lo cierto es que los espectadores (servidor incluido) se mostraron encantados de contemplar el brioso, sangriento y ampuloso espectáculo que Snyder ofrecía a golpe de cromas.

Como es habitual en la industria hollywoodiense, semejante éxito no podía quedarse sin su pertinente secuela, de la cual se estuvo hablando durante largo tiempo. Por aquél entonces, los productores tomaron la decisión de esperar a que Miller hiciera lo propio con su novela gráfica, es decir, que escribiera una continuación de su puño y letra para luego ésta ser llevada a la gran pantalla. Y así es como ha sucedido, aunque esto les haya llevado más tiempo del que seguramente tuvieran previsto, pues “300 – El origen de un imperio” llega a nuestras carteleras ocho años después del filme original. Y lo hace con el desconocido Noam Murro en la silla de director en sustitución de Snyder, ahora productor.

Aunque se llegó a rumorear la idea de realizar una precuela, parece que la negativa de Gerard Butler a encarnar de nuevo a Leónidas obligó a concebir esta segunda entrega como una continuación directa de aquella sin la presencia del rey espartano. Y si bien esto es así, lo cierto es que la cinta contiene un poquito de precuela y secuela a la vez, e incluso parte de la acción transcurre simultáneamente en el tiempo a los hechos mostrados en su antecesora.

Para situarnos en el contexto, el director nos propone un -algo largo- prólogo (voz en off mediante) en el que nos presenta rápidamente al nuevo protagonista, el general griego Temístocles, al tiempo que nos relata los orígenes del temible Xerxes, un mortal devenido en dios rey. A partir de ahí, la película desarrolla los intentos de Temístocles de unificar toda Grecia para combatir al poderoso y numeroso ejército persa, y su lucha constante contra la armada de dicho enemigo, lo que obviamente propiciará los violentos e impactantes enfrentamientos que el público desea presenciar.

Si bien ya no tenemos a Snyder tras la cámara, lo cierto es que su sello sigue presente. Murro, que en su currículum contaba hasta el momento con tan sólo una comedia dramática a sus espaldas, se ha limitado a plagiar el estilo de su mecenas, que a fin de cuentas es lo que se le exigía. Y eso se traduce, además de fidelidad en la particular estética comiquera de su predecesora, en un constante uso (o abuso, según se mire) de cámara lenta y en una fijación absolutamente desmesurada por la violencia exhibida y la generosa hemoglobina (digital) resultante de ella.

En este sentido, es totalmente continuista y fiel al producto original, tanto en el aspecto visual como en todo lo demás. Sus pretensiones van ligadas al tipo de espectáculo que pretende ofrecer, por lo que al guión tampoco se le puede pedir mucho más. Y es que cuando uno va a ver un blockbuster de este tipo no busca, ni mucho menos, alimento para sus neuronas; tan sólo mero entretenimiento con el que satisfacer al crío juguetón e impresionable que todos llevamos dentro.

Acudir a una sala de cine a disfrutar de un blockbuster es lo más parecido a irse a un McDonald’s a saciar el hambre. Lo malo es que en esta ocasión la hamburguesa sabe a plástico y encima te deja con hambre…


En su momento, “300” poseía un look pocas veces visto, y deudor de otra adaptación cinematográfica de Miller, “Sin City”, aunque alguno que otro antes que Rodríguez y Snyder ya había osado rodar algo parecido (¿alguien se acuerda de la fallida “Sky Captain y el mundo del mañana”?). Por entonces, aquello era algo novedoso y muy atractivo, y eso, unido al culto al cómic y a la fuerza visual del director, hacía de la primera entrega un espectáculo único en su especie. Luego vendrían Speed Racer, The Spirit, Watchmen… E incluso la pequeña pantalla se vería contagiada por el “virus del croma” con series como “Spartacus: sangre y arena”. Pero más allá de lo visual, la clave de todo residía en que la película molaba porque los espartanos molaban; porque Leónidas molaba (un huevo y parte del otro). Pero aún con toda su espectacularidad (y no es poca), esta secuela no ha conseguido otra cosa que dejarme frío.

He sido testigo impasible de su sanguinaria violencia y sus cuasi pornográficas explosiones de testosterona sin atisbo alguno de emoción o empatía hacia lo que transcurría ante mis ojos. Quizás se deba, en parte, a lo artificial de su mencionada estética;  a lo esquemático y repetitivo de su “trama” (por llamarla de alguna forma) o al agotador “non-stop” de acción desenfrenada (no hubiese estado de más dejar que el espectador se tomara un respiro algo más prolongado entre batallita y batallita). Pero tales pormenores podrían atribuírsele perfectamente a su predecesora, y sin embargo aquella sí resultaba un producto sumamente disfrutable. Entonces, ¿cuál es el problema? Que la sombra de Leónidas es muy alargada, y que pese a su poderío visual, su estruendoso dolby-surround y portentosa banda sonora, y sus sangrientas batallas, esta continuación palidece ante las comparaciones.

Porque aunque Gerard Butler no haya hecho prácticamente nada destacable tras la cinta que lo catapultó a la fama, es innegable que posee carisma, y en la piel de Leónidas éste desbordaba la pantalla, lo que contribuía a hacer del rey espartano un personaje admirado y querido. Su relevo aquí, el también australiano Sullivan Stapleton, no le llega ni a la suela de los zapatos. En parte, porque el personaje, aunque es un gran estratega militar (como se demuestra en las distintas batallas navales entre atenienses y persas), carece del ímpetu guerrero de los espartanos y de la arrolladora presencia de su líder. Pero sobre todo, porque Sullivan es un sosainas.

La ausencia de un protagonista digno de mención se compensa, no obstante, con la fuerte presencia de una villana de excepción: Eva Green, que encarna a la vengativa Artemisia, comandante de la armada persa. Pese a lo funesto de sus líneas de diálogo (algo común al conjunto del guión), la actriz compone una antagonista de peso (despiadada, inteligente, manipuladora, sexy…), y que contra todo pronóstico cobra un protagonismo muy por encima del esperado por un Xerxes casi ausente que ni pincha ni corta en la historia.


Artemisia es el motor de la película, y la que con sus apariciones logra despertar el interés de un espectador (servidor), totalmente absorto del vacío espectáculo que se le ofrece. Porque aunque entretiene (eso no se le puede negar), “300 – El origen de un imperio” no deja ningún poso; no invita a entrar en su historia sino a contemplarla desde fuera, como si se tratara de un videojuego al que otro juega mientras nosotros le observamos.

La sensación es muy parecida a la que transmitía “Sucker Punch”, que ni con toda su parafernalia y espectacularidad lograba arrastrar al espectador dentro del virtuoso torbellino de imágenes que se desencadenaban. Aquí ocurre exactamente lo mismo.

Me considero defensor a ultranza del film de Snyder aun admitiendo sus innegables carencias. Incluso eché el rato con esa burda copia que era “Immortals”. Sin embargo, no logro mostrarme igual de indulgente con la película de Murro. Y eso pese que el cambio de aires con respecto al campo de batalla (de la arena al mar) le sienta de maravilla (las batallas navales son todo un espectáculo). También los enfrentamientos, aunque exagerados (litros y litros de sangre por doquier aún con el mínimo cortecito en la piel, y saltos imposibles dignos del mejor espectáculo circense), están muy bien coreografiados; el exceso de CGI es el que se presume en un film de estas características; y hay imágenes realmente impresionantes en un sentido estrictamente visual. Pero no, no es lo mismo…


Y aun así, creo que la inmensa mayoría de fans del original la disfrutarán y le proporcionarán la taquilla suficiente para dar luz verde a la evidente tercera entrega que el desenlace de ésta nos sugiere. A los que no hemos caído rendidos a sus pies (¿una minoría?), no nos queda otra que deleitarnos con un revisionado de la “300” original.


Valoración personal:

domingo, 23 de febrero de 2014

“Monuments Men” (2014) – George Clooney

Al tiempo que su carrera como actor cinematográfico (tras sus comienzos en televisión) se ha ido consolidando (con un Oscar y tres Globos de Oro en su haber), George Clooney ha flirteado también con las labores de dirección y guión que le hicieron debutar en 2002 con la extraña (y fallida) “Confesiones de una mente peligrosa”.  Más tarde llegaron sus dos mayores logros en este campo: “Buenas noches, y buena suerte”, con 6 nominaciones a los Oscar; y la más reciente “Los idus de marzo”, en opinión de un servidor un drama político magnífico y su mejor película hasta la fecha.

Entre ambas cintas el actor reconvertido en director/guionista rodó “Ella es el partido”, una comedia romántico-deportiva muy al estilo del Hollywood clásico (Cary Grant hubiera estado encantado de protagonizarla), y que pese a resultar un simpático trabajo libre de pretensiones no terminó de cuajar entre el público y mucho menos entre la crítica.

Pero ahora, con más experiencia sobre sus espaldas y con el buen sabor de boca dejado por su anterior filme, lo cierto es que uno esperaba bastante más de su última incursión como cineasta. Sin embargo, podemos afirmar desde ya que se trata de un filme olvidable.

Con “Monuments Men” Clooney nos traslada a finales de la II Guerra Mundial para relatarnos la gran epopeya (basada en hechos reales) de un grupo de hombres -formado por historiadores y expertos en arte- a los que se les encomendó una importante y peligrosa misión: recuperar las obras de arte robadas por los nazis durante la guerra. Desgraciadamente, y dejando de lado las licencias artísticas en las que se hubiera podido caer (imagino que no pocas), lo cierto es que la aventura que se nos presenta aquí no tiene ni pizca alguna de épica. Ni tan siquiera unos mínimos de intriga para tenernos enganchados a la pantalla pendientes de la acción. De hecho, el relato tiende a ser bastante irregular e insulso (parece que no arranque nunca ni ocurra tampoco gran cosa a lo largo del metraje), resultando por momentos incluso algo aburrido. Y eso pese a que cuenta con un reparto plagado de buenos intérpretes y algunos momentos realmente conseguidos.


El problema radica en la inconsistente y poco acertada mezcla de humor y drama que se intenta homogenizar en un film que hubiese requerido ubicarse en un género concreto. Y es que había dos posibilidades de alcanzar la gloria con “Monuments Men”: o bien rodando un sólido drama o bien una desinhibida comedia. Clooney, que escribe el guión junto a su habitual colaborador Grant Heslov, ha elegido las dos opciones al mismo tiempo y ha fracasado en el intento. Y es que por un lado la parte humorística resulta algo insípida y con gags algo fuera de lugar (la secuencia con el joven francotirador).  Si bien no se le puede negar que por momentos sí logra despertar la simpatía del espectador (la secuencia de la mina) gracias, principalmente, al carisma de actores como Murray, Goodman o Dujardin (estos dos últimos muy desaprovechados, todo hay que decirlo).

Por otro lado, en un intento de otorgar profundidad a todos sus personajes y perseguir momentos de memorable dramatismo, Clooney y Heslov no pueden evitar caer directamente en el melodrama más burdo y barato. Prueba de ello es la forma de resolver algunas de las bajas del equipo protagonista, empleando maniobras (la carta en manos de Clooney y voz en off de fondo) que buscan a toda costa el encuentro de lacrimosas emociones durante su visionado. Y de la secuencia de Murray en la ducha mejor ni hablemos…

Y es una lástima, porque hay segmentos en los que la dirección de Clooney está a un paso de alcanzar la excelencia. Precisamente a la hora de mostrar la primera baja de la misión, rodando la secuencia de la funesta muerte fuera de plano. Desgraciadamente, esa sutileza se va a hacer puñetas inmediatamente después cuando Clooney opta por acercar lentamente la cámara hasta conseguir el plano del moribundo en cuestión. Error fatal, pues no era en absoluto necesario. Como tampoco lo era abusar del reiterado discurso acerca de la importancia de la misión (hasta en tres ocasiones nos recalca lo vital de la misma).


De este modo, la cinta va avanzando sin el menor interés, dejándose caer en el drama o en la comedia según le convenga y restando por el camino cualquier atisbo de credibilidad para con la historia. Una película que no engancha y que deja la encomiable misión de aquellos valientes hombres a la altura de una discreta aventurilla de boy scouts.


Valoración personal:

domingo, 2 de febrero de 2014

“Jack Ryan: Operación Sombra” (2013) – Kenneth Branagh


Hasta la fecha, tres fueron los intérpretes que encarnaron al literario agente Jack Ryan en el cine. Ryan, personaje creado por el fallecido escritor Tom Clancy y protagonista de una quincena de sus novelas de espionaje, hizo su primera aparición en la gran pantalla bajo el rostro de Alec Baldwin en “La caza del Octubre Rojo”, del gran John McTiernan. Más tarde sería Harrison Ford quién asumiría y perpetuaría ese rol en sus dos posteriores secuelas, “Juego de patriotas” (1992) y “Peligro inminente” (1994), ambas dirigidas por el australiano Philip Noyce. 

De mediados de los noventa debemos hacer un salto hasta principios de la década pasada, cuando Paramount decidió reiniciar la franquicia con “Pánico nuclear”, una especie de precuela/reboot de las cintas anteriores con Ben Affleck en la piel del agente de la CIA.

Si bien ésta última funcionó bastante bien en taquilla, lo cierto es que Affleck no terminó de convencer al personal, y (con razón) se consideró a esta entrega como la más floja de todas. Quizás por ese motivo el estudio desechó la idea de darle continuidad…

Ahora, en un nuevo intento por devolver al personaje al celuloide, se estrena “Jack Ryan: Operación Sombra”, la primera de las aventuras cinematográficas del agente que no está basada en una novela de su creador.

Jack Ryan, encarnado esta vez por Chris Pine, es un joven veterano de guerra reclutado por la CIA para llevar una doble vida como agente analista y ejecutivo de Wall Street. Gracias a sus habilidades, Ryan detecta un meticuloso complot terrorista orquestado para hundir la economía norteamericana. Para tratar de impedirlo, éste es enviado por sus superiores al corazón de Moscú a fin de desenmascarar a su artífice, un peligroso oligarca ruso que responde al nombre de Viktor Cherevin.

Lo que en principio parecía un sencillo encargo burocrático pronto se convierte en una complicada misión de campo en la que no sólo pondrá en riesgo su vida sino también la de su amada prometida. 

La Guerra Fría, el KGB o el IRA han sido foco de atención en las novelas de Clancy y, por ende, en sus respectivas adaptaciones cinematográficas, ubicadas todas ellas entre las décadas de los 70 y los 90. Pero eso ya es cosa del pasado… 

 
“Jack Ryan: Operación Sombra” es una puesta al día del personaje en un marco actual, aunque no desista en reutilizar a los rusos como antagonistas de la historia. Un reciclaje que pasa por llevarnos hasta los orígenes del personaje para contarnos cómo y por qué ingresa en la CIA y de qué modo, de la noche a la mañana, pasa de ser un audaz analista de la agencia a un crucial agente de campo en medio de un crítico complot terrorista.

Aunque considere “La caza del Octubre Rojo” la mejor película de la saga, lo cierto es que es Ford, con dos cintas a sus espaldas, quién queda para el recuerdo como el agente Jack Ryan. En este reboot, Chris Pine es el elegido para asumir el relevo, y vale decir que se lo adjudica de forma notable, como ya hizo con el emblemático Capitán Kirk en la renovada “Star Trek”.

Esta vez nos encontramos a un joven e inexperto Ryan recientemente prometido y que deberá poner en práctica su formación como Marine para solventar una misión que amenaza a su país y al resto del mundo. Un viaje de descubrimiento para un analista que jamás se imaginó como agente de campo y que deberá, entre otras cosas desagradables, aprender a matar para salvar el pellejo.

Acercarnos a su lado más humano así que como al punto más frágil y vulnerable de su persona, es decir, su relación/compromiso con una guapa enfermera (Keira Knightley), es uno de los aciertos del filme, así como el saber dosificar la dosis de pirotecnia a la largo del metraje. De este modo, Branagh, que ejerce no sólo el rol de villano (con un inmaculado acento ruso) sino que también asume las funciones de dirección, logra huir del mero vehículo de acción al estilo Misión Imposible para acercarse de forma más consiste al (tecno)thriller de espías con sus álgidos puntos de suspense y tensión (la infiltración de Ryan durante la cena con Cherevin o la posterior persecución por las calles neoyorquinas). Un Jack Ryan redefinido y muy del siglo XXI que convence tanto si empuña un arma como si utiliza únicamente su intelecto. 

 
Por contra, al otro lado de la balanza nos topamos con un exceso de propaganda patriótica nada disimulada (más bien todo lo contrario). Desde los primeros minutos del filme, con un puntual recuerdo al trágico atentado a las Torres Gemelas, hasta el recibimiento del heroico Ryan en el despacho oval, el tufillo patriotero se hace demasiado palpable. 

Claro que desde “Juego de patriotas” se nos ha vendido a Jack Ryan como el gran héroe americano (papel que tan bien sabe encarnar Ford), atributo todavía más acentuado en esta entrega y que quizás indigeste a más de uno a la hora de dejarse llevar por el buen entretenimiento que han sabido ofrecer Branagh y cía. Y es que a excepción de este particular detalle, todo lo demás funciona sorprendentemente bien, siendo meritorio que el invento no se alargue a las dos horas o dos horas y pico como parece ser norma general en casi todos los blockbusters. 

Como curiosidad, resaltar la incorporación como secundario de peso (y mentor del protagonista) del veterano Kevin Costner, actor que en su momento rechazó (a favor de su oscarizada “Bailando con lobos”) encarnar a Ryan en la citada “La caza del Octubre Rojo”. 


Valoración personal:

jueves, 16 de enero de 2014

La película infiltrada: “El lobo de Wall Street” (2013) – Martin Scorsese


Nota: con la última obra de Scorsese inauguro una nueva sección en Amazing Movies a fin de dar cabida a la crítica de películas ajenas al cine de género que, por un motivo u otro, considere merecedoras de un rincón en el blog. La sección "La película infiltrada" se crea para tales efectos y su uso será puntual.

Primero fue Robert De Niro, y ahora Leonardo DiCaprio. El californiano se ha convertido en el nuevo actor fetiche de Martin Scorsese, con quién ha trabajado ya en cuatro ocasiones (Gangs of New York, El Aviador –cuya interpretación le valió su primer Globo de Oro-, Infiltrados y Shutter Island), siendo la presente “El lobo de Wall Street” la quinta y última colaboración entre ambos.

En esta ocasión, actor y cineasta se han juntado para contarnos la historia real de Jordan Belfort, un corredor de bolsa neoyorquino que, junto a sus colegas y socios, llegó a amasar una inmensa fortuna estafando millones de dólares a inversores.

Basándose en la propia autobiografía de Belfort, Scorsese nos sumerge en el mundo de las altas finanzas para relatarnos el auge y caída del imperio de dinero, sexo y drogas que Jordan Belfort erigió a su alrededor, empezando primero desde abajo como un honrado principiante en Wall Street para después convertirse en un auténtico “depredador” del mercado financiero.

Belfort, a quién encarna un pletórico –más que de costumbre, que ya es decir- Leonardo DiCaprio, se hizo multimillonario con apenas 30 años a costa a embaucar a sus incautos e ingenuos clientes, que invertían en acciones basura que éste vendía como si fueran oro puro. Su carisma y su gran liderazgo le convirtieron en un audaz manipulador y un soberbio empresario, pudiendo así acumular ingestas cantidades de dinero en muy poco tiempo. Sin embargo, su lujoso y desenfrenado estilo de vida (gastaba toneladas de dinero en fiestas que celebraba por todo lo alto, en drogas –cocaína y tranquilizantes, sobre todo- y en mujeres, incluyendo a su atractiva esposa, una supermodelo con quién tuvo dos hijos) no pasó desapercibido para el FBI, que empezó a sospechar de sus métodos e inició una investigación que culminó finalmente con Belfort cumpliendo condena por fraude y blanqueo de dinero.

La filmografía de Scorsese se ha destacado por acercarnos al mundo criminal de los gangsters y las mafias en películas como “Uno de los nuestros”, “Casino” o “Infiltrados”. En este caso, los delincuentes, que también visten con traje y corbata,  forman parte del (mayormente corrupto) sistema capitalista de la sociedad neoyorquina de los 80 y 90 (cuyas malas prácticas todavía siguen vigentes). Gangsters financieros que inflaban los precios de los valores para venderlos e inmediatamente después hacerlos caer, llenándose así los bolsillos a costa de sus clientes, quiénes terminaban en la ruina al ver como su dinero, probablemente los ahorros de toda una vida o sus hogares hipotecados, se esfumaban en un abrir y cerrar de ojos.

Tal como le explica el corredor de bolsa Mark Hanna (breve pero brillante aparición estelar de Matthew McConaughey) a Belfort al comienzo de la película, se trataba de hacer pasar el dinero del bolsillo del cliente al suyo. Las operaciones del corredor de bolsa no buscaban enriquecer a sus inversores sino única y exclusivamente a ellos mismos. Si en algún momento los beneficiados por el mercado de valores eran ambos, era tan sólo una cuestión de mera casualidad.

Pese a la gravedad del asunto, el director apuesta por un relato con altas dosis de humor. Un tono jocoso, alocado y políticamente incorrecto que empieza desde el minuto y se mantiene en lo más alto hasta el final, llegando en ocasiones al alcanzar el puro delirio con momentos absolutamente hilarantes y desternillantes (Belfort/DiCaprio en el club de campo, puesto hasta el culo de pastillas e intentando llegar a su coche para volver a casa; o la escena del naufragio en el mar). Quizás por ello cueste creerse que todo lo que vemos en pantalla es real como la vida misma, y aunque el cine siempre aporte sus generosas dosis de ficción, lo cierto es que la orgiástica existencia de Belfort resulta tan exagerada y escandalosamente absurda como Scorsese la retrata.



El director no ha tratado de ocultar la verdad ni tampoco dulcificarla, si bien no podemos negar sentir cierta simpatía hacia un personaje, en realidad, moral y éticamente repulsivo (además de ser un yonqui y un adúltero incurable). Un tipo que no pestañeó a la hora de mentir y robar para enriquecerse y vivir la vida como si de una estrella del rock se tratara.

Aunque el retrato irreverente que se hace de él en la película parezca algo magnánimo y hasta propagandístico, en realidad lo que tenemos delante es una gran sátira sobre los lobos y carroñeros del Wall Street de los 80 y 90. Un Wall Street que por entonces carecía de regulación alguna y que se convirtió en el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de una nueva generación de ladrones y estafadores. Una imagen de aquellos brokers que ya en su momento reflejó Oliver Stone en “Wall Street”, pero que hoy día podemos juzgar y calibrar desde la óptica del proletariado que paga los platos rotos de toda esa chusma. Desde la perspectiva que nos ofrece el haber sufrido la reciente crisis financiera de 2008 y seguir padeciendo aún hoy día sus efectos, dándonos cuenta que las grandes caídas del ciclo financiero no son cosa del pasado, pues ocurren una vez tras otra, y demostrándonos que no hemos aprendido nada y que los gangsters modernos (no sólo brokers sino también políticos, banqueros y otras gentes de poder) seguirán existiendo y campando a sus anchas.

Scorsese ironiza sobre todo ello a lo largo de tres largas, locas e intensas horas. Y digo lo de largas porque cuando crees que ha llegado el final de la historia, ésta continúa. Ocurría algo parecido con “Gangs of New York” y vuelve a suceder aquí. Quizás no hubiera estado de más condensar un poco los excesos de Belfort. Pero hay que reconocer que esas tres horas son gloriosas y condenadamente entretenidas, y las mejores que un servidor se ha echado a la cara recientemente en una sala de cine. Porque  “The Wolf of Wall Street” es como un chute de cocaína cuyos efectos no desaparecen hasta llegados los créditos. Una película que nos permite ver a un inmenso DiCaprio fuera de sí arropado por una trupe de excelentes compañeros de reparto (y ahí incluyo a un genial Jonah Hill). Una mirada mordaz a la ambición, a la lujuria, a la avaricia, a la vanidad…

Y aunque finalmente Jordan Belfort termine pagando por sus fechorías (en una cárcel de mínima seguridad que más bien parece un club de campo), lo cierto es que de cara al protagonista, lo que sacamos en claro es un “y que me quiten lo bailado” bastante hiriente. Incluso Scorsese se permite, de algún modo, posicionarse y lanzarnos un discreto mensaje en una de las últimas escenas del filme (aquella en la que el agente del FBI Patrick Denham/Kyle Chandler echa una gris ojeada a su alrededor mientras viaja en metro, acordándose interiormente de una conversación anterior mantenida con Belfort), en donde pone en tela de juicio si la rectitud y la honestidad son realmente el camino hacia la felicidad. No es el que director nos inste a vivir una vida como la de Belfort (elegir el camino fácil tiene sus atractivos, hay que considerar también sus no pocos peligros), pero tampoco enaltece los valores opuestos ni cae en el típico tópico del “pobre feliz” y el dicho no siempre realista de “el dinero no da la felicidad” (en este caso la dio, aunque a corto plazo).


Valoración personal: 

domingo, 22 de diciembre de 2013

6º Aniversario de Amazing Movies



Los últimos meses han sido algo complicados a nivel personal. Tanto, que incluso se me pasó que el pasado día 9 de diciembre este blog cumplía seis añitos en la red. Y cuando por fin me di cuenta de ello, no tuve ni siquiera tiempo para publicar el post pertinente. Pero como suele decirse, más vale tarde que nunca, así que aprovecho el día de hoy para hacer constancia de ello en este post.

Como cada año (y no me canso de repetirlo), os doy las gracias a todos los que estáis al otro lado y frecuentáis este blog con mayor o menor asiduidad. Gracias a los que os interesáis por leer mis textos y sobre todo gracias a todos aquellos que religiosamente dejáis vuestras impresiones/opiniones en los comentarios de las distintas entradas.

 Como decía al inicio, estos últimos meses han sido algo complicados, y eso se ha hecho notar en las actualizaciones del blog, que de semanales han pasado a ser prácticamente mensuales, o más bien “cuando he podido”. Y lo cierto es que por motivos laborales (nuevo trabajo –por fin- y nuevos horarios), el futuro del blog se presenta igual de inestable.

Desearía poder mantener el ritmo de actualizaciones que he llevado desde los inicios de este proyecto bloguero, es decir, una crítica o artículo por semana, pero tengo muy claro que no va a poder ser así. De hecho, y dado el mísero tiempo libre que el trabajo me va a conceder, me conformaría con poder realizar uno o dos posts al mes, priorizando siempre la calidad antes que la cantidad. O dicho de otro modo, prefiero entregarme al completo a un único post que publicar varios a medio gas o escritos con prisas.

Amazing Movies nació por la necesidad de expresar mi pasión por el cine, y aunque poco a poco se fue convirtiendo en casi una obligación o incluso un trabajo (no remunerado, of course), lo cierto es que sigue siendo una mera afición. Una maravillosa afición que me satisface enormemente, pero que también me absorbe un tiempo del que ahora no dispongo y unas energías que ahora mismo no sé de dónde sacar.  Es por ello que dadas las circunstancias actuales, esta afición deberá ocupar un obligado segundo lugar en mi escala de prioridades.

No obstante, espero poder mantener en alto el espíritu cinéfilo del blog y lograr que éste no desfallezca en los meses venideros, deseando que su vida en la blogosfera se prolongue unos cuantos añitos más (aunque sea a menor rendimiento).

Por supuesto, me seguís teniendo en Twitter para daros la tabarra con la actualidad cinéfila diaria y mis intrascendentes tuits habituales. También ahí veréis reducida mi actividad, pero  procuraré, en la medida de lo posible, tuitear tanto como pueda.

Dicho esto, os avanzo que el próximo post será, muy seguramente, los ya tradicionales Amazing Movies Awards con lo mejor y más destacado que nos ha ofrecido el cine de género en este 2013.  Así que estad atentos porque seguramente tendréis mucho que decir (y puede que discrepar).


Saludos y gracias!