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sábado, 20 de septiembre de 2014

“El corredor del laberinto” (2014) – Wes Ball



Ciencia-ficción y adolescentes. Esa parece ser la nueva fórmula de éxito en Hollywood. Así lo demuestran películas como “Los Juegos del Hambre” o la más reciente “Divergente”, adaptaciones a la gran pantalla de best sellers juveniles a la postre convertidos en sagas literarias de moda gracias, precisamente, a sus versiones cinematográficas. Atrás quedaron los tiempos de la magia y la fantasía de Harry Potter y sus sucedáneos. Ahora lo que se lleva son las historias de futuros distópicos protagonizadas por jóvenes guapo/as y atlético/as. Películas en las que se mezclan a partes (des)iguales ciencia-ficción, acción y romance.

Poca duda cabe que “Los Juegos del Hambre” ha sido la impulsora de esta tendencia, siendo “Divergente” el primer y exitoso intento de hacerle la competencia a la saga de Jennifer Lawrence/Katniss Everdeen. Mientras que a la primera la quedan todavía un par de años de cuerda (veremos la tercera entrega a finales de este año, y la cuarta y última a finales de 2015), la segunda no ha hecho más que empezar su exitosa carrera al estrellato. Pero ahora se suma un tercer corredor a la competición, y nunca mejor dicho.

“The Maze Runner”, conocida por estos lares -al igual que el libro- como “El corredor del laberinto”, adapta la primera entrega de la trilogía (¿por qué son siempre tres?) literaria de James Dashner, y nos sitúa en un distópico (cómo no) año 2024, en un lugar llamado "El Claro", habitado por un puñado adolescentes. Dicho lugar está rodeado grandes de muros de hormigón tras los cuales se erige un enorme laberinto. Hasta allí llega nuestro protagonista, Thomas, sin recordar nada de su vida; ni quién es ni de dónde proviene. Y así sucede con todos los chicos que, como él, han ido llegando al Claro desde hace tres años.

Con claras reminiscencias a “Cube” (gente encerrada por un motivo que desconocen) o a “El señor de las moscas” (el modo de los jóvenes de sobrevivir al aislamiento), se nos presenta una de las películas de ciencia-ficción más sugerentes de la temporada. Y ello es gracias a un particular planteamiento cuya trama se desarrolla bajo un poderoso aliado: el misterio.

Al igual que el protagonista, el espectador aterriza en el Claro sin saber muy bien quiénes son todos esos chicos ni con qué fin han sido enviados allí. Desconocemos quién anda detrás de lo que, a todas luces, parece ser algún tipo de (cruel) experimento (o eso es lo que presuponemos). Lo poco que sabemos lo vamos a ir descubriendo al mismo tiempo que Thomas, es decir, que en ese sentido nunca vamos por delante de él; nunca sabemos más de lo que él sabe. Descubrimos más sobre estos chicos y su forma de (sobre)vivir, así como sobre el dichoso laberinto, a medida que el propio Thomas va adquiriendo esa información, lo que nos ayuda a sumergirnos de lleno en la intríngulis que la película nos plantea.


De este modo, con cada revelación aumenta todavía más nuestra curiosidad, y se avivan nuestras teorías al respecto, logrando que la intriga se mantenga a lo largo de todo el relato hasta bien llegado su desenlace, que es cuando por fin llegan las respuestas. O al menos parte de ellas, porque hay que recordar al lector que esta película corresponde al primer libro de una trilogía, y que por lo tanto todavía queda mucho por contar/desvelar.

Y quizás sea ese su único hándicap, ya que asistir al comienzo de algo más grande nos deja siempre una ligera e inevitable sensación de insatisfacción, de que nos han dejado a medias. Pero eso es algo a lo que ya deberíamos estar acostumbrados con la proliferación de proyectos planteados no como películas autoconclusivas sino como historias fragmentadas en entregas.

Por ese motivo, es en el primer capítulo en el que hay que conseguir enganchar al espectador, y bien vale decir que “El corredor del laberinto” logra sobradamente ese objetivo. El escenario en el que nos ubica es visualmente atractivo aunque en última instancia su razón de ser caiga en ciertos clichés del género. Y es que a veces ocurre que la solución al enigma no siempre está a la altura de la curiosidad y expectación que éste mismo genera. Aun así, las notas de suspense y el toque survival animan la función, y los personajes gozan de suficiente entidad como para resultar mínimamente interesantes. Especialmente Thomas, cuya inmediata búsqueda de respuestas le llevará a liderar al grupo más allá de los majestuosos y opresores muros de hormigón.

Conviene no dar demasiados detalles sobre lo que ofrece “El corredor del laberinto” para evitar así sobreinformar en exceso al futuro espectador. De todos modos, las referencias citadas en anteriores párrafos pueden dar una idea de por dónde van los tiros, aunque no deban tomarse como algo absoluto. Es decir, nuestros protagonistas se rigen por una disciplina de supervivencia de la que por ejemplo carecían los niños de “El señor de las moscas”. Su principal meta, aparte de lograr escapar de su cautiverio, es mantenerse con vida en un entorno de paz y armonía. Por ese motivo crean su propia comunidad con sus propias normas (entre las cuales figura no dañar a sus semejantes), y en la que cada uno de ellos desempaña una función para el bien común de todos.


En lo que se refiere al Claro, se trata de un lugar boscoso y salvaje, rodeado de un entorno artificial e imponente. Ese contraste refuerza lo antinatural del lugar mismo, y afianza la sensación de encierro premeditado del que son víctimas sus habitantes.

En el aspecto visual destaca, obviamente, el inmenso laberinto al que hace referencia el título, y al que casi podríamos considerar un personaje más de la película. Su aspecto, con sus intrincadas galerías, es algo nunca visto hasta ahora, y cierto detalle que no desvelaré lo hace todavía más original.


Tras las cámaras nos encontramos con el debutante Wes Ball, quién se hizo muy popular en la red con su cortometraje “Ruin”, toda una carta de presentación que sin duda le ha servido para captar la atención de los mandamases de Hollywood, siempre al acecho éstos de descubrir nuevos talentos. Su dinámica dirección es más de lo que cabría esperar de una ópera prima, más teniendo en cuenta la facilidad con la que puede abrumarse a un director novel al contar por vez primera con un holgado presupuesto. Pero Ball no se ha dejado llevar por ese hecho, y ha sabido mantener un ritmo impecable en base a los elementos de suspense que le permite el guión más que a los de la acción propiamente dicha, logrando al final de todo un sólido entretenimiento que está muy por encima de sus semejantes. Y es que hay varios atributos por los que “El corredor del laberinto” marca la diferencia con respecto a otras sagas de ciencia-ficción juveniles, y por ahora reconforta intuir que su inmediata continuación no va a ser una repetición con alteraciones de esta entrega, sino que tomará un camino significativamente distinto.  O al menos eso nos da a entender. En cualquier caso, bienvenidas sean sus futuras secuelas si alcanzan el nivel de esta primera entrega.  



Valoración personal:

viernes, 18 de abril de 2014

“The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro” (2014) – Marc Webb


Aunque no gozara del beneplácito del fandom pro-Raimi más radical, lo cierto es que “The Amazing Spider-Man” hizo buena caja y ganó más adeptos de los que se esperaba (servidor, entre ellos).Ese es el motivo de que aquél –en primera instancia, repudiado- reboot tenga ahora su secuela, y de que eso signifique gozar de una de las películas de superhéroes más estimulantes y emocionantes de los últimos años.

Pero no adelantemos acontecimientos…

Primero de todo, hay que reconocerle a Sony el haber hecho bien los deberes desde el principio al tratar de alejarse, para bien o para mal, lo máximo posible de la franquicia predecesora. Más que nada, porque no era plan de volver a contar lo mismo pero con otras caras.

Es por eso que todo cuanto nos cuentan Webb y cía resulta, en cierto modo, novedoso (al menos para los neófitos del cómic). Desde el nacimiento del héroe hasta su madurez, pasando por su primer gran amor o el misterioso pasado de sus padres. De hecho, esto último es el arco argumental sobre el cual se sustenta toda esta nueva saga. Aunque en cada entrega la presencia de un villano principal suponga una historia autoconclusiva en sí misma, todo lo que tiene que ver con la desaparición de los padres de Parker y su vinculación con Oscorp es el eje sobre el que giran estas nuevas aventuras del trepamuros. De este modo, podríamos considerar la primera película como el inicio de la historia, esta secuela como el nudo y la futura tercera entrega como el desenlace (cuya primera piedra se instala al término de ésta).

Esta continuidad ligada al entorno familiar de Parker es el “gran secreto” que se desvela en “The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro” para entender la naturaleza del héroe y también la de sus antagonistas pasados, presentes y futuros. Al fin Parker descubrirá la verdad y comprenderá el porqué de su forzoso abandono. Todo ello mientras trata de lidiar con el amor de su vida, la encantadora Gwen Stacy.

El acierto de Webb para con Spider-Man es el haber sabido tejer las relaciones humanas entre los personajes. En esta ocasión, con más razón todavía, pues Parker sufre, Gwen sufre y Tía May sufre… ¡Y qué  demonios!, yo sufro porque ellos sufren. Ese grado de vinculación con los protagonistas es crucial a la hora de disfrutar de la película a otro nivel. No se trata sólo de dejarse asombrar por el espectáculo pirotécnico, que también, sino de acercarse íntima y psicológicamente a esos personajes.  


El reincidente debate interno de Parker entre su alter ego (y su deseo de llevar una vida lo más normal posible junto al amor de su vida) y su lado justiciero (la euforia de embutirse en el traje y hacer cabriolas en el aire; la satisfacción de zurrar a los malechores y ser admirado por ello, etc.) está sólidamente retratado, haciendo hincapié en aquello de “un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Las dificultades de llevar una doble vida son inevitables. Ser Spidy puede ser tan divertido como peligroso, sobre todo para quienes le rodean (sus seres queridos más cercanos, especialmente). Pero ser Spider-Man no es ni tan siquiera una elección sino un deber; algo que esos poderes le exigen ser. Es el legado (no tan casual) que indirectamente le otorgaron sus padres. Su inevitable destino.

Ese debate interno tiene ahora el foco de atención puesto en la promesa hecha al padre de Gwen, algo que no ha parado de atormentarle desde entonces. Parker quiere demasiado a Gwen como para alejarse de ella, pero reconoce que a su lado ésta está en constante peligro. Esa disputa entre lo que quiere y lo que cree que es correcto; entre lo que le dicta su corazón y lo que le dicta su conciencia, es el motor que hace avanzar y retroceder su relación amorosa.

Pero no todo en la doble vida de Parker tiene que ser tan engorroso, y aunque cueste sobrellevar los quehaceres diarios de su vida de adolescente con la de justiciero enmascarado, sobre todo viviendo con su tía (quién pese al comportamiento cada vez más extraño de su sobrino, poco sospecha del gran secreto que le oculta), lo cierto es que su alter ego se ha beneficiado, a su manera, de tan envidiosos superpoderes. Poco queda ya de aquél nerd patético y ahostiable que encarnó Maguire. El Parker de Garfield es un joven que ha ganado confianza en sí mismo (¿quizás demasiada?), lo que se traduce a su vez en un Spider-Man más seguro y dicharachero. Y aunque existan voces en su contra, lo cierto es que los ciudadanos de Nueva York le adoran y le aclaman allá por donde pasa.

Spider-Man es un héroe que inspira a la gente, y eso es lo que, pese a cualquier obstáculo que se le presente o cualquier calamidad que aflige su corazón, le hará seguir embutiéndose en esas ajustadas (y sorprendentemente resistentes) mallas de azul y rojo. La ciudad necesita Spider-Man, y eso está por encima de todas las cosas.

Parker se divierte siendo Spider-Man y sufre siendo Peter Parker. Es la historia de su vida, y nunca mejor contada que en esta secuela.


Por otro lado, Webb ha decidido introducir algunos cambios visuales relevantes con respecto a su primera incursión en el universo del trepamuros. Si, por ejemplo, en la primera película decidió apostar por un mayor realismo de cara a los desplazamientos de Spidy empleando cables y dobles de acción en sustitución del recurrido píxel, en esta ocasión hace justo lo contrario y se beneficia más que nunca de los efectos digitales en favor de un mayor y superlativo grado de espectacularidad. Y es que hay cosas harto difíciles de realizar sin la ayuda de un ordenador, a menos que Garfield o su doble tengan realmente superpoderes. Así pues, Spidy se desplaza ahora entre los rascacielos de Nueva York surcando los cielos haciendo virguerías imposibles propias de las viñetas. El dinamismo que eso confiere a las secuencias de acción es fundamental de cara a la confección de las mismas, con un ágil y escurridizo Spider-Man de gestos y movimientos más arácnidos que nunca, y al que podemos observar en todo su esplendor gracias a los ralentíes y cámara lenta a los que de vez en cuando recurre Webb en las moviditas secuencias de acción.

Otro cambio evidente es el diseño del traje, debido muy probablemente al descontento generalizado (aunque una vez en movimiento tampoco desentonaba tanto) con el que Garfield/Parker lució en la primera entrega. Se abandona, por tanto, el moderno (y deportivo) rediseño previo para volver a los orígenes comiqueros y de este modo recuperar el aspecto más clásico del traje que Spider-Man lucía en los cómics (y también en las películas de Raimi, todo hay que decirlo).   

A la guasa que se gasta nuestro protagonista en plena en acción, hay que añadirle en términos de humor, la gran variedad de ingeniosos gags y simpáticos guiños que aportan a la historia la frescura y diversión friki que hay que exigirle a una película de este tipo. A fin de cuentas, no vamos al cine a llorar como magdalenas sino a pasar un buen rato devorando un cubo de sabrosas y saladas palomitas. A tales efectos, “The Amazing Spider-Man 2 – El poder de Electro” es la elección perfecta para pasar una agradable velada en la oscuridad de una sala de cine. La película lo tiene todo: acción, humor, romance, tragedia, espectacularidad…  Un genuino divertimento que supone la consagración de Spidy en el cine. Apta para todo buen fan del cine de superhéores y, sobre todo, de Spider-Man (salvo que seas demasiado fan de la versión de Raimi).


Valoración personal:

domingo, 23 de febrero de 2014

“Monuments Men” (2014) – George Clooney

Al tiempo que su carrera como actor cinematográfico (tras sus comienzos en televisión) se ha ido consolidando (con un Oscar y tres Globos de Oro en su haber), George Clooney ha flirteado también con las labores de dirección y guión que le hicieron debutar en 2002 con la extraña (y fallida) “Confesiones de una mente peligrosa”.  Más tarde llegaron sus dos mayores logros en este campo: “Buenas noches, y buena suerte”, con 6 nominaciones a los Oscar; y la más reciente “Los idus de marzo”, en opinión de un servidor un drama político magnífico y su mejor película hasta la fecha.

Entre ambas cintas el actor reconvertido en director/guionista rodó “Ella es el partido”, una comedia romántico-deportiva muy al estilo del Hollywood clásico (Cary Grant hubiera estado encantado de protagonizarla), y que pese a resultar un simpático trabajo libre de pretensiones no terminó de cuajar entre el público y mucho menos entre la crítica.

Pero ahora, con más experiencia sobre sus espaldas y con el buen sabor de boca dejado por su anterior filme, lo cierto es que uno esperaba bastante más de su última incursión como cineasta. Sin embargo, podemos afirmar desde ya que se trata de un filme olvidable.

Con “Monuments Men” Clooney nos traslada a finales de la II Guerra Mundial para relatarnos la gran epopeya (basada en hechos reales) de un grupo de hombres -formado por historiadores y expertos en arte- a los que se les encomendó una importante y peligrosa misión: recuperar las obras de arte robadas por los nazis durante la guerra. Desgraciadamente, y dejando de lado las licencias artísticas en las que se hubiera podido caer (imagino que no pocas), lo cierto es que la aventura que se nos presenta aquí no tiene ni pizca alguna de épica. Ni tan siquiera unos mínimos de intriga para tenernos enganchados a la pantalla pendientes de la acción. De hecho, el relato tiende a ser bastante irregular e insulso (parece que no arranque nunca ni ocurra tampoco gran cosa a lo largo del metraje), resultando por momentos incluso algo aburrido. Y eso pese a que cuenta con un reparto plagado de buenos intérpretes y algunos momentos realmente conseguidos.


El problema radica en la inconsistente y poco acertada mezcla de humor y drama que se intenta homogenizar en un film que hubiese requerido ubicarse en un género concreto. Y es que había dos posibilidades de alcanzar la gloria con “Monuments Men”: o bien rodando un sólido drama o bien una desinhibida comedia. Clooney, que escribe el guión junto a su habitual colaborador Grant Heslov, ha elegido las dos opciones al mismo tiempo y ha fracasado en el intento. Y es que por un lado la parte humorística resulta algo insípida y con gags algo fuera de lugar (la secuencia con el joven francotirador).  Si bien no se le puede negar que por momentos sí logra despertar la simpatía del espectador (la secuencia de la mina) gracias, principalmente, al carisma de actores como Murray, Goodman o Dujardin (estos dos últimos muy desaprovechados, todo hay que decirlo).

Por otro lado, en un intento de otorgar profundidad a todos sus personajes y perseguir momentos de memorable dramatismo, Clooney y Heslov no pueden evitar caer directamente en el melodrama más burdo y barato. Prueba de ello es la forma de resolver algunas de las bajas del equipo protagonista, empleando maniobras (la carta en manos de Clooney y voz en off de fondo) que buscan a toda costa el encuentro de lacrimosas emociones durante su visionado. Y de la secuencia de Murray en la ducha mejor ni hablemos…

Y es una lástima, porque hay segmentos en los que la dirección de Clooney está a un paso de alcanzar la excelencia. Precisamente a la hora de mostrar la primera baja de la misión, rodando la secuencia de la funesta muerte fuera de plano. Desgraciadamente, esa sutileza se va a hacer puñetas inmediatamente después cuando Clooney opta por acercar lentamente la cámara hasta conseguir el plano del moribundo en cuestión. Error fatal, pues no era en absoluto necesario. Como tampoco lo era abusar del reiterado discurso acerca de la importancia de la misión (hasta en tres ocasiones nos recalca lo vital de la misma).


De este modo, la cinta va avanzando sin el menor interés, dejándose caer en el drama o en la comedia según le convenga y restando por el camino cualquier atisbo de credibilidad para con la historia. Una película que no engancha y que deja la encomiable misión de aquellos valientes hombres a la altura de una discreta aventurilla de boy scouts.


Valoración personal:

sábado, 14 de diciembre de 2013

“El Hobbit: La desolación de Smaug” (2013) – Peter Jackson


Una vez asumido que un libro de apenas 300 páginas iba convertirse, por obra y gracia de Peter Jackson y su equipo, en una nueva trilogía de películas, tan sólo restaba esperar a que se estrenaran para determinar si por lo menos el invento había valido la pena.

Al respecto, mucho opinarán que sí, que pese a las licencias cometidas en “El Hobbit, un viaje inesperado”, Jackson ha devuelto a Tolkien a la gran pantalla con el mismo acierto que tuvo con la saga de El Señor de los Anillos (ESDLA). Para otros, en cambio, el regreso a la Tierra Media no podría haber sido más decepcionante y lejano del esplendor de aquella primera y maravillosa trilogía.  

Como ya dije en su momento, ESDLA y El Hobbit no son lo mismo, pese a que ambas obras sitúen sus acontecimientos en la Tierra Media e incluso compartan personajes. Mientras que una es un épico relato fantástico de la eterna lucha del bien contra el mal, la otra es un relato de fantasía a mucha menor escala. Resulta inevitable, pues, que la majestuosidad de una empequeñezca la modestia de la otra. De cara a su traslación al celuloide, el resultado es equiparable en magnitud, de modo que le sea imposible a Jackson siquiera acercarse a la gran epopeya representada en ESDLA.

No obstante, la intención del director parece haber sido la de encontrar el equilibrio entre mantenerse fiel al espíritu más bien infantil del cuento original de Tolkien, y desplegar la grandeza visual y emocional de la trilogía precedente. Y si bien el resultado queda lejos de la perfección, también lo está del fracaso.

Pese a los distintos defectos que se le puedan achacar a estas dos primeras entregas, lo cierto es que volver a la Tierra Media es y será siempre un placer del que sólo Jackson sabe hacernos disfrutar.

Muchos consideran que el director se ha limitado a ofrecernos un “más de lo mismo”, pero de peor calidad. Ese “más de lo mismo” es, precisamente, lo que uno debería esperar y desear encontrarse. De hecho, de haber optado por algo diametralmente opuesto o bien muy diferente a lo visto con anterioridad, los palos a Jackson le hubieran llovido igual o con mayor saña. Si uno acude a las películas de El Hobbit buscando algo distinto, debo indicarle que su predisposición es la incorrecta.


En cuanto a la calidad, obviamente eso ya es muy subjetivo, y ahí es donde realmente uno es libre de considerar a esta nueva trilogía como una pérdida de tiempo o como un regalo. En mi opinión, algunos de los errores cometidos en “El Hobbit, un viaje inesperado” se solventan en “El Hobbit: La desolación de Smaug”, al mismo tiempo que se cometen de nuevos. Ahora bien, considero que en ambas entregas las virtudes le ganan a la partida a los defectos, especialmente en el film que nos ocupa, el cual logra ser mucho más disfrutable y entretenido que su predecesor.

Nos encontramos nuevamente con toda la trupe al completo (Bilbo, Gandalf y los 13 enanos) justo en el lugar y en el momento en el que nos dejó la anterior cinta, es decir, con nuestros amigos logrando librarse por los pelos del enésimo ataque de los orcos, y más cerca ahora de su ansiado destino: la Montaña Solitaria.

Aunque lo que reste de viaje no sean más que un puñado de kilómetros, los peligros que acechan a nuestros protagonistas no son pocos. Los orcos les siguen pisando los talones, y para llegar hasta la Montaña Solitaria todavía tendrán que atravesar angostos caminos plagados de dificultades y enemigos a los que combatir (atención a su desagradable tropiezo con unas antipáticas y hambrientas arañas gigantes, parientes cercanas de Ela la araña).

Por ello, el viaje resulta esta vez mucho menos monotemático. La diversidad de escenarios y la aparición de nuevos personajes, algunos de ellos inéditos hasta el momento (Tauriel, Bardo), permite insuflar aires semirenovados a la saga. En ese sentido, el despliegue de medios vuelve a ser impresionante, tanto en la recreación de los mencionados escenarios (fantástica la Ciudad del Lago), que logran dar color y forma a los lugares y ambientes descritos por Tolkien, como por el poderío visual que Jackson impregna a las imágenes (siempre apoyándose, en parte, en la colosal partitura de Howard Shore). Claro que la joya de la corona en esta entrega es Smaug, el grandioso y magnífico dragón que custodia el copioso tesoro robado a los enanos, y al que Benedict Cumberbatch presta su grave y solemne voz.


Por contra, la construcción de la trama a base a de virtuosas (y algo aparatosas) set-pieces acrecenta, en ocasiones, la sensación de estar presenciando un mero videojuego; uno en el que los personajes van pasando de un nivel de dificultad a otro hasta alcanzar el enfrentamiento con el final-boss de turno (en este caso, el dragón Smaug). De ahí que la épica se traduzca más en una consecución de desbocadas secuencias de acción insertadas con el único afán de prolongar nuestro asombro a lo largo de las casi tres horas de metraje. Todo muy lícito, por supuesto, y es innegable que gracias a ello Jackson consigue que el ritmo no decaiga nunca y se mantenga la intensidad y el vigor de la aventura siempre en lo más alto. Pero en el camino se sacrifica la parte más emocional de la historia, visible ésta tan sólo en breves instantes de la narración.

Otro escollo insalvable, dado el concepto de “división” en el que se fomenta la adaptación, es el hecho de que no presenciemos una historia completa con su inicio, su nudo y su desenlace. De algún modo, la imposibilidad de concluir la trama implica “simular” esas partes para que la sensación al término de la proyección no sea de satisfacción incompleta. Esto es algo que se consigue a medias, pues justo en el desenlace es cuando se alcanza el mayor clímax de la cinta y cuando, de repente, todo termina en un enorme coitus interruptus.

Del mismo modo ocurría en ESDLA y en otras tantas franquicias que deciden segmentar sus entregas en más de un capítulo. “El Hobbit: La desolación de Smaug” es una parte del viaje que se inició con “El Hobbit, un viaje inesperado” y ha de terminar con “El Hobbit: Partida y regreso”, por lo que esa sensación es común a todas las entregas. De todos modos, se trata de un escollo ya asumido antes de entrar en la sala, y por tanto de menor importancia.

De cara a la tercera y última entrega, poco quedará que desgranar del cuento adaptado, por lo que será más bien la película que sirva de puente definitivo entre esta trilogía y ESDLA, cuyos acontecimientos son cronológicamente posteriores. Ya en ésta hace acto de presencia un viejo conocido que a más de uno pondrá los pelos de punta, y no me refiero al hierático de Légolas.


Mientras tanto, nos queda disfrutar de esta imperfecta pero muy entretenida y divertida montaña de rusa que es “El Hobbit: La desolación de Smaug”. Aventuras al más puro estilo Peter Jackson, tanto para lo bueno como para lo malo. 


Valoración personal:

sábado, 21 de septiembre de 2013

“Justin y la espada del valor” (2013) - Manuel Sicilia


En un mercado como el de la animación por ordenador, con estudios (americanos) tan potentes como Disney/Pixar o Dreamworks, entre otros, no resulta nada fácil hacerse un hueco. No sólo hay que competir con sus multimillonarios presupuestos, que les permiten un acabado visual impecable, sino también con su poderosa mercadotecnia publicitaria y sus voluminosas exportaciones al mercado internacional.

La industria americana es fuerte e implacable, pero estrenos recientes como “Tadeo Jones” han demostrado que, si se hacen bien las cosas, con el producto nacional también se puede conquistar al público (y a la crítica) y arrasar en taquilla. Y eso que los comienzos fueron algo torpes e inseguros.

“Donkey Xote”, sin ir más lejos, fue uno de los primeros intentos fallidos de nuestra industria. Aún se estaba tanteando el terreno, y no sólo la animación no estaba a la altura sino que tampoco el guión daba la talla (y pasar a copiar al burro de Shrek no fue, precisamente, un movimiento acertado). Al año siguiente la empresa granadina Kandor Graphics llevó a cabo, con el apoyo de la productora de Antonio Banderas, un nuevo proyecto: “El lince perdido”, cinta de animación con una historia -al que Donkey Xote- muy autóctona y con un trasfondo ecológico. Y si bien ésta aún quedaba lejos del cine que se producía al otro lado del charco, no es menos cierto que empezaban a apreciarse en ella ciertas mejoras tanto a nivel visual como en otros aspectos.

Con la llegada de “Planet 51” las cosas tomaron un cariz muy distinto. Se trataba ya de una superproducción de elevado presupuesto en la que se invirtieron muchos años de trabajo, y que tuvo unas ventas considerables a nivel internacional, proyectándose en 170 países de todo el mundo (sólo en EE. UU. se exhibió en 3500 salas). No es de extrañar, pues, que con esa cifra se convirtiera en la película española más taquillera de aquél año 2009.

Ahora, pasados varios años desde su debut, Kandor Graphics y Antonio Banderas vuelven a la carga con “Justin y la espada del valor”, una curiosa vuelta de tuerca a las gestas caballerescas.

Justin vive en un reino en donde los caballeros han sido desterrados y la justicia pasa por manos de los abogados. Su mayor sueño es llegar convertirse en un caballero, como lo fue su abuelo, pero su padre Reginald, consejero de la Reina, tiene otros planes para él: desea que su hijo siga sus pasos y se convierta en abogado.

Aguerridos y astutos guerreros, diestros con la espada y la palabra, de brillantes armaduras y obedientes corceles, y siempre dispuesto a servir y proteger al más débil.  Así son los caballeros. O al menos así eran… Sus tiempos de gloria, cuando eran reconocidos, admirados y respetados por todos, terminaron con la llegada de los burócratas y sus abusivas leyes.

En el reino de Justin ya no hay lugar para los caballeros, quiénes fueron desterrados y declarados proscritos a los ojos de la ley. Y sin embargo, la ilusión que persigue Justin desde bien pequeño es ser un caballero, pese a los designios de su padre, quién insta en convertirlo en un respetado abogado a su imagen y semejanza.


La historia de Justin es la historia de un muchacho que desea luchar contra el destino que se le impone. Su intención es tomar las riendas de su vida y su futuro, y lograr así alcanzar su anhelado sueño de convertirse en caballero. Y si para ello debe huir a escondidas del reino en busca de aventuras, que así sea.

Pero convertirse en caballero no es tarea fácil. Su admirable valentía y su buen corazón no son suficientes para alzar la espada en duelo, por lo que tendrá que afrontar un duro adiestramiento con, eso sí, los mejores maestros que uno pudiera desear.

De aspecto severo pero carácter afable, Legantir es el monje prior de la Abadía a la que Justin acudirá para su entrenamiento. Allí sus otros dos maestros serán Braulio, un sabio monje inventor de ingeniosos artilugios (atención a su “temible dragón”); y Blucher, un rudo y viejo caballero de la orden de los Caballeros del Valor que le instruirá en el manejo de la espada.

Con su ayuda, el delgaducho y patoso Justin se pondrá a prueba a sí mismo, tratando de mejorar sus habilidades hasta hacerse digno de lucir su reluciente armadura. Y debe darse prisa porque una amenaza se cierne sobre su reino: el malvado Sir Heraclio, un desterrado caballero en busca de venganza, ha reunido  a un ejército de maleantes con la seria intención de arrebatarle el trono a la Reina.


Una vez más, se trata de la eterna lucha del bien contra el mal, sólo que esta vez un admirable caballero es el villano de la función y un joven aprendiz de abogado es el héroe. Y como ya hace tiempo que dejamos atrás aquello de la damisela en apuros, nos topamos también con personajes femeninos de armas tomar como Talia, una compañera de aventuras diestra y leal (y a quién el intrusivo doblaje de Imma Cuesta le hace un flaco favor). A esta simpar pareja se une un mago muy peculiar que responde al nombre de Melquiades… O bien al de Karolius, según cuál sea la personalidad que adopte este excéntrico y bipolar hechicero. Todo un guiño éste a un “mítico” personaje de la farándula televisiva española de la década de los 90: Carlos Jesús/Micael (¿quién no se acuerda de sus revelaciones sobre Raticulín?).

En eso y poco más quedarían las escasas referencias patrias de la película (el resto son más bien cinéfilas), ya que por lo demás se trata de una propuesta universal y fácilmente exportable a otros mercados. Una vuelta de tuerca a las historias de caballería, con personajes estrafalarios tanto a un bando como al otro (además de Melquiades, tenemos también a Sota, el afeminado compinche de Heraclio; o Sir Antoine, un cobarde y avaricioso impostor), y portadora de valores que no por típicos dejan de ser fundamentales, como son el confiar en ti mismo y nunca darte por vencido, el luchar por lo que es justo o el decidir tu propio destino aún a expensas de lo que los demás quieran para ti.

Todo ello hace de “Justin y la espada del valor” una amena cinta de aventuras para toda la familia, demostrando una vez más que la animación nacional puede ser competente (no sólo a nivel técnico) y una válida alternativa al cine USA.


Si algo hay que reprocharle a la película, no obstante, sería su endeble apartado cómico, que no termina nunca de arrancarnos una buena carcajada.  



Valoración personal:

viernes, 13 de septiembre de 2013

“Percy Jackson y el mar de los monstruos” (2013) - Thor Freudenthal


De todos los intentos por conseguir una nueva franquicia juvenil que pudiera competir contra el todopoderoso Harry Potter, probablemente el único o de los pocos que no devino en un sonado fracaso fue “Percy Jackson y el ladrón del rayo”. Si bien no se puede decir que dicho film causara el impacto ni provocara el fenómeno de masas que sí tuvo (y retuvo) Potter, lo cierto es que a esta primera adaptación de la saga literaria “Percy Jackson y los Dioses del Olimpo” le fue lo suficientemente bien en taquilla como para justificar la aparición de una segunda entrega. Dicha secuela llega tres años después de su predecesora con la intención de contentar a sus seguidores y, a ser posible, sumar nuevos adeptos.

En esta ocasión, Percy y sus amigos deben encontrar el legendario vellocino de oro mágico para poder defender el Campamento Mestizo, amenazado éste por monstruos mitológicos que han logrado sortear sus barreras protectoras.

El viaje llevará a nuestros protagonistas a embarcarse en una peligrosa odisea a través de las aguas del inexplorado y mortífero Mar de los Monstruos, al que los humanos conocen como Triángulo de las Bermudas.

Ya ha transcurrido un tiempo desde que Percy Jackson salvara al Olimpo de su destrucción. Desde entonces, su vida en el Campamento Mestizo ha pasado más bien sin pena ni gloria, por lo que llega a cuestionarse si su primera gran victoria no fue sólo fruto de la casualidad; si en realidad aquello no fue más que una heroicidad de un solo día. Ahora que sus dudas le perturban, se cierne sobre él y el resto de los hijos de los dioses una terrible amenaza. El Campamento corre un serio peligro, y Percy no duda ni un segundo en volver a entrar en acción para demostrarse a sí mismo y a los demás que es un digno hijo de Poseidón.

Por supuesto, sus amigos, Annabeth (hija de Atenea) y el sátiro Grover, le apoyarán y se unirán a él en esta aventura en la que tendrán que hacer frente desde un toro mecánico que escupe fuego hasta cíclopes gigantes, entre otras terroríficas criaturas.

El recital de referencias a la mitología griega sirve, tal como ocurría en su antecesora, para trasladar objetos y personajes de aquellos mitos a la actualidad y confeccionar nuevas hazañas para nuestros jóvenes protagonistas. Así que si alguien confiaba en que esta segunda entrega se mantendría algo más fiel a aquellas leyendas, que se vaya olvidando de ello. A fin de cuentas, el objetivo de Rick Riordan, autor de las novelas, no residía en adaptar dichos mitos a a nuestros tiempos sino en extender aquellas historias, en darles aires renovados  para que sus fantasías pudieran seguir conquistando a las generaciones venideras.

Éste concepto es trasladado a las películas, beneficiándose de las ventajas del medio audiovisual para desplegar en él dichas aventuras con la espectacularidad requerida. A tales efectos, no obstante, cabe lamentar que el apartado infográfico no esté a la altura de las circunstancias. Los efectos especiales/digitales son, en ocasiones, bastante resultones, pero en otras más bien cantan la Traviata, lo que dificulta seriamente la credibilidad del repertorio fantástico que se da cita en pantalla. Y para una superproducción que se apoya prácticamente en sus efectos, eso resulta bastante daniño de cara al disfrute del espectador. 


También se nota la ausencia de Chris Columbus en la silla de director. El hombre a quién le debemos –ya sea como guionista o como director- algunos clásicos de nuestra infancia (Los Goonies, El secreto de la pirámide o Gremlins), el que dio vida a las dos primeras entregas de Harry Potter y en quién se confío los mandos de esta nueva franquicia, ejerce en esta ocasión de mero productor ejecutivo, quedando patente que a su sustituto, Thor Freudenthal (El diario de Greg), el encargo le viene un pelín grande.

Aunque “Percy Jackson y el mar de los monstruos” mantiene la esencia del film original y persigue sus mismo patrones aventurescos, se percibe en ella un aumento en las dosis de humor (a ratos simpático, a ratos risible). Las gracietas cómicas ya no recaen en exclusiva en el personaje del sátiro, si no que todos aportan su granito de arena. Quizás lo mejor en este sentido sea la breve pero estelar aparición de Nathan Fillion (¿o es Richard Castle?) como el Dios Hermes, y su sutil guiño hacia “Firefly”.

El hijo de Hermes, por cierto, vuelvo a ser el villano de la historia, pese a su supuesto fallecimiento en la primera entrega. Y es que ya se sabe que en una saga la muerte de un personaje no siempre es definitiva.

El regreso de Luke sigue condicionado por su odio hacia los Dioses, esos padres sobrenaturales y ausentes a quienes parece no importarles lo más mínimo la vida de sus descendientes. Luke pone en marcha su pérfido plan y, por supuesto, Percy y sus amigos tratarán de desbaratarlo. Y esta vez lo harán incorporando nuevos aliados a sus filas: Tyson, un inesperado hermanastro de Percy afectado por su condición de medio-monstruo; y Clarrise, hija de Ares (el Dios de la guerra) y principal rival por el liderazgo en el Campamento Mestizo.

Así que un repertorio heroico ampliado y nuevos monstruos es lo que ofrece esta continuación que, en líneas generales, se mantiene en la línea del anterior film, esto es, un ligero e inofensivo entretenimiento para la chiquillada. Por tanto, si aquella te gustó o como mínimo te hizo pasar el rato, ésta también lo hará. Si por el contrario te pareció otro fallido producto juvenil, lo más probable es que esta secuela no mejore tu opinión al respecto.


¿Habrá tercera entrega? La película deja un final abierto para que así sea, y dado que la (primera) saga literaria consta de tres libros más, lo lógico es que el estudio esté interesado en adaptar todos y cada uno de ellos. Pero como siempre, el que manda es el público, y si éste no responde como es de esperar, ésta podría ser la última aparición cinematográfica de Percy Jackson. A su homónimo en papel, no obstante, seguramente le quede cuerda para rato.


Valoración personal:

martes, 10 de septiembre de 2013

“Riddick” (2013) – David Twohy



Recientemente se conocía, de boca del propio Vin Diesel, que éste habría hipotecado su casa para llevar adelante esta tercera –y tardía- entrega de la franquicia. Un acto que demuestra el cariño y el compromiso del actor para con el personaje que, junto al Dom Toretto de “Fast & Furious”, le abrió de par en par las puertas de Hollywood.  Riddick se ha convertido en un figura icónica dentro del género, así como la película que nos la presentó, la estupenda “Pitch Black”, es un ejemplo perfecto de cómo muchas veces en el pote pequeño está la buena confitura. 

El culto proferido a esta deliciosa serie B animó a Diesel y Twohy a embarcarse en una secuela, “Las crónicas de Riddick”, mucho más ambiciosa (con “Dune” de Frank Herbert como claro referente), a la par que costosa. Y lo pagaron caro, pues en esta ocasión el público (incluyendo al fan de la primera parte) le dio la espalda. Un sonado fracaso de taquilla que anulaba cualquier posibilidad de sumar continuaciones a la saga. 

Huelga decir, no obstante, que se trata de una película que, una vez asumida la ruptura conceptual con su predecesora, gana enteros con cada nuevo visionado. Quizás por eso, y por el enorme potencial del personaje, se lleva años persiguiendo una tercera parte. Y ahora que por fin está aquí, no queda otra que verla y juzgar.

Traicionado por los suyos y dado por muerto en un planeta desolado, Riddick (Vin Diesel) tiene que sobrevivir al acecho de una letal raza alienígena de depredadores que ocupa el primer puesto en la cadena alimenticia del lugar. Su única vía de escape pasa por activar una baliza de emergencia, atrayendo a una serie de mercenarios y cazarrecompensas que acudirán al planeta a por su cotizada cabeza. 

La cinta empieza de forma pausada y solemne, con Riddick hablándonos de sus pensamientos más profundos, observando su adaptación en este inhóspito y salvaje planeta, y relatándonos la historia de traición que le ha llevado hasta allí. 

Consciente del descontento general con “Las crónicas de Riddick”, Twohy decide pasar página con respecto al tema de los Necróferos, y nos desvela de forma muy breve los detalles que han llevado a nuestro protagonista a la extrema situación en la que se encuentra. Así despacha rápidamente cualquier vínculo con el universo expandido en su predecesora, y prepara el terreno para lo que está por venir: un regreso a los orígenes. Y eso significa volver a posicionar a Riddick en un entorno  hostil en el que casi todo ser viviente, humano y animal, es un enemigo mortal al que combatir. 

Pero aquellos que quieren dar caza a nuestro amigo Riddick deberán unirse a él con tal de sobrevivir a la mortífera amenaza que se cierne sobre ellos, haciendo válida aquella emblemática frase de “el enemigo de mi enemigo, es mi amigo” del mismo modo en que ocurría en el film original.


Podríamos decir que Twohy se plagia a sí mismo, pero en todo caso esa sería una afirmación, si bien no errónea, sí un tanto frívola. Sería más acertado considerar que el director remodela y readapta la fórmula de “Pitch Black” partiendo de un punto de partida distinto que le permite incorporar ligeras pero significativas variaciones al esquema base.  En ese sentido, no sólo modifica al verdugo (esta vez se enfrenta a un monstruo alienígena de hábitat acuático-terrestre), algo absolutamente necesario, sino que convierte al grupo que acompaña al protagonista en una numerosa y dispar cuadrilla de mercenarios, cosa que favorece el discurrir de la trama en términos de acción. Además, al tratarse de dos equipos de mercenarios distintos, la forzosa alianza se realiza a tres bandas, multiplicando las discrepancias, rivalidades y conflictos internos entre ellos (patentes ya en el primer encuentro entre sendos equipos).

Durante buena parte del metraje, Riddick es el monstruo; la salvaje e implacable bestia asesina que sale de su madriguera para dar caza al incauto visitante. La presa se convierte en cazador, y los cazadores en presas, dando pie al consabido juego del gato y el ratón; sólo que esta vez el ratón es más astuto que toda la manada de gatos.

Twohy recupera así al Riddick más feroz y letal (atención a las gloriosas explosiones de violencia y gore), pero sin olvidar en ningún momento ese lado humano (y sufridor) que siempre le ha caracterizado, y que en esta ocasión se delata ante un peculiar y peludo compañero de andanzas. Un lado más amable que contrasta positivamente con su brutalidad a la hora de batirse en duelo ante el enemigo. 

La chulería y la socarronería habituales del personaje, aspectos que, junto al resto de atributos, le han convertido desde la primera entrega en un gran personaje (aunque aquí alguna de sus vaciladas –la venganza contra Santana- peque de exagerada), aumentan considerablemente con respecto a sus predecesoras. El humor, un factor eventual en la saga (quién no recuerda la muerte por “tazazo” de la segunda entrega), tiene aquí un valor añadido, con momentos bastante salados que nos arrancan una buena carcajada; menudo a costa de Santana, el grotesco y sádico sujeto que interpreta nuestro “querido” Jordi Mollá. De hecho, quien pensara que la presencia del actor español iba a ser meramente testimonial (un servidor, por ejemplo), no puede andar más equivocado. Mollá chupa cámara, y debido a la guasa con la que Twohy construye su personaje, no sólo no desentona en el conjunto sino que se erige como un valioso miembro del reparto de cara al jocoso cachondeo que el director nos proporciona.


Del resto de mercenarios, algunos pasan por pantalla sin pena gloria, como es de esperar, pues no son más que mera carnaza. Otros, simplemente, están ahí de relleno, para que haya variedad (el mercenario yogurín). Y otros, en cambio, se ganan su peso en la trama, como es el caso de Johns (Matt Nable), jefe del grupo de cazarrecompensas más, digamos, civilizado, y cuya naturaleza le vincula con la primera película de la saga, ofreciendo una dualidad muy interesante para con Riddick. También tenemos –quizás un poco desaprovechada- a la televisiva Katee Sackhoff (Battlestar Galactica, Longmire) en el rol de Dahl, la (única) tía dura del grupito y ocasional interés estrictamente físico del protagonista (y del director, quién no duda en mostrar sus bondades a cámara; dile tonto…); y al luchador de la WCW Dave Bautista haciendo currículum en esto del cine en un papel de pocas palabras, a sabiendas de sus limitaciones, pero que cuenta con sus minutos de gloria.

Todos ellos acorralados por unos bicharracos que aparecen oportunamente (cambiemos la propicia oscuridad de “Pitch Black” por la lluvia a modo de excusa para que los animalitos campen a sus anchas y se puedan pegar un buen festín)  para terminar de aguarles la fiesta en lo que viene a ser la traca final de la película. Evidentemente, éste es el tramo más ligado al concepto primigenio que dio lugar a tan soberbia monster-movie.

Si la decepción inicial con “Las crónicas de “Riddick” vino por alejarse, en tono y pretensiones, a lo visto en su predecesora, aquí uno no puede sino complacerse por haberse retomado la esencia de aquello que hizo grande a “Pitch Black”; el concepto survival sumergido dentro de una monster-movie de ciencia-ficción (al estilo Aliens o Depredador), recuperando elementos cruciales de aquella (el planeta desértico, las criaturas alienígenas o la nave como única vía de escape) para darles un tratamiento algo distinto que logra compensar su escasez de originalidad con toneladas de diversión. Porque “Riddick” es un producto de “serie B” (38 milloncitos muy bien aprovechados, aunque de forma ocasional se muestren insuficientes) muy bien apañado y que da justo en la diana, erigiéndose como una dignísima y sumamente satisfactoria variante de “Pitch Black” sin que ello se convierta en un hándicap sino todo lo contrario, una virtud.  Twohy trata de cerrar así las heridas abiertas con el fandom, alargando y enriqueciendo un poco más la leyenda de Richard B. Riddick. Por ello, mi sentencia no puede ser otra que: ¡larga vida a Riddick!



Valoración personal:

jueves, 28 de febrero de 2013

“Hansel & Gretel: Cazadores de brujas” (2013) - Tommy Wirkola


Los estudios de Hollywood han encontrado un nuevo filón en los cuentos clásicos de toda la vida, y en los últimos años hemos visto cómo regresaban a la gran pantalla historias tan populares como las de Caperucita Roja, Blancanieves o Alicia en el País de las Maravillas. Eso sí, todas ellas muy alejadas de aquellas versiones tradicionales que nos fueron contadas a lo largo de nuestra más tierna infancia. 

Estas libérrimas adaptaciones se han adecuado a los gustos del s.XXI en respuesta a las exigencias de las nuevas generaciones. Caperucita ha pasado por el tamiz crepusculoso de Catherine Hardwicke a la caza del sector adolescente más hormonado, mientras que Alicia y Blancanieves se han enfundado en resplandecientes armaduras para, espada en mano, combatir las fuerzas del mal en blockbusters épicos y (re)cargados de efectos especiales. Aunque ha sido Blancanieves el centro de todas las miradas al contar en un mismo año con otras dos peculiares visiones: la comedia familiar de Tarsem Singh y el drama castizo en blanco y negro (y mudo) de Pablo Berger. 

Aún enfocadas hacia distintos tipos de público, todas ellas han perseguido un objetivo común: darle una nueva vuelta de tuerca al cuento de turno. Y ahora son “Hansel y Gretel” las últimas “víctimas” en sumarse a la moda.

Quince  años atrás, los hermanos Hansel (Jeremy Renner) y Gretel (Gemma Arterton) fueron abandonados por sus padres en el bosque. Desamparados, caminaron y caminaron hasta que hallaron una atractiva casita hecha de golosinas. En su interior, no obstante, se encontraron a una malvada bruja que los secuestró para engordarlas y después comérselos. Pero gracias a su astucia, los pequeños lograron acabar con la bruja y librarse de tan fatídico destino. 

Desde entonces, ambos se han convertido en unos feroces cazarrecompensas especializados en perseguir y exterminar brujas. Pero pronto, con la llegada de la infausta Luna de Sangre, Hansel y Gretel deberán hacer frente a un poder diabólico superior al de cualquier bruja  con la que se hayan cruzado antes; un demonio conocedor del secreto de su terrorífico pasado.  

Después de rodar dos largometrajes de bajo presupuesto un su Noruega natal (“Kill Buljo: The Movie”, una parodia de Kill Bill inédita en nuestro país, y la gamberra “Dead Snow” aka Zombies Nazis), Tommy Wirkola cruza el charco para estrenarse en el mainstream hollywoodiense con un proyecto con vistas a arrasar en taquilla, cosa que de momento parece estar logrando gracias, en parte,  a un ajustado presupuesto bastante por debajo de los grandes blockusters.

En esencia, el filme de Wirkola no es más que una serie B de holgado presupuesto. Dan fe de ello su disparatada premisa y su desenfadado desarrollo repleto de casquería digital.


Los protagonistas se llaman Hansel y Gretel como podrían haberse llamado Pepito y Pepita, ya que del cuento de los hermanos Grimm no quedan más que los breves apuntes que presenciamos al inicio de la película. El resto es pura invención concebida exclusivamente para construir un vehículo de terror y acción de época en base a dos cazadores de brujas de traumático pasado. Por tanto, no hay que lamentar una ofensa demasiado grave a los Grimm más que el hecho de haberse usurpado los nombres de su famoso cuento a modo de reclamo. Una treta similar a la que barajaba Timur Bekmambetov con su “Abraham Lincoln: cazador de vampiros”, en dónde la broma no iba más allá del hecho de tener a un clon del Lincoln real cazando chupasangres. Cualquier rasgo que ayudara a identificar al protagonista con el personaje histórico en el que se basaba era fruto de la casualidad, dejando a un lado su vida política y casi cualquier otro rasgo de su biografía para centrarse en los quehaceres de tan singular cazavampiros.

A diferencia del filme de Bekmambetov, el de Wirkola no se toma en serio a sí mismo, y eso juega a su favor tanto o más que su escueta duración. Los protagonistas sueltan sus constantes chascarrillos a lo largo de hora y media en la que se dedican a acribillar, desmembrar y/o descuartizar a todo tipo de brujas, a cual más horrenda. La trama es bien simplona aunque moderadamente bien planteada, y su mayor  logro es decidirse por tomar la vía rápida e ir directa al grano. La acción es continua y al reparto no se le puede pedir mucho más que cumplir con el trámite, cosa que hacen sobradamente tanto la pareja protagonista como el séquito de secundarios; entre ellos, una hermosa (salvo cuando se transforma) villana encarnada por Famke Janssen, y un Peter Stormare muy en su línea y que parece querer emular su papel en la fallida “El secreto de los hermanos Grimm” de Terry Gilliam.

 
En los tiempos que corren, se agradece y mucho que dentro de la habitual orgía digital de este tipo de productos el director nos obsequie con un troll animatrónico que nos traslada, por unos instantes, al maravilloso cine fantástico que se hacía en los 80. Un entrañable personaje del que Jim Henson estaría orgulloso y que, para qué ocultarlo, se gana desde el primer instante al niño que todos llevamos dentro. Y es que salvo alguna secuencia en particular que forzosamente requiere de la ayuda de una computadora (el furioso ataque “a lo Hulk”), el resto es cosa de la magia de los efectos especiales a la vieja usanza.

El cuidado diseño de producción con toques steampunk al estilo “Van Helsing” o “La liga de los hombres extraordinarios” (en especial todo lo que se refiere al anacrónico armamento de los cazadores: escopetas, ametralladoras, granadas de mano…) hace el resto para dotar de cierto atractivo visual una cinta de acción cuyas aspiraciones se ven escuetamente satisfechas, siempre que uno le exija demasiado. Una tontería que se digiere con la misma facilidad con la que se olvida, y que si bien no resulta especialmente divertida, tampoco deviene en un bochornoso espectáculo (cosas mucho peores se han hecho; al citado filme de Stephen Sommers me remito).



Valoración personal: